Oasis japonés
Experiencia samurái en Barcelona: aprende a cortar con katanas y lanzas gigantes
Esta es una Samurai Experience. Te visten como a un guerrero japonés y te enseñan a cortar con katana. Este mes estrenan nueva experiencia con lanzas de metro 80
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Ireneu Angrill posa con una lanza (naginata, se llama) y Oriol Siurana, con katana, en un dojo de Samurai Experience. / Belén González / EPC

Da la sensación de que en cualquier momento te van a poner a dar cera y pulir cera. «No nos iría mal para las maderas», te sonríen. Cruzas una puerta de Consell de Cent y entras de golpe en una casa japonesa de aire zen. Hay mesas a ras de suelo, biombos de papel, se intuye algún té humeante. Te reciben con ropa samurái, te miran a lo señor Miyagi, con cara de estar a punto de darte alguna lección vital. Tú asientes a todo lo que te dicen. Sobre todo cuando descubres que tienen cuatro katanas afiladas y una lanza de metro 80.

Ireneu corta con un rollo de bambú con la nueva lanza. / Belén González / EPC
Esta es una Samurai Experience (Consell de Cent, 605). De aquí uno sale con los andares chulescos de Uma Thurman tras las dos pelis de ‘Kill Bill’. Te visten como a un guerrero japonés y te enseñan a cortar con katana. Este mes estrenan actividad con lanza XXL. Naginata, se llama. La experiencia completa empieza con meditación samurái y lecciones de historia y acaba con cerveza japonesa y batalla campal con espadas acolchadas.
Aviso para peliculeros: “No es fácil cortar”. Nada fácil. Lo descubres en cuanto intentas rebanar con la katana un rollo de bambú. Pareces Kung Fu Panda. Con lanza es aún más difícil. Un intento, dos, cinco. No lo cortas hasta el séptimo. “Las chicas suelen cortar todas”, te anima Ireneu. A ellos les puede el ego y la testosterona.
Aquí todos saben manejar katanas, sables, palos, cuchillos, arcos, cuenta Ireneu como quien enumera la lista de la compra. Ireneu Angrill lleva en las artes marciales desde los 3 años, calcula. «Fue culpa mía que nos metiésemos en este fregao», confesará después su hermano Maurici, otro de los ideólogos, dos décadas en dojos. Hay dos socios expertos en artes marciales más: Oriol Siurana y Sophie Steffen.
«Esto salió de un mal día en el trabajo», recuerda Maurici. «Revisando webs de tendencias japonesas, apareció una actividad no tan desarrollada como esta, y fue el típico mail que mandas un día quemado del mundo. ‘Mira, Ire, mira qué hacen los japoneses’». «Y le dimos muchas vueltas», añade Ireneu. Más de 150 pruebas. Abrieron semanas antes de la pandemia.
"Está todo muy romantizado"
Lo primero que te enseñan es a vestirte. Todo un arte zen. «Este es el traje que llevaban debajo de la armadura», detalla Ireneu. El keikogi (la ropa de entrenar). Cinco minutos y han tirado por tierra todos los mitos peliculeros. La realidad no tiene nada que ver con ‘El último samurái’ de Tom Cruise. “Está todo muy romantizado”, resopla Oriol.
Entras en el dojo, meditas unos minutos y te dan una espada de madera: el bokken. Lo coges con la veteranía que da haberte criado viendo a Íñigo Montoya. «Mano derecha arriba –te corrigen–, mano izquierda debajo». Y enseña un corte básico: en diagonal de arriba abajo. Parece fácil. Ahora con grito, incitan. «¡¡¡Kiiiiaaaaa!!!». Funciona bien –desvela– «la saturación auditiva».
Unos minutos de práctica y pasas a la katana de verdad. «Ay, ay, ay». Primero te ponen delante un churro de gomaespuma. Un intento, dos, cinco. Ahí sigue erguido con solo unos rasguños. Ahora te dan a probar con una esterilla de bambú. Es lo que se usa en las competiciones de corte en Japón. Tameshigiri, se llama este arte. “Vienen de Japón en barcos gigantes”, dice Ireneu. En España no se fabrican.
El bambú se tambalea y vuelve a su sitio como si nada. Acaba siendo una lección budista. «Te adaptas a la vida y vuelves a tu camino», comparan. ¿El secreto? «Entrenar», se encogen de hombros. «No hay secretos, no hay caminos cortos». Es un tema de voluntad, dicen. De paciencia. «Y de aceptación del fracaso».
Nueva experiencia afilada
Quien haya cortado ya con katana puede elegir nueva experiencia durante este mes de julio: empuñar una lanza gigante de metro 80. “Es una alabarda”, puntualiza Oriol. La naginata. Es más difícil. Impone aún más.

Ireneu muestra la naginata. / Belén González / EPC
En segundos, pasas del formato Kill Bill al del Chino Cudeiro. Se enfundan las hojas afiladas y se reparten espadas acolchadas. La experiencia completa incluye lucha de equipos en plan Humor amarillo. Terminarás con más agujetas en los brazos que Ferreras durante una crisis de Gobierno. Acabas en el 'chill out' a ras de suelo, entre té, dulces y cervezas japonesas. Y con más ganas de volver a entrar en batalla que Trump.
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