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Relato de verano de Emma Riverola: Ella ha abandonado el grupo.

Ella ha abandonado el grupo (2): Eva y el Shazam

Ella no vio la curva. Laura fue el primer nombre que la inspectora Anglarill colocó sobre la mesa. Añadirá tres más. Quizá cuatro. Están todas como una chota, dice su superior. Pero ella cree que es el miedo. Siempre es el miedo. La siguiente, Eva.

Emma Riverola

Llega a casa. 22.12 h. Tres minutos antes que el día anterior. Doble vuelta a la llave y los dos cerrojos cerrados. Le duele todo el cuerpo. Los ensayos son duros, aunque la alegría de haber sido elegida primera bailarina de la compañía es mayor. Su carrera ha sido meteórica. 27 años y ya lo ha conseguido. Pero tiene que mejorar la potencia. Salta, vamos, salta bien alto, no deja de repetirle el director. Y ella siempre se estremece al oírlo.

Deja los zapatos en la entrada. Se ajusta las zapatillas. Nunca va descalza por casa. Tiene que proteger sus pies. Directa a la cocina. Lo primero, un vaso de agua al microondas para prepararse la infusión que tomará fría antes de irse a la cama. Dos minutos a potencia máxima. En ese tiempo, se lava las manos, bebe un gran vaso de agua, abre la puerta de la nevera, saca el pollo marinado y una bolsa con brócoli troceado y envasado al vacío. En los 5 minutos que la verdura tardará en cocerse en el microondas, preparará el pollo a la plancha. Cada noche, los mismos movimientos medidos y repetidos. El control le da seguridad. 

Busca en las piezas escaneadas. Pero, justo debajo de Beethoven, aparece un título imposible. Hace años que no oye esa canción

Cena masticando con calma cada bocado. En la tele, un documental de Mary Beard sobre Pompeya. Es adicta a esos programas de historia. Los de la profesora de Cambridge son perfectos. Una hora justa de duración. ¿Qué música clásica suena de fondo? Eva se apresura a pulsar el Shazam en su pantalla del móvil. La aplicación tardará diez segundos en reconocer la melodía. 4, 3, 2… ¡Sí! Lo consiguió. Beethoven, Sonata a Kreutzer. Un bocado más. ¿Cómo se llamaba la canción que shazameó por la mañana en el metro? Eva la busca en las últimas piezas escaneadas. Pero, justo por debajo de Beethoven, aparece un título imposible. Absolutamente imposible. Puede jurarlo. Hace años que no oye esa canción. La visión de su nombre escrito le resulta insoportable. 

Hace más de tres minutos que Eva ha cerrado los ojos. Aunque esta vez no está contando el tiempo. Mary Beard sigue hablando sobre Pompeya. El pollo y el brócoli se enfrían. El móvil sigue en su mano. Y la mente prendida en la oscuridad. Con los párpados tan prietos como aquellas noches. Entonces, se tapaba los oídos con las manos, pero la canción sorteaba sus dedos. También su piel, sus músculos, hasta impregnar todo su cuerpo. El cuerpo flaco y frágil de una niña de diez años que nunca tenía hambre. 

Ahora también se le ha cerrado el estómago. Y el interés por Pompeya. Solo le queda un cansancio infinito. Aún faltan 40 minutos para la hora de irse a la cama, pero mejor dar por acabado el día. Recoge la cocina y se toma la infusión. Hoy, todavía está tibia.

Se obliga a cumplir sus seis minutos de cepillado de dientes. Y en la exigencia recupera el control perdido. Quizá alguien ha utilizado su móvil mientras ella ensayaba. Sí, seguro que habrá sido eso. Se obliga a abrir la aplicación y a revisar la hora en que la canción fue captada. Pero su corazón vuelve a acelerarse. Hace 18 minutos. ¿Cómo puede ser? En ese momento ya debía de estar muy cerca de casa. Probablemente, en ese tramo tan mal iluminado y tan solitario del paseo. 

No puede dormir. Seguro que ha visto mal la hora. Tiene que comprobarlo. Al fin, vuelve a tomar el móvil con determinación

Cierra la aplicación. Le cuesta dominar el temblor del índice. Tiene que dormir y olvidarse de todo esto. El momento de tumbarse siempre es agradable. Por unos instantes, el cuerpo parece ingrávido. Al cabo de unos minutos ya van apareciendo los dolores. Especialmente en las rodillas. Salta, vamos, salta bien alto, dice él. 

No puede dormir. Hace 38 minutos que está en la cama y no consigue olvidar la lista del Shazam. Seguro que ha visto mal la hora. Tiene que comprobarlo. Vamos, Eva, se dice, se obliga… Al fin, vuelve a tomar el móvil con determinación. Algo ha cambiado. 

Ha tenido que asomarse a la ventana. Se ahogaba. Parece un infarto, pero sabe que es un ataque de ansiedad. Pasará, se repite tratando de tranquilizarse. No entiende nada. La pantalla, tozuda, insiste en mostrarle la locura: “Salta. Tequila”, ese es el nombre de la canción que encabeza la nueva lista. Registrada hace 3 minutos. No necesita oírla para saber cuál es. La tiene grabada en su memoria. Como los surcos de un disco de vinilo. También la voz de él. No había paredes ni puertas ni manos de niña que la detuvieran. Eva conecta el Shazam de nuevo. Necesita una última revisión para decidir su próximo movimiento. Escanea el silencio. 10, 9, 8… Y el móvil le muestra el horror. La canción está ahí. Él está ahí. Ahora. Y ella sabe qué es lo único que puede hacer. 

El silencio de la calle se rompe por 157 milésimas de segundo.

–¡Mamá!

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