Cierra una discoteca mítica de Barcelona
Goodnight, Karma; ladies, goodnight
Todos lo evocan como ese raro hogar casi familiar en Barcelona donde sonaban guitarras a volumen 11. Una casa de todos. La mítica discoteca de la plaza Reial ha anunciado su cierre definitivo tras casi medio siglo
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Noche de Karma. / Instagram

Precisamente porque he estado muchas veces allí, y porque lo he hecho a la hora que toca y en la actitud conveniente, me cuesta enfocar con detalle el Karma, esa discoteca de la Plaça Reial que ha anunciado su cierre tras casi medio siglo.
“Si recuerdas algo de mi club es que nunca estuviste ahí”, dice en sus memorias Peter Hook, dueño de la delirante discoteca mancuniana The Haçienda y bajista de la banda Joy Division. Sí me acuerdo, sin embargo, y pese a haberlo pasado tan bien como un corazón mortal permite, de cuando en este templo retumbaban las líneas de bajo de uno de los hits de Hook, 'Love Will Tear Us Apart', y el vigente jefe de Deportes de este diario me agarraba del cuello berreando la melodía en clave de lo (si conocen la canción la tararearán mentalmente: lo-lo-lo-lo-lo-lo-lo-lo; lo-ló), mientras una de las firmas de Economía daba saltos como un macaco hasta las cejas de fruta fermentada y otra de Política se sumaba con el fervor con el que un leninista cantaría La Internacional (en esa época, de hecho, la llevaba de politono en su Nokia). La ahora subdirectora, por cierto, alinearía generosamente chupitos de colores en la barra para invitar a media pista y la actual responsable de cultura reclutaría a los agasajados tras echarse preventivamente al coleto el primero.
Todo esto pasaba ya hace tiempo y es la prueba de que si hubiera que reconstruir la historia reciente de este club la mejor forma sería hacerlo de forma colectiva. Todos los que estuvieron saben que fue punto de encuentro: desde que se supo que el Karma no volvería a subir persiana, banderas a media asta en grupos de whatsapp laborales y escolares, y lamentos con detalles muy concretos en las redes.
Unos hablan de La Rubia del guardarropía, del Maño en la entrada, de la Pepsi en la copa y los Pixies en la pista. Todos lo evocan como ese raro hogar casi familiar en Barcelona donde sonaban guitarras a volumen 11, con el extraño don para disparar hits de varias generaciones de aborígenes, con tendencia a escoger no la última canción sino la primera que te cambió la distribución de los muebles de la cabeza.
El Karma abrió en 1978, en la Barcelona de la transgresión pionera y del ruido tras el silencio fascista. En esa época, era espacio de libertad para gente que hoy vuelve a tenerlo crudo. Un lugar donde el gerente honorífico era Lou Reed y donde se dice que bailaban tanto trans como estibadores.
Siempre he pensado que era uno de los mejores termómetros de la ciudad: no perdía clientela, sino que iba acumulando capas geológicas generacionales, que se mezclaban con turistas desnortados. Precisamente por abrir muchos días hasta la madrugada, era ese lugar de celebración y combustión espontánea, al que podías improvisar ir cualquier noche de esas que arrancan con un “yo hoy no salgo” y acaban mañana con “no se dice la última, sino la penúltima”.
Lugar de encuentro
El Karma, eso sí lo recordaremos todos, tenía algo de selección darwinista: tras llegar a la puerta de doble arco, debías acceder a él mediante unas escaleras que ponían a prueba tu estado tanto de bajada como, peor aún, de subida. En fin: “Siempre hay alguien más hambriento y joven detrás de ti en la escalera”. Del sótano recuerdo franjas de colores, aunque no logro ubicar si estaban en las mesas altas para charlar (a la izquierda) o en esa pista centrifugadora y con trazado de gruta (a la derecha). Era un lugar de encuentro mediante la palabra y el cuerpo, una forma de decir que era un lugar de jara y sedal y de pico y pala y de, digamos, ligoteo en idiomas imposibles. Pero también era meca de compañeros de curro que la lían desde tiempos remotos, desde cuando los dinosaurios dominaban la tierra y no existían etiquetas fofas como afterwork pero sí paneras de navidad, y de antiguos amigos de adolescencia que aquí encontraban, pese a haber cambiado sus vidas y gustos, un esperanto emocional, un lenguaje común, una casa de todos.
Ayudaba que estuviera en la Plaça Reial, que sigue siendo plaza, pero que cada vez merece menos ese real como adjetivo. He escrito sobre los concursos de ingesta de cerveza de la Cervecería Canarias, de Chet Baker chutándose Palfium en la Jamboree, de ese Sidecar de origen y corazón punk (me explicó su dueño que al principio le costaba hasta poner una caja registradora, porque el ding después de cobrar sonaría demasiado a empresario avaricioso). No quiero convertir esto en una elegía, pero es obvio que van cerrando esos sitios que tienen lo más importante que puede atesorar un local: historias ordinarias que acaban por conformar, entre todas, una Historia extraordinaria. Una memoria popular. Una identidad sin bandera. Cuando echamos de menos a un futbolista retirado, a una banda que se separó o el local donde disfrutamos de la noche lo que echamos en falta es, en realidad, la juventud. Pero la pérdida aquí no es solo individual, sino colectiva, de la ciudad, esa gran casa de las carcasas. Antes, era el Karma lo que estaba siempre abierto; ahora, son los 365.
He empezado diciendo que no recuerdo algunos detalles, pero quien padece la verdadera amnesia aquí es la ciudad misma. Si pierde estos espacios, olvida su nombre. Y también sus reglas. Como esa última canción que sonaba siempre en el Karma. Y que habla de exprimir la vida y la noche y regresar a casa solo. Es una canción triste que allí se entonaba (es un decir) desde la euforia. “Good night ladies, ladies goodnight”, cantaba Lou Reed cada vez que se encendían las luces. A veces, a la mañana siguiente, no recordaba todo de la noche anterior, pero si me descubría tarareando frente al espejo esta melodía mientras desinfectaba mi dentadura con toneladas de clorofila… es que había acabado en un buen lugar. A partir de ahora, cada vez que suene, muchos barceloneses de más de cinco generaciones recordarán los soportales, las escaleras, las luces de colores, los abrazos de gol, sus historias por una vez entreveradas con las de su ciudad. En definitiva, en otras vidas recordaremos la importancia del Karma en la vida de Barcelona y en la nuestra. Así que: “Let me tell you, now / goodnight ladies, ladies goodnight / It’s time to say goodbye”. Mañana será otro día y tras el último no va nadie.
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