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Viaje al pasado con caña

El sótano de la plaza Reial de Barcelona donde el tiempo no pasa

Aún hay bares que te reciben con un bol de quicos de cortesía y sirven la cerveza en vaso de tubo

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Los Hermanos Cubero en Jamboree.

Los Hermanos Cubero en Jamboree. / M.O.

Miqui Otero

Miqui Otero

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En algún momento de esa noche, y de este texto, sospecharé que hay un sitio en Barcelona donde el tiempo no pasa. Será cuando me sirvan una cerveza en un vaso de tubo, repare en el bol de cacahuetes y quicos de cortesía sobre la barra y me gire para ver en el escenario a un tipo con sombrero de cowboy tocando la guitarra y a otro con traje a medida punteando la mandolina.

Pero el caso es que no hemos llegado a ese punto, aunque los síntomas se han empezado a notar antes. He quedado con Rafa para ir a un concierto, pero estoy a punto de llegar tarde por el típico problema logístico derivado de no tener móvil (o más bien, de que una tercera persona no tenga batería en el mismo) tan habitual hace años. Por suerte, mi amigo me espera paciente en la puerta del Jamboree, ese lugar que abrió sus puertas como cava de jazz allá por el año 59 del siglo pasado en una inauguración oficiada por Tete Montoliu.

El caso es que el sitio sigue abierto, a diferencia de casi todos por aquí. Antes de saber que llegaría tarde, he hablado con Rafa. Quizá podríamos pasarnos por lo que quede del Pipa Club, le he dicho. Ahora es una coctelería privada, con la carta solo en inglés, que abre a las nueve, me ha contestado. Luego ha propuesto la Bodega Oliva, “la única con cara y ojos de la zona”, para cinco minutos después, mientras yo ya venía en taxi, matizar que mejor no: está llena de guiris haciendo cola. Huelga decir que el Sidecar cerró hace un par de años y el Karma hace menos de un par de semanas. Así que poco queda de esa plaza Reial con nombres de inspiración yanki por el uso que de ella hacían marines de la VI Flota o con reminiscencias orientales (el hostal Kabul) por su papel de escala en el peregrinaje hippy a Ibiza.

Viaje en el tiempo

El Jamboree sí conserva eso y por suerte hoy nos dirigimos allí. En la entrada, eso sí, el taquillero informa a un turista de los horarios de otra función de flamenco, pero es bajar la escalera y todo cambia. ¿Acaso estos peldaños son la espiral de la serie 'Los viajeros del tiempo'?

Porque al poco de aterrizar en el sótano salen a escena Los Hermanos Cubero. Este dúo fraternal es un pequeño milagro de la proficiencia musical, de la mirada limpia, de la verdadera pasión por la música popular. “Aroma y raíz”, cantan en uno de sus temas. Bordan esa fusión de folclore castellano y yanki (ahora, seguidilla; ahora, bluegrass) con esas letras a veces divertidas y otras hermosamente desoladoras. De la sonrisa al llanto (y no es una forma de hablar) en cinco minutos.

Entre una mazurca y una jota, agradecen al público que haya querido bajar a escucharlos, dejando fuera el carrusel de noticias de guerra y de preocupaciones personales. Y verdaderamente parece que puedan detener el tiempo. Que nos convirtamos aquí abajo en insectos en una bola de ámbar o en supervivientes en un refugio atómico. Ambos impecablemente elegantes, raros en el mejor de los sentidos: uno con ese traje de doble botonadura y aperturas laterales, el pelo corto y las gafas de alcalde o contable en el wéstern y el otro con ese sombrerazo de sheriff y esas botas camperas y esa corbata ancha y estampada. Parecen de otra época. Parecen de otra época mitificada desde el ahora. Son miel, miel no procesada, miel de la Alcarria, para más señas.

Vienen a presentar 'Cubero bueno, Cubero malo', su nuevo y autogestionado disco. Cantan “Demasiado tonto para Madrid, demasiado feo para Barcelona” y luego explican que también se pueden hacer canciones, y cosas, hermosas fuera del foco de las grandes ciudades y también de la industria. Aplauden Rafa y Nando, que también ha venido. Y entonces los Cubero sueltan otro de sus variados chistes: “Hemos traído el disco para venderlo. Aprovechando que ya es marzo, podéis comprarlo como regalo de Navidad”, dicen.

Luego, el Barracuda, que cubre el concierto para el Ruta, me dice de pedir una caña rápida. Y es ahí donde tengo la epifanía, casi como de Philip K Dick. Nos sirven la caña en tubo, como se estilaba hace ya mucho tiempo. Y descubro el bol de frutos secos. Y me giro de nuevo para ver a esos dos sublimando el arte popular, cálido y cercano y mil veces vivo. Y pienso que quizá si no salimos de aquí, jamás nos alcance el rodillo de casas de carcasas, 365, códigos QR en la carta y cócteles con nombres de electrodoméstico.

Pero subimos, claro, porque el concierto acaba. Subimos la escalera, la espiral del viaje temporal, y se rompe el hechizo del (como llama a esos pliegues Vonnegut) cronomoto. La plaza Reial está tan animada como cambiada. No son solo los sitios que han cerrado, sino que pasa algo más. Les cuento a Rafa y Nando que escribiré sobre ese instante en que se detuvo el cronómetro o en que el tiempo, allí abajo, no se regía por la lógica habitual. “Ya te digo. Si dijeron que vendían el disco como regalo navideño en primavera”, bromea Nando y señala el cielo con la barbilla. Era eso: por alguna razón, a finales de marzo, la plaza está engalanada (todo el cielo techado de bombillas) con luces navideñas, como de delirio frío de alcalde vigués o de feria alemana de vino caliente. Casi me da por irme a encargar muñecos de 'La patrulla canina'.

Así que decidimos tomarnos una antes de irnos en los soportales, a salvo del deslumbramiento. En concreto, en la mítica Cervecería Canarias, esa que abrió cuando acabó la Guerra Civil, en la que aparecía Dalí con una pantera como mascota, esa que servía la birra en jarrones sin asas comprados en una cristalería de Badalona y donde se organizaban hace décadas concursos de ingesta de cerveza. Dicen que un participante llegó a beberse siete litros en sesenta minutos. Nosotros nos conformamos con tomarnos una rápida, antes de que cierre también esto. Por un momento, pienso en el hechizo momentáneo del Jamboree y fantaseo con que me la pongan en uno de aquellos legendarios floreros. No pasa, claro, pero pedimos una segunda caña para celebrar que esto (el bar y el presente) sigue abierto.

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