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    CRÍTICA DE JAZZ

    Kamasi Washington, escala cósmica

    El saxofonista de moda ofreció una actuación arrolladora en el concierto de adelanto del Festival de Jazz de Barcelona

    ROGER ROCA / BARCELONA

    KAMASI WASHINGTON en la Sala Barts

    KAMASI WASHINGTON en la Sala Barts / FERRAN SENDRA

    Ocurre cada vez menos, pero ocurre. De un día para otro y con solamente un disco, el saxofonista de Los Ángeles Kamasi Washington pasó de ser un desconocido músico de sesión que tocaba para raperos y cantantes a convertirse en una estrella del jazz. Y una estrella lo bastante brillante como para que el 49 Voll-Damm Festival Internacional de Jazz de Barcelona, que se celebra puntualmente en otoño, se saltara su propio calendario para traer a Kamasi Washington a Barcelona en pleno en julio. En el jazz no ha habido un fenómeno mediático como el suyo desde hacía años. El músico de California ha tenido buenos padrinos. El rapero Kendrick Lamar, última sensación del hip hop, le fichó para su disco más popular. El estreno de Washington, el triple disco 'The epic', lo ha publicado un sello de música electrónica. Y el festival Primavera Sound, atento a lo que se lleva, le trajo a Barcelona el año pasado. El efecto el lunes fue una sala Barts llena de un público más parecido al que agota abonos en festivales indie que al que va habitualmente a los clubes de jazz.

    Washington venía bien recomendado. Y a juzgar por las caras de satisfacción que se veían a la salida, tras dos horas y media de piezas larguísimas y una intensidad extenuante, el saxofonista de moda se fue de Barcelona con muchos nuevos adeptos. Y eso que su música es desmesurada en casi todo. En volumen, en duración, en ambición. Washington no es un innovador de su instrumento, pero sopla el tenor como si quisiera tumbar las murallas de Jericó. En su banda hay un bajista que toca a un volumen atronador y dos baterías que cuando se juntan, y se juntan constantemente, parece que se multipliquen. Sus composiciones son como mantras que se repiten una y otra vez, cada vez más fuertes, como una explosión que creciera en lugar de apagarse y durara más allá de lo que permiten las leyes de la física. Su música habla de cosas que no se pueden medir. De amor universal, de lo cósmico, de lo espiritual. “Nuestras mentes, nuestros cuerpos, nuestros sentimientos cambian, se alteran, nos dejan. Pero no importa lo que ocurra, sigo aquí”, repetía la cantante Patrice Quinn casi en trance al final del concierto. Fue uno de los momentos de mayor comunión de la noche, junto con otra canción dedicada a la abuela de Washington que el saxofonista tocó con su padre, saxofonista y flautista, invitado en una gira en la que los viajes cósmicos se alternan con descargas de funk.

    Franqueza e inocencia

    ¿Cómo conecta con el público toda esa desmesura? Quizás porque Washington desprende una franqueza y una inocencia que hoy cuesta encontrar en los escenarios. No es sutil ni sofisticado ni irónico. Es como una aparición de otro tiempo, puede que de finales de los años 60, cuando el jazz norteamericano lanzaba mensajes de orgullo pero también de paz y amor. En cualquier caso, parece venido de un tiempo menos resabiado que el nuestro. Y quizás en el 2017 esa sea la mayor virtud de Kamasi Washington. 

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