Ideas para padres
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Copito de nieve.

El asunto empieza, como casi todo en mi vida últimamente, con un mensaje en el chat de padres y madres del colegio: el tema de Carnestoltes elegido para este año es… Barcelona.
Lo releo con entonación de Samaranch (a la ville de… ¡Barcelona!) para ganar tiempo, mientras pongo en marcha un 'brainstorming' de una sola persona. Pero no estoy solo. El resto de progenitores saben que no hay tiempo que perder: la semana de Carnaval es a un padre lo que la de la castanyera es a las castañeras, la de Construmat es para algunos explotadores de ciertos clubes, la de Nochevieja es para los vendedores de uvas. Cinco días de actividad frenética, en la que la reina Carnestoltes nos da órdenes (hoy, 'pentinat boig;' mañana, personaje de ficción; pasado, todos en pijama) como un monarca absolutista tipo Luis XIV.
Así que tras una breve pausa dramática, o de reflexión, el chat empieza a borbotear como un sofrito cuando el fuego se anima. Primero, un peloteo de lamentos, ánimos y tanteos. Surgen los clásicos con los que alguien identificaría nuestra ciudad: flor de 'panot', taxi avispa, estatua de Miró. Por supuesto, no falta quien echa mano de un clásico transversal: pueden ir de jugadores del Barça (como casi cada día que hay entreno, por otro lado; una apuesta perezosa pero siempre efectiva). Todo suena exquisitamente cabal, pero sabemos que la reina Carnestoltes espera más de nosotros: un poco de magia, algo de riesgo, una miaja de 'hot take', una intuición original.
Siguen unos cuantos segundos de meditación, hasta que alguien da la respuesta más redonda, por graciosa y a la vez certera, de la historia de este chat y, probablemente, de la de todos los chats escolares del planeta. Un padre, en su casa, teclea: “Pues si esto va de Barcelona, yo a mi hijo lo voy a llevar de turista”. Unos segundos de silencio, para que todos rumiemos esta absoluta genialidad, por su golpeo cómico y por su alcance político. A continuación, emojis de caras llorando de la risa, pulgares enhiestos, manos aplaudiendo. En definitiva, ovación general, coronel y comandante. Ese padre ha dado en el clavo y la prueba es la unanimidad: si hay que explicar la Barcelona de 2026 (y desde hace años, de hecho) con un disfraz infantil, ese disfraz es el de turista.
Nómadas digitales
Yo, que debería tener las buenas ideas, porque al fin y al cabo soy escritor, estoy tan traumatizado que ni reacciono. Pero sí me entrego a una torrencial gota fría de ideas que aparecen gracias a la que acabo de leer. Sí, los niños deberían ir de turistas, pero, ¿de qué tipo de turista? ¿Es razonable disfrazarlos, por ejemplo, de turista inglés acostumbrado a beber hasta las 23.00 horas y que a la una de la madrugada mide las Ramblas caminando en eses y gritando en kazajo? ¿Puede un niño ir disfrazado de señor taja con sandalias y calcetines? ¿O sería más civilizado disfrazarlos a todos de turista japonés, camisa por dentro y gafas con cristal solar levadizo, siguiendo a una profe con un paraguas que hace las funciones de guía?
Es más, ¿por qué detenerse en el turista? Si hay un 10% de 'expats' en Barcelona, lo efectivo sería disfrazarlos de nómadas digitales, entrando en cafeterías y pidiendo enchufar su iPad de cartón. O, por qué no, de tostada de aguacate, de huevo benedict, de llaves del piso que te acaban de birlar porque han subido tu alquiler.
Mi cabeza no puede parar e imagino cómo los disfraces de los nenes podrían dramatizar todos los conflictos de la ciudad. Por ejemplo, la mitad de la clase podría ir de taxi barcelonés, con pantalones negros y camiseta amarilla, hasta con una luz verde en la diadema, y la otra, de Uber, vestida totalmente de negro y con una botellita de agua de cortesía: grandes peleas en el patio entre los dos bandos.
Siento entonces una suerte de melancolía por una serie de disfraces heroicos o nostálgicos que nadie menor de 35 entendería. Absolutos 'hits' de la ciudad si este tema se hubiera planteado hace unas décadas. Un niño disfrazado de Cobi o una Petra con trenzas, casi incomprensibles a día de hoy. Por no hablar de Copito de Nieve, a quien la ciudad olímpica arrebató su trono de mascota condal. La estatua de colón, por su relectura extractivista y colonial, también acarrearía polémica. Y quizá nadie entendiera que armara al niño con un fusil y le encasquetara una gorra para que fuera de Buenaventura Durruti. O que le pintara unas patillas y le diera una guitarra fabricada con una caja del Cal Fruitós: Peret.
Y, sin embargo, la Barcelona del 26 estaría muy bien representada de otras maneras. De carcasa de móvil (toda la escuela, una casa de las carcasas), de mesa de terraza puesta a las cinco de la tarde para la cena de los guiris, de croissant congelado de 365, de caña de birra sin espuma, de camiseta de las Ramblas tipo I love Milfs o I love Boobs (¿puede un crío llevar en su camiseta las palabras milf o tetas?). También podría ir de buitre, o de fondo buitre.
Aún ahora, mientras escribo estas líneas, le doy vueltas, como se las debes de estar dando tú, si tienes hijos. Apenas faltan unos días para la fecha. ¿Nos pondremos irónicos o nostálgicos? ¿De turista o de 'La dona i l’ocell' de Miró? ¿De Cat, la mascota del Barça, o de Copito, el icono olvidado? En la aparentemente inane decisión de cómo disfrazar a los nuevos barceloneses, estaremos confesándonos qué opinamos de la ciudad donde están creciendo ellos y envejeciendo nosotros. ¿Qué tal de Cobi, en su nuevo curro de comercial tras la fama olímpica, vendiendo Paella d’Or?
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