Barra con alma
En este bar con mil nombres resiste todo lo que nos gusta de Barcelona
Ambiente absolutamente impagable, cálido y encendido. El típico bar de barrio con los clientes de toda la vida. De todas las vidas. Cuando naciste, seguramente este toro ya existía
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El toro impertérrito del Bar Roso. / Jordi Otix

La cabeza de toro que asoma desde la pared siempre tiene razón. No le hace falta decir que sí ni que no. Ha estado en esta bodega cuando este barrio no se llamaba así, cuando este bar tenía otro nombre, cuando aquí bebía otra gente con otras caras.
En una de las mesas de mármol, un chato de vino, dos cervezas y una caja de seis 'bricks' de Llet Nostra. El bodegón improbable es la prueba de que aquí para gente del barrio que va y viene (de comprar) y por el camino se entretiene. Es el caso de Elías: “Cuando yo nací, o entré por primera vez a los seis años, el toro ya existía. Antes esto se había llamado Bonet y también Rafecas”, dice, aunque transcribo fonéticamente lo que dice (podrían ser otros nombres, pero el caso es que cuando despertó el toro ya estaba ahí). Y añade: “Recuerdo la nevada del 62: el letrero cayó y ya no pusieron otro. ¿O fue con las 'riuades'? ¿Fueron antes las 'riuades' o las nevadas?”. Un buen debate a sumar, ¿es Pedri hijo de Iniesta y Xavi?, después de un buen rato departiendo sobre el estado actual del Barça.

El famoso toro vigila las mesas. / JORDI OTIX / EPC
Porque este toro disecado, y este cliente vivísimo, estuvieron aquí (y aquí es en la calle San Gil, 2; entonces Chino y ahora Raval) cuando la estrella era Kubala, Cruyff, Maradona, Laudrup, Ronaldinho, Messi, Lamine. Viendo cómo esos nombres marcaban los goles, aunque fueran ellos, los clientes, los que levantaban las copas. Lo importante nunca fueron los nombres, sino el club, tal y como aquí lo importante no es el nombre, sino el bar. Ahora, en teoría, se llama Bar Roso, aunque en realidad la mayoría de clientes lo llaman Del Toro (es el único bar que aparece en Google Maps con dos nombres). La cabeza del animal, impertérrito en una de las paredes color mostaza, mira los retratos al carboncillo de futbolistas culers colgados en otras. “No, no los encargué a un artista. Esto era un cliente que se jubiló y que se ponía en la mesa donde estáis vosotros y se pasaba el día dibujando sin parar: cogía cromos en el mercadillo de Sant Antoni y aquí los copiaba. Le salió bien, porque muchos otros clientes le pedían retratos”, dice Carles, con camisa de cuadros, como mandan los cánones de afable y magnífico dueño de bar barcelonés (estas camisas, como la del Rafel de la bodega homónima, deberían colgarse del techo cuando se traspasan, como las camisetas de las estrellas de la NBA).
Todo aquí, en este bar de suelo de terrazo blanquinegro, sillas de contrachapado de madera y columnas de fundición, lo ha hecho alguien del que se recuerda el nombre, incluso la preciosa barra de mármol, que debe de tener aproximadamente un siglo. Se va el hombre, pero no la obra.

Vistas desde la caña. / M.O.
Sin Carles, de hecho, no existiría esta crónica, pero acaso tampoco este diario. Él trabajó de joven en las rotativas de EL PERIÓDICO, en bullangueros turnos nocturnos al lado de una enorme caldera. En 1999 heredó esta bodega que su padre gestionaba desde el 66. Los números son redondos, porque se comenta que la famosa barra podría datar del 33. Carles ha saludado antes como quien recibe a un hijo pródigo a Malcolm, el amigo que me ha traído hasta aquí: engullía muy eficientemente las 'mandonguilles' de la mujer y celebraba los goles del Barça de Pep y levantaba más copas que Puyol y se daba los mejores abrazos, que son los de gol. Aunque vivía en la otra punta de la ciudad, se desplazaba hasta el Raval. Dicen que por la cábala, porque si ganaba el equipo, para qué cambiar. En realidad ahora sé que venía por las 'mandonguilles' y se quedaba por este ambiente absolutamente impagable, cálido y encendido. Él fue quien consiguió el balón firmado por Iniesta expuesto entre licores cobrizos tras la barra, después de que otro cliente trajera una camiseta firmada por todos los jugadores.
Bar con carisma
Esto es el típico bar de barrio con los clientes de toda la vida, o de todas las vidas, con tal carisma que ahora, a determinada hora, empieza a ser tomado por los más jóvenes. “¿Qué quiere decir hípster? Yo es que me hago un lío. ¿Yo soy boomer?”, se pregunta Elías, poco antes de abandonar la escena con sus seis bricks de leche entera. Tú eres la monda, pienso, un tipo con el que celebrar mil Champions. Malcolm, que a veces dejaba cinco birras pagadas para que un antiguo cliente sin blanca las dosificara a razón de una diaria hasta el siguiente partido, se interesa ahora por la quiniela que han empezado a rellenar Carles, Elías y un par de parroquianos más. Es una quiniela, como las pinturas rupestres, propiciatoria: quizá el Madrid pueda ganar al Celta en Balaídos, pero marcamos uno porque queremos que ganen los gallegos. Mientras se deciden si uno o equis o dos, voy a aliviarme al baño.
Pienso en la suerte del toro de la pared: yo me tengo que ir en un rato, pero envidio que él haya podido disfrutar de este bar tantas décadas. Entonces levanto la mirada y veo un azulejo con una frase. Ningún emperador tuvo tanta razón y ninguna tesela romana fue tan bella. Mientras apuro el código morse de mi meada cervecera, leo en voz alta: “Mea tranquilo, mea contento, pero por favor: mea dentro”. Y apunto con la precisión de un francotirador. Dudo que ningún cliente haya ensuciado este baño: otra forma de decir que dudo que exista una sola persona que no haya orinado contenta ni que no haya salido en paz con la vida, con una euforia tan ronroneante, de aquí.

El azulejo del baño. / M.O.
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