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Un palacio a precios populares

La terraza de Barcelona donde te sentirás millonario

Este es un palacete decimonónico con precios populares. Oasis de lujo con palmeras a tiro de metro

La centenaria Vermutería del Tano de Barcelona pasa a manos de dos vecinos: “Sigue todo igual”

La terraza del centro cívico Can Deu.

La terraza del centro cívico Can Deu. / Joan Cortadellas

Miqui Otero

Miqui Otero

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Quizá el lector sea de esos que se torturan rastreando en Idealista, o 'scrolleando' en Instagram, esas viviendas hermosísimas que no podría costearse ni ganando tres veces seguidas la lotería. Tengo una buena noticia: solo se necesita tiempo para poder entrar en una de ellas a tomarse una cerveza. Tiempo y paciencia: sigue guardando las sartenes dentro del horno por falta de espacio, porque, eventualmente, el momento siempre llega.

Obviamente, a menudo son demasiados, los años. Pero si en lugar de obsesionarte con una mansión con 'infinity pool' construida en 2026, lo haces con un palacete decimonónico (en realidad mucho más bonito) puedes proceder ya a tomarlo.

¿Mi ejemplo favorito en Barcelona? Lo tengo clarísimo: Can Deu. Vendido por la familia al Ayuntamiento en 1984 y reabierto como centro cívico dos años después, este edificio es absoluto gozo para todos y cada uno de sus sentidos. Estamos ante el típico edificio neogótico, con acabados orientalizados, que fue ganando detalles y adornos modernistas con el paso de los años.

Se accede a él desde la plaza Concòrdia, que es en sí un oasis a salvo de bocinazos y humo en el barrio de Les Corts. Pero las verdaderas joyas están en la parte trasera. Una cafetería (menú magnífico, y barato, como lo son también las copas) con mesas de mármol y galería de ventanales con motivos de vitrales de colores. Luz ambarina, aire distinguido y precios populares. Una magnífica mezcla de antigua solera y claqueteo de fichas de dominó, risas de postadolescentes ante copas de cervezas, carritos de la compra de señoras que han quedado para el café con leche.

Interior de la cafetería.

Interior de la cafetería. / M.O.

Desde ahí, a través de la galería, uno de mis rincones favoritos. Antaño jardín trasero, hoy es una terraza funcional, con mesas de zinc y servilleteros cerveceros, donde se escuchan trinos (o quizá los oigo yo tras el primer sorbo de espuma y cabada). Una zona sombreada por palmeras y otros árboles, cercada en hierro, que conserva tanto una fuente monísima como una pajarera antigua tapizada de trencadís.

Decía Balzac que toda fortuna esconde un crimen, pero que nadie se meta con los Deu porque la suya la hicieron gracias a una destilería. Se veía desde aquí, que fue su casa desde finales del XIX hasta el 36, cuando entraron las milicias, y luego tras la guerra hasta mediados de los ochenta. Por lo visto, sus licores eran famosísimos y, entre todos ellos, destacaba el anís Carabanchel, con el que se forraron tanto aquí como en Uruguay o Argentina.

De hecho, se dice que expresiones como “Va ser un banquet de Cal Deu” o “Es va liar la de Cal Deu” tienen que ver con las toneladas de felicidad que llegó a destilar esta familia. Toda esa historia resuena ahora que es un centro popular, que rezuma paz y democratiza cultura, centrado en conferencias medioambientales y en pequeños conciertos de jazz.

Quizá tengas que pasarte toda la vida metiendo las sartenes en el horno, en pisos mal orientados hacia el sol, pagando un alquiler endemoniadamente caro para un cubil espantoso, pero siempre puedes coger la línea verde, viajar en el tiempo, entrar en esta preciosidad y pedir una bebida para sentirte como, en fin, dios, en Cal Deu.

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