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Selene y los cuatro elementos (6): Marcial, el guerrero

RELATO DEL VERANO

Selene y los cuatro elementos (6): Marcial, el guerrero

En el capítulo anterior, la detective que investiga la muerte de Selene consigue un duplicado de la tarjeta de móvil de la fallecida. Tiene acceso así a los mensajes que fueron enviados a Selene tras fallecer. Muchos de ellos eran de Haizea, preocupada

Lucía Etxebarria

–De Combas se ha dicho de todo –me explicó Pablo Almagro–. Hay una página que se llama o se llamaba La Alimaña Literaria, no sé si aún existe. Busca un artículo. Creo que se llama El 'Me Too' en la industria literaria española. Sobre todo, lee los comentarios. Recuerda que “comba” significa curva.

El artículo era el típico libelo de internet que acusaba sin nombres y que hablaba de un editor de muchísimo poder “que se perdía por las curvas”, que había sido demandado por acoso sexual por dos editoras diferentes. La sangre no llegó al río porque se llegó a un acuerdo en acto de conciliación. Pero era sabido que el editor orbitaba y se combaba alrededor de cuanta fémina aparecía por su feudo y que si ellas se negaban a que las manoseara, o a que se les metiera en la cama borracho en la Feria de Fráncfort, no ascendían jamás . El artículo hablaba también de “una ratoncita con moño y gafas” que había entrado en la editorial como recepcionista,  y que había llegado hasta el puesto de editora en jefe cuando ni siquiera tenía título universitario, todo  gracias a que ella sí que había dicho sí a los sinuosos avances del director. Se rumoreaba incluso que el hijo de la ratoncita, cuya paternidad era oficialmente desconocida, era fruto del amor entre el Guerrero y su editora jefe.

Busqué inmediatamente el currículum de Fulvia Sumé en Linkedin.

El artículo hablaba de una "ratoncita" que llegó a editora en jefe gracias a que había dicho 'sí' a los sinuosos avances del director

Llevaba diez años trabajando en la editorial Galaxia. Y, efectivamente, había engordado su perfil con todo tipo de cursos y cursillos sobre revisión, corrección y edición de textos e incluso escritura creativa, pero no poseía formación universitaria alguna, ni tampoco el tipo de formación que supuestamente tiene un editor literario. Ni siquiera parecía que hubiera acabado el bachillerato.

La editorial Galaxia es la más importante de España, la primera en facturación. Por lo tanto, su director ejecutivo es un hombre verdaderamente importante. Y aunque Fulvia no estuviera casada con él, era la madre de su hijo. Fulvia, la mujer de la que Selene se había enamorado. Aquella por la que estaba planeando dejar a Haizea. De nuevo, la mujer de un hombre importante. De nuevo, repetía el patrón.

El problema era que esos mensajes no suponían indicio suficiente como para reabrir una investigación. Necesitábamos algo más.

–Fulvia tiene que tener dudas. Se le tiene que pasar por la cabeza alguna vez que haya sido Marcial –le dije a Gaia– y con eso vamos a contar. Llama a Fulvia. Dile que he averiguado algo importantísimo, algo que no le puedes contar por teléfono. Deja caer que Selene tenía una amante, y que Haizea lo sabía, pero que no sabes quién es esa amante. Hazle creer que sospechas de Haizea. Querrá quedar contigo, querrá creer que Marcial no es un asesino. Necesito que quedes con ella en un local donde los pasillos entre mesas sean estrechos, y te sientes en una mesa cercana al cuarto de baño. Tendremos que pagar a los camareros para que nos reserven esa mesa, la cantidad que sea. Te diré qué tienes que hacer.

La chica de gafas aprovechó para ir al baño y, sin que nadie lo viera, meter la mano en el bolso de Fulvia y sacar el móvil

Les dije al principio de esta historia que la ventaja que tenemos las mujeres en este oficio es que podemos camuflarnos con facilidad. Cuando Fulvia me conoció yo era una mujer de larga cabellera castaña que medía metro sesenta y cinco y pesaba 52 kilos. Cuando llegó al Café Comercial no reconoció a la chica gordita (lo que hace un buen postizo y unos rellenos en el sujetador) con un moño castaño (basta con humedecerse el pelo) y gafas de cristales gruesos que se sentaba dos mesas más allá.

Gaia se acercó a Fulvia para susurrarle algo al oído, y en aquel momento –oh, cuánta torpeza– vertió su taza de té sobre el regazó de Fulvia –en honor de Gaia he de decir que había esperado a que el té estuviera casi frío para hacerlo. El revuelo fue descomunal. Gaia intentó limpiar la mancha con un quitamanchas que –aseguró– siempre llevaba en el bolso para ocasiones similares, momento que la chica de gafas aprovechó para dirigirse al cuarto de baño y, sin que nadie se diera cuenta,  meter la mano en el bolso que Fulvia había dejado colgado en el respaldo de su silla y sacar el móvil. Fulvia me daba la espalda y habíamos elegido una hora (las once de la mañana) en la que el local suele estar vacío, sobre todo en esa esquina. Todo resulto muy fácil. Aun así, me temblaron las manos todo el tiempo. Gaia, sin embargo se comportó como una auténtica profesional, como si hubiera hecho de esparo (1) toda la vida. Al fin y al cabo, había vivido media vida en Argentina.

(1) Esparo: en lunfardo. El que ayuda al carterista a distraer a la víctima.

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