Milagro en tiempos de especulación
La centenaria Vermutería del Tano de Barcelona pasa a manos de dos vecinos: “Sigue todo igual”
Lleva más tiempo en pie que Jordi Hurtado. Es una habitual de los ránkings de "bares auténticos". Tras la jubilación de Tano y Maricel, esta bodega emblemática se ha traspasado a dos hermanos del barrio. Esta es la historia de un milagro en tiempos de especulación

Tano, ya exdueño, y Marta, su relevo al frente de La Vermutería del Tano. / MANU MITRU / EPC

Lleva más tiempo en pie que Jordi Hurtado. Un espejismo ‘vintage’. Habitual de los ránkings de "bares auténticos" de Barcelona. En la puerta hay pegatinas de Trinaranjus que podrían largar más que Bárcenas. Por estas mesas de mármol circulan más secretos que por el confesionario de Rosalía. “Uy, uy, uy…”, asiente Tano con sonrisilla de medio lado. “La discreción es muy importante”, dice de carrerilla como un mantra.

Conservas y reliquias 'vintage' en La Vermutería del Tano. / MANU MITRU / EPC
Es La Vermutería del Tano (Joan Blanques, 17). “Bodega emblemática”, insisten las reseñas. “Parroquia obligada”. “Una joya catalana con alma”. “Una institución del barrio”. “Tiene duende hasta en las ranuras de las baldosas”. Solo le falta un año para cumplir los 100. ‘Regreso al futuro’ en versión vermutera. El vermut se sigue sirviendo como en los años 40 del siglo pasado: en vaso pequeño, frío, sin hielo, a palo seco. Nadie saca el móvil.

Los reyes de la casa: vermut en vaso pequeño y conservas: Anchoas, berberechos, matrimonios y alcachofas. / MANU MITRU / EPC
Aquí se han rodado anuncios, pelis, cortos, programas de tele. “Presentamos también un disco de los Manolos”, recuerda Tano. Incluso sale en una novela de Zafón. Tano despliega esa sonrisa del que sabe más de lo que cuenta. Imposible sentarse a hablar con él menos de una hora. “El bar está a punto de hacer 100 años”, se excusa. Muchos clientes se lo siguen preguntando: “¿Y siempre ha estado usted aquí?”.

Tano habla por teléfono al fondo de la vermutería. / MANU MITRU / EPC
¿Famosos? “Uf –resopla-, pues unos cuantos”. Tano desenfunda el teléfono para hacer memoria. Lo mismo te enseña una foto con el actor estadounidense Michael Shannon (‘Animales nocturnos’) que con Jordi Évole. “Este es el Recio” (Jordi Sánchez, en ‘La que se avecina’). “La última producción que hicimos fue para una serie alemana”. ‘Crimen en Barcelona’. “El protagonista -Clemens Schick- salió en una película de James Bond”. (‘Casino Royale’).

Tano posa con el actor estadounidense Michael Shannon. / Facebook
Ahí sigue como si nada. Los mismos proveedores, los mismos camareros (Àngels y Josep), la misma decoración, las mismas conservas entronizadas por los gurús gastro junto al sacro vermut Perucchi (ahora Miró). La histórica bodega acaba de cambiar de manos sin cambiar absolutamente NADA. Un milagro en tiempos de especulación. Les ha acechado mucho buitre, reconocen. Ofertas con muchos, muchos ceros. “Ahora todo son sociedades”, lamentan.

Marta Jiménez, la nueva dueña, con Josep, uno de los camareros de siempre. / MANU MITRU / EPC
Tano. Cayetano Gabernet. Él y su mujer, Maricel Vidal, han estado 35 años tras la barra. Desde 1991. Aunque la bodega data de 1927. “La palabra vermutería –se ríe Tano- igual la inventé yo, mira lo que te digo”. 35 años, se dice pronto. Pero no se han dado cuenta, prometen. “De lo que me he dado cuenta –apunta el exdueño- es de que ahora digo: ‘Ostras, mañana me levanto y ¿qué hago? Te quedas un poco fuera de juego”. ¿Lo primero que hicieron tras jubilarse? “Levantarnos más tarde”, se ríen. “Y nos fuimos a comer al campo”.

