Cañas olímpicas
La ruta de bares de Cobi de Barcelona
¿Dónde está Cobi?, ¿mirando obras? No, no. A la mascota de Mariscal, que en el 92 ya tenía barriguilla cervecera, aún se la puede ver de bares
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Cobi en El Olimpiada 92. / M.O.

¿Dónde está Cobi, ahora que lleva tiempo jubilado? ¿Anda por ahí, palillo en comisura, mirando obras y levantando copas, copas no de atletismo, copas doradas en los bares de la ciudad?
Dicen que los héroes caídos sobreviven en el corazón de los vivos, pero a la hora de la verdad muchas veces acaban en cementerios más rocambolescos.
Estoy pensando, mientras me tomo una caña con tupé de espuma en Poblenou, en varios ejemplos que he visitado. El Memento Park, a unos 20 minutos del centro de Budapest, es uno de los más curiosos. Cuando cayó el régimen comunista, Lenin, Marx y compañía perdieron sus pedestales en el centro del país. Unas ochenta estatuas se trasladaron a un lugar conocido popularmente como el Disneyworld Soviético: soldados del ejército que liberaron el territorio de nazis, alegorías de la amistad soviético-húngara o, una aún más curiosa, las botas gigantes de Stalin.
El cementerio de Curros
Lo mismo sucede con otro héroe: el pajarraco con cresta punki LGTBI que brilló como mascota en la Expo de Sevilla. Sigue en los corazones de los niños crecidos en los noventa, que ahora ya se despiertan para orinar por la noche, pero además muchos de ellos emigraron a un lugar maravilloso conocido como Cementerio de Curros. Decenas de Curros (en concreto, de los balancines activables con una moneda de cien pelas) ocupan una especie de zoco al aire libre llamado Romano Antigüedades, en Alcalá de Guadaira, a un ratín de Sevilla. Cuando yo fui aún quedaban un centenar y tuve que reprimir muy mucho la tentación de pillarme uno para llevarlo a reencontrarse, tras más de tres décadas, con su colega Cobi.
Porque aquí llegamos a nuestro protagonista. Cuando Cobi vio cómo Barcelona olvidaba a Copito, su antecesor en el cargo de mascota infantil de la ciudad, ya pudo temérselo. Pero el perro fue feliz mientras reinó. Hoy existe una estatua de Cobi vestido de atleta clásico griego... Pero la última vez que la vi estaba abandonada, rodeada de grafitis y desmemoria. La obra, de Mariscal, se colocó en el Parc Del Port Olímpic y mandaba sobre un estanque con fondo de trencadís colorido. Pero, al menos hace un par de años, el estanque estaba sin agua y Cobi sonreía sobre el pedestal como disimulando, a pesar de verse rodeado de la nada.
¿Dónde está el Cobi, “la mascota más genial”, entonces? ¿Cómo sobrevivió a esa pandemia (covid) que muchos pronunciaban con su nombre? Pues en el lugar de donde salió. Mariscal siempre dijo que sobre todo la primera versión de la mascota tenía una inspiración punki y que hasta le puso barriguilla cervecera (una estatua de una competición atlética con afición a la birra, eso probablemente fue lo que ablandó nuestro corazón). Así que ahora lo puedes ver por ahí, de bares. En el mítico Olimpic Bareto del Raval, en Joaquín Costa, 25, por ejemplo. O en este otro, en el que apuro la caña que menciono líneas más arriba: el Olimpiada 92, en la calle Pellaires, 1.

Fachada del Bar Olimpiada 92. / Alberto García Moyano
En realidad tiene sentido, porque Cobi bebe y come ahí, en Poblenou, cerca de la Vila Olímpica construida a mayor gloria de su reinado. Lo bueno del bar es, precisamente, que parece que se haya negado a ir más allá de aquel año y aquella época. Sobre el barril de la entrada, encima de la persiana con un Cobi cocinero enarbolando una espátula como si fuera la antorcha olímpica, el rótulo con el nombre, de cuando todos llamábamos a ese evento Olimpiada (no como después, que los quisquillosos insistían en llamarlo Juegos Olímpicos).
El Olimpiada 92 es el típico lugar normal para la Barcelona de 1992 y brillantemente extraño para la actual. Esto es, un bar sin alhajas pero con solera, que da lo que promete: sabor de barrio y comida casera, desde primera hora de la mañana hasta las ocho. Cañas en la barra y recetas de siempre hechas como siempre o como nunca. En la salsa de los cargols, por ejemplo, o en la galleta Maria de las natillas late el corazón de una civilización perdida. En las paredes, cuadros de Cobi, de la pista de atletismo, de aquella ceremonia inaugural donde el mosaico gritaba “Hola!” como lo grito yo cuando entro en garitos tan cálidos y reconfortantes como este.
Por supuesto, si lo que quieres es comprar merchandising de Cobi y revivir su época dorada, puedes ir al Museu de l’Esport Joan Antoni Samaranch de Montjuic. Pero si quieres reencontrarse con el espíritu verdadero de Cobi, y de la ciudad que lo ensalzó, búscalo mejor en bares como este templo de Sant Martí. Esperemos que el fuego de sus fogones sea como la antorcha olímpica y no se apague jamás.
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