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Comercio curioso

Ropa y coches deportivos: la tienda retro de Barcelona que le salvaría la vida a James Bond

Es uno de los comercios más curiosos y con más solera de la ciudad. Era un concesionario, "pero las cosas se pusieron duras" -recuerdan-, y se reinventó. En la misma tienda puedes comprarte un Chevrolet y una camisa

Coches y ropa en Italiberica.

Coches y ropa en Italiberica. / M.O.

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Miqui Otero

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Supongamos que, en lugar de una playa jamaicana en Ocho Ríos, James Bond o alguna de sus coprotagonistas femeninas emergieran en traje de baño de las aguas de la Barceloneta y les hubieran robado todo. Más que una paella, necesitarían ropa y un buen coche. Pero solo tendrían que ir de compras a un sitio: Italiberica.

Porque os voy a hablar de uno de los comercios más curiosos, y con más solera, de la ciudad, que llama la atención ya desde su escaparate en Roger de Flor con Ausiàs March. En los letreros, de hermosa tipografía robusta, ese nombre que evoca estilo mediterráneo acompañado de escudos de algunas de las marcas más lujosas de automóviles y de la leyenda: “Cotxes clàssics i esportius”. Debajo de ese rótulo, una enorme luna donde se ven: por un lado, un MG A descapotable de color rojo de los años cincuenta, un coqueto Dos Caballos Charleston, un Jaguar XK150 y otro V12; por el otro, una selección de blusas, camisetas, polos y complementos típicos de esas tiendas de ropa que llevan vistiendo a su barrio, ajenas al monocultivo de las franquicias de las multinacionales, unos cuantos años.

Estamos ante algo así como el equivalente de un animal mitológico (un centauro o un hipogrifo) o ante la evolución de esos Rápidos donde se remiendan zapatos pero también se copian llaves. Pero, en este caso, el resultado es de cine. Uno podría pensar que Steve McQueen entraría a renovar su Ford Mustang del 68, pero saldría, además, con un bonito impermeable marinero con capucha.

Toda crisis entraña y exige una decisión y esta maravilla de la fusión comercial es el resultado de la de 2008. “Esto era solo un concesionario, pero las cosas se pusieron duras, especialmente en lo referente a las ferias de coleccionistas de automóviles retro, y decidí que había que reinventarse”, explica Olga Roteta, que tanto sabe la cilindrada de un modelo de Maserati como si esa blusa te tira de la sisa.

Su padre, Óscar Roteta, llegó de un pueblo de Lleida en el 56. Trabajó en Automóviles Fernández y luego abrió un taller en Ronda Guinardó, en la zona por la que quizá en los sesenta vio pasar el Renault Floride que conduce la chica rubia de la portada de 'Últimas tardes con Teresa', la novela de Juan Marsé.

El primer Maserati

En el 1983 se hizo con Italiberica (una empresa que merecería un premio ya solo por su logotipo: el tejado de la T cubriendo toda la palabra) y así hasta hoy. De aquí salió el primer Maserati que deslumbró por las calles barcelonesas. Y otras marcas italianas como De Tomaso. Pronto añadieron coches de otros países, como el Triumph inglés. “Yo entré a trabajar ya en la adolescencia aquí. Era una gran época. Algunos clientes coleccionaban y venían a menudo. Aunque desde siempre, ha entrado mucho curioso a intentar ponerse al volante para hacerse unas fotos”, dice, “pero siempre le dije a mi padre que era normal: no eran furgonetas, sino coches preciosos”.

Realmente en nuestros instagrameables tiempos, esto podría ir a más. Pero lo que ha ido algo a menos es el sector del coche retro. Primero, porque los hijos de aquellos clientes prefieren otros modelos menos antiguos. Segundo, porque no se puede circular por Barcelona libremente con un coche clásico (hay que pedir permiso y hacerlo en fin de semana).

El caso es que, hacia 2010, cuando la crisis ya tomaba vuelo, Olga hizo de la necesidad virtud. Siempre le había gustado hacer joyas y bisutería, así que compró dos vitrinas en Ikea y empezó a vender complementos. Luego, como en la zona habían abundado los mayoristas de ropa, se animó a vender también prendas. Y de ahí, la mezcla, aparentemente tan azarosa como el chispazo de Coca-Cola (yanki) y Martini Rosso (local) que nació en la Italia de posguerra.

Lo curioso es que si, como yo, entran en Italibérica (después de años preguntándose la génesis de ese negocio) verán a Olga vendiendo sus prendas de ropa y más allá un despacho donde su padre seguirá manejando papeles. “Tiene 89 años pero vivimos cerca y le gusta seguir viniendo. Aún vendemos algunos coches, sí”, dice Olga.

Es curioso, porque su familia hacía buena la idea de la cuchara de palo en casa de herrero: no era habitual pavonearse con grandes bólidos por la ciudad, porque Óscar era tan pulcro como temeroso de que se estropearan. Más bien han ido usando un R10 ahora o un Peugeot mil leches después. Aunque, eso sí, de vez en cuando iban de paseo o a visitar a la familia a Lleida en uno de los incunables. Las hijas de Olga incluso le pedían que las descargara en la esquina antes del colegio, quizá porque habrían preferido llegar al cole en alguno de los Ferraris o Chevrolets que su familia había vendido unas semanas antes.

A veces, he de reconocer que yo entro en un bar a tomar un quinto y acabo cenando y hasta desayunando. O recalo en un quiosco un domingo para trincar el periódico y me voy con dos cajas de cromos de Panini, el boletín de Bluey y el de Frozen, una revista femenina que regalaba un pareo, unos cuantos chicles y unas palas de playa. ¿Sucede lo mismo aquí? ¿Podría yo, por poner un ejemplo, entrar a comprarme unos pantalones de pinzas y salir con un Mercedes? “Bueno”, se ríe Olga, “ha pasado que viniera una pareja, entrara al despacho a preguntar por un coche y a la salida, la señora se interesara por una blusa”. Lo dice con la afabilidad y el encanto de una buena vendedora. O no tan estricta, porque bromea: “Claro, si viene de comprar o valorar un coche a veces hasta le tendrías que regalar la blusa”.

De hecho, esto no es un concesionario japonés aséptico y funcional. El establecimiento, con su suelo de terrazo adornado con algunas plantas, las paredes decoradas con cuadros de ramos de flores y naturalezas muertas, hasta con relojes de péndulo, es acogedor, como familiar es el negocio. Tanto que uno se pone a fantasear. Mientras me imagino en un Mustang GT Flashback del 68 por las curvas del Garraf... ¿cuánto cuesta ese polo granate?

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