Rincones para dos
El San Valentín más íntimo: planes en Barcelona donde solo caben dos personas
Desde el bar más pequeño de Barcelona hasta un mirador solo para dos
Las citas más originales para este San Valentín en Barcelona
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El mirador más íntimo de Barcelona: solo tiene capacidad para dos personas. / M.O.

Hay un país cuya superficie es un colchón de 1,50, donde la segunda residencia con vistas es un sofá frente a la tele, con un idioma propio, con sus propias guerras e himnos y con una población total de dos personas (ocasionalmente, si el estado prospera o tiene voluntad de expandirse, llega algún inmigrante: es decir, alguna criatura que no sabe hablar el idioma y tiene que aprenderlo).
Ese país es una pareja, claro. Y yo me he permitido el arranque de texto más cursi de la historia porque este fin de semana es San Valentín, la fecha comercial más azucarada del calendario.
Toda pareja tiene algo de excluyente. Se entiende fácil si vemos el gesto con el que a veces empieza todo: los cascos de botón, un auricular para la oreja derecha o izquierda de cada tortolito, en un banco o un bus. O si nos fijamos en la vianda que mejor ilustra el asunto: la paella, que solo se puede pedir para dos (en cuántas novelas aparece el recién separado sollozando frente al menú marinero y no pudiendo pedirla ya).
Rincones para dos
Bien, pues la ciudad, también Barcelona, está llena de esos lugares donde apenas caben dos personas y quizá sea esta una buena fecha para proponer una ruta. Una ruta con lugares secretos pero también turísticos, para una fecha íntima pero tan comercial como un Black Friday. Incluso si la diada del romanticismo rentable arranca pronto, desde las diez de la mañana (y hasta las seis de la tarde) la pareja se puede plantear un paseo en barca en plena ciudad. Por unos siete euros, podrá avanzar (¡incluso discutirse!) por el lago artificial de la Ciutadella, en un trayecto coloreado por palmeras, yucas y adelfas. Propongo comprar prismáticos de juguete en un bazar chino para avistar las garzas reales o los patos azulones de sus islotes.
Pero una pareja también requiere elevación. Y qué mejor que el mirador más pequeño de la ciudad, tan famoso que la gran mayoría de barceloneses jamás lo ha pisado. En el ascensor hacia la vista 360 grados de Colón solo caben dos personas más el ascensorista, algo así como la carabina de las relaciones. Un amigo mío del instituto solía llevar a sus citas allí para prometer vistas preciosas pero lograr intimidad. El dedo de Cristóbal mide cincuenta centímetros, así que mejor no comparar tamaños.

Monumento a Colón. / MANU MITRU / EPC
A continuación, uno puede remontar las Ramblas para visitar el bar más pequeño de Barcelona: La Cazalla. Mito de la Barcelona canalla de los 80, pero fundado en 1829, es un templo de dos metros cuadrados. Esa barra en Arc del Teatre era la última parada para las derivas etílicas del Chino, o la primera para los obreros y estibadores que se metían el lingotazo previo al inicio de la jornada laboral. Pero también puede ese lugar solo para dos (se solía beber el aguardiente anisado que le da nombre, aunque ahora la mayoría piden mojito, el frío esperanto del cocteleo).
Quizá convenga un cambio de aires y para remontar la ciudad qué mejor que un sidecar, con sus dos plazas. Se alquilan por toda la ciudad, pero la empresa Angie & Deme Dreams los ofrece desde Dr Trueta, 14. De ahí se puede dar gas para buscar la plaza con más encanto por centímetro cuadrado de Barcelona. Al lado del mercado municipal de Sarrià, tomas el callejón Pare Miquel y entras en lo que parece un patio privado, pero es una placita pública: Sant Gaieta. Un “raconet” de pavimentación de gres cerámico, a la italiana, con decenas de tiestos de calibrachoas, geranios y begonias, con rosales y buganvillas. Quizá tengan que pelearse con algún instagramer, claro, porque en esta ciudad los rincones secretos son precisamente los más publicitados por esta fauna.
De nuevo en el sidecar, podríais ir a alguna de las coctelerías pequeñas de la ciudad, de esas en las que el camarero se convierte por fuerza en el terapeuta o en el padrino de boda. Se me ocurren muchas, pero si no apetece un trago fuerte también es una opción el quiosco bar (apenas una barra exterior y algunos taburetes) con la caña mejor tirada: el April Skies, donde compartir espuma a dos centímetros mientras suenan hits de pop británico de los ochenta y noventa, en Avinguda Mistral con Rocafort.
Se suele decir eso de hasta que la muerte nos separe, así que los más siniestros pueden asomarse al fin de su relación, y de su vida, en el escape room más pequeño del mundo. Titulado Catalepsia, vive tu propio entierro y organizado por Horror Box, solo está programado para dos jugadores. Cada uno en un ataúd. El juego empieza ya antes, eligiendo músicas, flores y maquillaje. Pero la verdadera batalla es colaborar con el acompañante, de caja a caja, para poder salir de la muerte en vida. Mejor que una terapia de pareja. Edgar Allan Poe como salvador de tu relación.
Pero como seguro que los lectores han sido buenos, irán al cielo por el módico precio de 11 euros. Es decir, también podrían acabar en los teleféricos de Montjuïc. Caben seis personas en cada cabina de las que llevan de Miramar al Castillo o a la Barceloneta, pero si se elige bien la hora se puede estar a solas. Y ver la ciudad a los pies mientras se despliegan arrumacos en las alturas. En estos momentos están cerrados, pero reabrirán en pocas semanas y en verano ofrecían hasta cenitas con el título Picnic al cel.
Aun así, recomiendo el final de la velada compartiendo una canción (recordemos: un auricular de botón en la oreja izquierda de uno; el segundo, en la derecha del otro) en el sofá o en el portal donde pudo haber empezado todo. Eso sí es un regalo de San Valentín y no una colonia o un vale por un masaje.
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