Las dos puertas de la vermutería esquinera. / MANU MITRU / EPC
Han llegado a trabajar de 7 de la mañana a 11 de la noche. “Los dos solitos, mi mujer y yo”, resopla Tano. “Yo siempre digo que esta bodega nos lo ha dado todo, pero también nos ha quitado muchas cosas”. Vida social, iba a decir. Rectifica. “Vida familiar. Porque vida social aquí… Esto es la pera. Como le des cariño a la gente, al final acaba siendo una gran familia, que es lo que ha sido”. No se arrepienten, no.
Han cogido el relevo dos hermanos de Gràcia. Miguel Jiménez, el vecino de arriba. Marta Jiménez, es la que sabe de hostelería, quien está ahora tras la barra. “Ha aprendido rápido”, sonríen los exdueños. “Estuve con Tano y Maricel de sol a sol para absorber todo –cuenta ella-, para aprenderlo todo. Me han ayudado mucho”.

Marta y Tano, en la puerta del bar. / MANU MITRU / EPC
“Sigue todo igual”, insiste Marta.”Todo se mantiene. Mismos productos, mismos proveedores, mismos camareros, el mismo vermut de siempre, el mismo vaso”. “Yo tengo respeto por este lugar”, promete. Es una responsabilidad, sí. “Es mucha responsabilidad –asiente Marta-, pero también mucho orgullo. Es la responsabilidad de mantenerlo y de que siga siendo lo que ha sido hasta ahora. Auténtico. Que no pierda la esencia, la identidad que tiene”.
A Tano aún se le puede ver cada día por el bar, por si queda alguien del que despedirse. “Me gusta venir –se encoge de hombros él-. Aún hay mucha gente que no sabe que he vendido esto”, se justifica. Está por aquí, les presenta a Marta en plan anfitrión. “Sí, sí. Lo importante es que el cambio no sea traumático para nadie –dice Tano como si fuera la casa de todos-. Y lo estamos consiguiendo”.

Detalle de la colección de relojes. / MANU MITRU / EPC
Sigue todo igual, hasta la decoración. Tano se lo ha cedido todo. “Todo tiene su historia”, insiste. Hay reliquias que darían para un artículo aparte. A Tano le gusta coleccionar. “Más que nada, curiosear”, se ríe él. En la pared del fondo está desplegada su colección de relojes. “Aquí expuestos puede haber 60 o 70 –detalla-. Pero he llegado a tener hasta casi 100”. Y ahí está la vitrina de recuerdos. “Tengo cosas que me ha ido trayendo toda mi clientela de sus viajes por el mundo –relata el anfitrión-. Tengo cosas de los países más raros que te puedes imaginar. Por ejemplo, de la Isla de Pascua”. Pone los ojos en blanco. “¿Cómo quieres que me lleve yo esto?”.

Vitrina con recuerdos de viajes de los clientes. / MANU MITRU / EPC
Donde solía haber una tele, ahora hay una máquina de escribir de los años 20. “Me la regaló un cliente, tenía 90 y tantos. Este señor en la posguerra fue árbitro de fútbol. Para hacer el parte de los partidos iba con esta máquina, que pesa una barbaridad, no sé cómo podía arrastrarla”, resopla. “Si empiezo a contarte cosas, igual se me salta una lágrima, ¿eh? -advierte-, porque soy muy sentimental”. Y acaba contándote cosas con los ojos empañados.
Al fin se lo sacas: el secreto para mantener un negocio 35 años. “Ser constante en el trabajo”, se encoge de hombros Tano. ¿Y qué les dice a los clientes de siempre? “A todos les doy las gracias -aguanta la lagrimilla a duras penas- por haberme dado la vida”.
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