La guía oculta de la ciudad
La chica que pintaba las paredes de Barcelona
El cómic definitivo sobre el grafiti barcelonés es una especie de guía oculta de la ciudad y de novela de formación escrita por una pionera femenina en un mundillo masculino
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Portada de 'Malas ideas', de Carlota Juncosa.

Allá por 1992, cuando los niños mirábamos el Cobi deconstruido que habíamos dibujado en nuestras libretas, la chica que pintaría las paredes de Barcelona alzaba la vista, miraba por la ventana y descubría un chupete negro, enmarcado por adelfas y lentiscos, en los muros del arcén. Lo hacía desde el asiento de atrás de un coche, a toda velocidad por la AP-7, a la altura de la estación de servicio Porta de Barcelona.
Bien, era una puerta a algo más. Porque esos chupetes los veíamos todos: eran (y aún son) omnipresentes. Pero ella era una niña que se hacía las mejores preguntas posibles: es decir, sencillas pero esenciales, las que se suelen hacer los niños. Esas preguntas eran: ¿qué napias es esto? ¿Quién lo ha hecho? Y, lo más importante: ¿por qué?
Esa niña unos años después estaría pintando sus propios grafitis. Y hoy publica 'Malas ideas' (Reservoir Books), un cómic magnífico que es una novela de iniciación a través de la subcultura que escribe en los muros, a la vez que una guía oculta de la ciudad.
Carlota Juncosa, porque así se llama esa ex niña, luego fue una adolescente muy autoconsciente: es decir, tan desesperada y perpleja como divertidísima. Por ejemplo, no fumó durante mucho tiempo para “no entorpecer” el crecimiento de sus pechos. Quizá fue el Efecto 2000, porque más o menos por esa fecha finalmente se desarrollaron, como se desarrolló en ella la pasión grafitera que la mantendría en ese circuito entre los 17 y los 22 años.
Ahora sabemos que esos chupetes epifánicos los pintaba el muy conocido Carlos Redón, pero entonces no sabíamos nada. Tampoco Carlota, que era una adolescente que no entendía demasiado los mecanismos del mundo pero que encontró en los esprais una comunidad que la comprendió a ella. Es decir, una identidad. Una de verdad, construida en el asombro y las aventurillas. Empezó a pintar como Lúa (porque le decían que era un poco lunática) y los primeros años y páginas tienen algo de pionerismo mezclado con 'El libro de la selva': el grafiti, como la sociedad, ahora pero aún más antes, era un mundo no solo masculino sino en algunos casos machito. Hasta el punto que algunas de sus amigas se autoproclamaban kingas (si el rey era king, kingas sonaba más rotundo que queens).
En 'Malas ideas' hay conatos de abuso, torpes morreos, chicles con sabor a piti, vómito de penas. Es decir, hay la formación de una chica de hace un par de décadas. Pero hay también un análisis, tronchante pero muy divulgativo, de la historia del grafiti en el mundo, pero sobre todo en Barcelona. Todos en esa época tuvimos amigos que escribían en paredes. A veces, personajes muy versátiles: algunos eran los mismos que te pedían la hora y se llevaban el reloj, otros eran colegas tuyos (a uno, pobre, lo cosían a toys) que tanto llevaban pantalones anchos para escuchar rap como se ponían la bomber para ir a bailar mákina. Pero gracias a este cómic el lector acabará dominando toda la jerga (piedra, toyaco, bombing, largo etcétera) que entonces usaba y que ahora ha olvidado.
En esta educación sentimental de esprais y muros y vagones, hay profesores de catalán sátiros que abordan a niñas, colegas que esperan de ti que seas uno más, perfiles monomaniacos de lo suyo y también gente que simplemente no compraba el mundo tal y como se lo ponían delante y que quería, por así decirlo, colorearlo a su manera.
Guía alternativa de Barcelona
Supongo que el hecho de que nuestro metro sea blanco es una invitación indirecta a que escribas tu historia en él. Porque este cómic funciona también como una guía alternativa de Barcelona. Aquí Carlota salta tornos de estaciones de metro reconocibles, duerme en cajeros de La Caixa, la detienen en el Palau de la Música, se recuerda que el punto de encuentro si todo se torcía era un cibercafé de Plaça Universitat, aparece La Llotja (la escuela artística donde algunos estudiaban), todos los bares chinos cristalizados en uno (Chino Huan) y una colina desde la que se ve la ciudad (y el dildo de la Torre Agbar) a sus pies.
Se plantean leyendas de la pintura de la época (algunas inventadas o refundidas entre varios), se repasa la génesis del asunto en Nueva York (y más atrás), se intenta entender de dónde viene eso de pintar paredes. ¿Por qué lo hacía Carlota? Para ello, la autora se reencuentra décadas después con sus compañeros de juventud. Algunos siguen igual-igual. Otros siguen igual-diferente. Es su caso, que ahora pinta en casa, con su hijo de diez años y su perro de algunos menos, pero movida por la misma curiosidad que entonces: entender por qué hace lo que hace y por qué es como es. Al fin y al cabo, ya a los 20 pasó de firmar Lúa a firmar Yo.
En esa búsqueda de identidad, y en esa pulsión grafitera, puede haber muchas motivaciones: vanidad, autoafirmación, riesgo, rebeldía. En realidad, fue en las paredes donde los primeros humanos dibujaron y las pinturas prehistóricas no eran crónicas de episodios de caza, sino imágenes propiciatorias: pintaban los búfalos que querían cazar. Quizá aquí pase lo mismo: se pinta por deseo a que pasen cosas, a que pasen cosas diferentes. Quizá por eso lo hacía la chica que pintaba las paredes de Barcelona, que publicó hace unos años una biografía originalísima sobre Carmen de Mairena (en Blackie Books) y que ahora nos dibuja ese mundo en este cómic enérgico y expresivo, desde dentro (formó parte de aquello) y desde fuera (ha pasado mucho tiempo desde que se salió). No en vano, vio el primer chupete en Barcelona, pero en realidad justo antes de atravesar la Porta de Barcelona y justo después de atravesar la de la infancia.
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