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Julia de Juanes y Antonia Herrador: el punto tiene futuro

La ropa hecha a mano está de moda. Dos antiguas empleadas de seguros han dado de lado al paro con un local donde enseñan ganchillo y cadeneta.

JUAN FERNÁNDEZ
MADRID

Julia de Juanes y Antonia Herrador.

Julia de Juanes y Antonia Herrador. / periodico

El 29 de marzo de 2012 fue un día importante en las vidas de Julia de Juanes y Antonia Herrador. En los informativos la noticia era la huelga general que los sindicatos habían convocado para protestar contra la reforma laboral del Gobierno de Rajoy, pero para ellas la urgencia estaba en otro sitio. Esa tarde habían quedado con el dueño del local donde iban a instalar el negocio en el que desde entonces tienen puestas sus ilusiones: un taller de costura donde lo mismo imparten clases de ganchillo y cadeneta que venden lanas y todos los accesorios imprescindibles para dominar el punto.

Para Julia, que llevaba en el paro desde hacía meses, el cambio se prometía radical. Lo que su socia ignoraba a esas horas era que para ella aquel también iba a ser un día aún más trascendental: esa mañana, al llegar a su puesto en la compañía de seguros donde trabajaba, le estaba esperando la carta de despido. No pensaba saltar de profesión tan rápido, sus planes eran compaginar los dos oficios durante un tiempo, pero en cuestión de horas iba a pasar de agente de seguros a parada, y de desempleada a empresaria.

La conversación que ambas habían mantenido tres meses atrás se había revelado premonitoria. Estas madrileñas de 53 años se conocieron hace 30 en la empresa de seguros donde entraron a trabajar siendo unas veinteañeras. A principios de la década del 2000, un ERE las mandó al paro, y aunque eligieron rutas diferentes, su amistad continuó igual de férrea que antes: Antonia siguió en el mismo sector profesional, mientras Julia empezó a encadenar distintos trabajos de subsistencia que con la crisis habían desembocado en una alarmante sequía laboral.

Desde sus tiempos de compañeras de oficina, Antonia había estado dándole la tabarra a Julia con la misma cantinela: «Tenemos que montar algo por nuestra cuenta, tenemos que montar algo por nuestra cuenta». Pero ese algo no llegaba nunca. En el invierno de 2012, para sorpresa de Herrador, De Juanes le soltó: «El próximo mes voy a poner en marcha un negocio, y además tú vas a ser mi socia». Lo tenía todo pensado: estaba al tanto de la fiebre por el punto y la cadeneta que le había entrado a veinteañeras y treintañeras, y los pocos centros de Madrid donde ofrecían clases tenían largas listas de espera. Un invisible nicho de mercado andaba por ahí suelto sin que nadie le hincara el diente.

Demanda

No se equivocaba: desde que abrieron su local, la demanda de cursos, talleres y lecciones magistrales de punto, ganchillo, costura y patchwork no ha parado de crecer. Ahora mismo tienen un centenar de alumnas, la mayoría de entre 25 y 35 años, que acuden a sus clases casi como quien va al terapeuta. «Aquí no solo aprenden a coser y a hacer punto. A la vez, pasan dos horas con la cabeza ocupada en algo diferente a las preocupaciones del día a día. Dicen que relaja tanto como el yoga», explican.

Julia y Antonia se recuerdan viendo a sus abuelas con las agujas de la cadeneta en la mano, pero no es esa visión ajada la que tienen las nuevas camadas de amantes del punto. «Para las jóvenes de hoy, darle al ganchillo se ha convertido en algo moderno», explican. De este revival participa también el gusto por lo artesano que ha salido a flote al calor de la crisis. «Hoy hay un interés por las cosas hechas a mano que no existía hace una década, y esta es una vía estupenda para expresarlo. Si has de hacer un regalo, ¿qué mejor que dar algo que has hecho tú misma?», razonan. Sorpresas aportadas por la crisis: el punto tiene futuro.

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