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Azoteas cinco estrellas

Como en casa en la piscina de un hotel de Barcelona

Consuelo al alcance de todos durante este tsunami de calor: recuerda que siempre estamos a unos pocos pisos del cielo

Estos son los cuatro chiringuitos catalanes que se han colado en la lista 'best chiringuito' de 2026

Hamacas de una terraza de hotel.

Hamacas de una terraza de hotel. / M.O.

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Miqui Otero

Miqui Otero

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Durante este tsunami de calor hay que recordar, más que nunca, que siempre estamos a unos pocos pisos del cielo.

Esto, que parece una obviedad de Mayo del 68 o una amenaza de muerte velada o un mensaje de una galletita china, es en realidad un consuelo al alcance de todos. Porque si no tienes vacaciones, si tu existencia tiene la textura pringosa de la melaza en el microondas, si te sientes protagonista de la canción 'Summer in the City' o de la película 'La tentación vive arriba' (pero sin Marilyn como vecina), debes recordar que existe la posibilidad de entrar en un hotel, pulsar el botón del ascensor, tomar la terraza y, con el hocico en remojo dentro de cualquier tipo de bebida, las vistas en 360 a tu alrededor, decir, aunque no venga a cuento: calidad de vida.

Yo lo hice hace un par de semanas. Paseaba por la Gran Via con un colega, barnizados de sudor, ambos empapados hasta el tuétano como si acabáramos de salir del mar, y cuando pasamos por la puerta de un Cinco estrellas lo vimos claro sin necesidad de comentar la idea. Un minuto después estábamos en la azotea del hotel, esa embajada (hay muchas, todas iguales) del verano con monsteras, toallas enrolladas en cestitas de rafia o ratán, parasoles desplegados y hamacas acolchadas. ¡Y gratis! Cinco minutos después mirábamos melancólicamente un daiquiri (mi amigo fue Hemingway en algún universo paralelo) y yo un Moscow Mule. Veníamos de colaborar en la radio, así que no estábamos de vacaciones, pero nos propusimos que, al menos durante 35 minutos, lo estaríamos.

Simulacro vacacional

La clave para que este simulacro vacacional surta efecto es no solo mirar, sino también vestir como un guiri. Es decir, en nuestro caso, barrer con los ojos las vistas desde este céntrico hotel, del edificio de Generali a la Sagrada Família, y admirarse con las construcciones como si esa no fuera tu ciudad. Por otro lado, uno pensaría que para entrar en un buen hotel barcelonés es de recibo endomingarse, ponerse las mejores galas, pero la forma de pasar inadvertido es vestir con chanclas, camiseta de tirantes y bermudas (riñonera opcional). Recomiendo, para completar la experiencia de falso turisteo, ir directamente en bañador, como si ese trago espirituoso fuese apenas una pausa entre baño y baño.

Dicen poetas como Nicanor Parra que solo existe el presente: el pasado es memoria y el futuro, como mucho, promesa. Por eso, hay que tomarse esta copa en la azotea del hotel sin pensar en que vienes de trabajar en la oficina o en que debes ir al Mercadona (es decir, afrontar la bebida aislándola de tus tareas cotidianas de trabajador sin vacaciones).

Vistas desde una terraza de hotel.

Vistas desde una terraza de hotel. / M.O.

El resto tiene que ver con dejarse llevar. Las azoteas de los hoteles son tan indistinguibles como las casas de los futbolistas o las terminales de los aeropuertos. Todas son iguales. En todas habrá una pequeña piscina (no voy a alentar la delincuencia del chapuzón, factible, aun no siendo cliente), abundarán los dedos de los pies a la vista, será ubicua e insidiosa esa musiqueta house que parece (como el mar) que no tiene inicio ni final, se trufará el babélico ambiente de anglicismos y giros en otros idiomas, aparecerán almendritas y patatas en la mesa y, por último, todo será un pelín pretencioso para poder justificar el precio de la copa.

Por ejemplo, en el que hemos elegido mi amigo y yo para simular que estamos de vacaciones en una desconocida capital europea o latinoamericana, han decidido trasladar los cócteles al sistema solar. Toda la retórica que intenta sobrexplicar y retratar cada trago tendrá que ver con planetas, signos del zodiaco, galaxias remotas. Urano, por ejemplo, tendrá cítricos y notas de hierba, “con el frescor del planeta helado”. Mientras que Júpiter, almendrado pero con un deje de limón, será dulce e indulgente, “con la textura cremosa que recuerda a las tormentas dinámicas del gigante de gas”. Así con cada planeta salvo con la Tierra, que no tiene trago en la carta, porque hemos venido aquí a evadirnos. Bien, así con todo. En las azoteas de hotel, la gente habla sencillo mientras que las cartas lo hacen barroco. Y, de repente, adjetivos que abajo servirían para definir a una persona (amable, indulgente, audaz, caprichoso) aquí suelen aplicarse a bebidas. Ese lenguaje pedante da muchas ganas de cargar las consumiciones a la habitación 666 (la que ocupa el demonio), pero siempre queda la opción de beber sin leer, de desatender la letra pequeña y disfrutar del trago largo.

Aun así, simular que eres huésped en el hotel de una ciudad a la que has viajado por vacaciones tiene muchas otras ventajas. Algunos ascensores infunden respeto porque exhiben sensores que van con tarjeta, pero estas suelen servir para poder marcar el piso de las habitaciones. Se suele poder subir y bajar a la terraza sin problemas. Y yo, cuando vuelva en septiembre, a la ciudad y a esta columna, de la que ahora me despido temporalmente, prometo hacer la inmersión perfecta: bañador, toalla al hombro, inglés imposible y hasta flotador de unicornio comprado en algún bazar de las Ramblas. Prometo pedirme, a vuestra salud, hasta el cóctel de Plutón, ese planeta tan apartado e infeliz como un barcelonés sin vacaciones que no conoce el secreto de las azoteas de hotel.

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