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Marcel Cavallé, músico y encargado de gestionar la programación del Aclam Club, entre guitarras y motos. / M.O.

Si yo fuera un dibujo animado y me diera de bruces contra una farola modernista (la cabeza coronada por gorriones que vuelan en círculos y los ojos en aspa), querría resucitar en el cielo. Y ese cielo sería exactamente igual que el Aclam Club.
Avanzaría a dos palmos del suelo por un largo pasillo decorado con motos Bultaco y Montesa, atravesaría una elegante cantina de taburetes altos y aparecería, finalmente, en un gran (e insonorizado) espacio de madera cálida y luces tenues, con 300 guitarras alucinantes expuestas en las paredes. Quizá entonces recuperaría la vida, me sentaría en uno de los sofás Chesterfield color tabaco y me lamentaría: “Qué pena que sitios así no existan en la vida y en Barcelona”.
Pero el caso es que existen. El Aclam Club es un centro de difusión cultural, un espacio museístico, una coqueta sala de actuaciones musicales. Como decía, parece el séptimo cielo al que cantaba Sisa, sobre todo si como yo, de ser un dibujo animado elegirías ser uno de 'The Impossibles', esa serie sesentera de dibujos animados de Hanna-Barbera cuyos personajes eran superhéroes y músicos en un trío de música pop.
El Aclam Club es también un punto de encuentro en el Eixample Esquerre (Consell de cent, 201) para gente que cuando escucha La Invencible no piensa en La Armada aquella, sino en la célebre guitarra del siglo XIX creada por Antonio de Torres.
Guitarras de todas las épocas
Es, también, la demostración de que para que un sitio sea especial para muchos, debe concebirse desde las pasiones más íntimas de uno. Aquí hay motos 'vintage' de escuderías barcelonesas, cámaras analógicas de los años sesenta y, muy especialmente, guitarras de todas las épocas. Y es así porque todo eso le gusta al impulsor de la sala: Jordi Canivell.
El tipo formó en su día, armado con un contrabajo, un fugaz dúo con Lluís Llach. Y más adelante un grupo con Santi Carulla, de Los Mustang. Descubrió el ritmo con The Shadows, poco antes de que los Beatles se convirtieran en el equivalente musical de ese meteorito que impactó en Yucatán borrando todo el mundo anterior (en lugar de 'boom', se escuchó el rang del inicio de 'A Hard Day’s Night'). La pasión de Canivell eran las guitarras, más que los guitarristas. Es decir, casi se fijaba más en el 'luthier' que en el músico. Ese mimo artesano, y esa curiosidad artística, lo fueron adentrando en las procelosas aguas del coleccionismo (y la creación) de instrumentos. Hasta llegar a lo que hoy tiene: un museo imponente con algunos de los mejores objetos de cada época.
Conciertos, cursos y charlas
Pero esto no es un museo de ruinas, porque la música es algo vivo, así que en Aclam se programan actuaciones musicales, cursos de composición, charlas entre especialistas. El 14 de febrero habrá arrumacos de San Valentín entre el público con los Sharp Pins, un grupazo indie filosixty en la onda de The Lemon Twigs, en el escenario. Y cuatro días después Miqui Puig hablará de la inmaculada concepción de los estribillos y de las obsesiones que se deben explorar para hacer una buena canción.
La colección es para pasarse dos horas haciendo fotos como un japonés hasta las cejas de katovit, pero el local donde se expone está a la altura, con sorpresas como esa cabina de los cincuenta, una Voice-O-Graph original, donde la gente podía grabar su voz en un 7 pulgadas (y con la que Neil Young grabó un disco a principios de siglo).

Voice-O-Graph original de los años 50. / M.O.
Y la calma uterina del espacio invita a quedarte lustros dentro, hablando de música. ¿Y sobre qué? Tengo el ejemplo a mano. La sala me la enseñó Marcel Cavallé, músico y encargado de gestionar la programación. Entró en el entorno de Canivell como asesor, un poco como cuidador del género, hasta irse implicando cada vez más en el tinglado. Cuando las giras con Els Pets, con quienes toca, se lo permiten, se dedica en cuerpo y alma a este lugar. Yo lo conocí cuando aún se subía a los escenarios con los Sidonie, así que la charla fluye fácil y se dirige rápido al mundo del coleccionismo: yo no soy coleccionista, pero me encantaría coleccionar historias de coleccionistas.
Cavallé me cuenta cuando compró una Gibson acústica de los años 20 en el aeropuerto de Bilbao a una mujer que con el dinero quería costearse una bici de montaña. O cuando fue a Brighton a buscar una joya de Antonio de Torres, pero algo falló con la transferencia instantánea: tuvo que cancelar su aparición en un bolo de Els Pets al día siguiente, para quedarse con el dueño de la guitarra paseando por el escenario tanto de la mejor novela de Graham Greene como de las peleas entre mods y rockers de hace seis décadas.

Un pasillo del Aclam Club. / M.O.
Cavallé, con el que comparto gustos y botines, habla con la paz espiritual que da haber encontrado tu sitio en el mundo, con el que seguramente soñaba cuando era un niño que se colgaba una guitarra al cuello para desafiar a su espejo. Los cómodos sofás, el brillo carmín o tv yellow de las guitarras sesenteras o el caoba achocolatado de las españolas decimonónicas, el parqué impoluto. Aparecer aquí después de estamparte con una farola daría gusto, pero aún más trabajar cada día en este sitio. Y no solo gestionando la sala, porque abundan los proyectos. Por ejemplo, Aclam ha desarrollado con éxito una línea de pedales de guitarra. Un día Cavallé recibió un correo electrónico de un tal Noel Gallagher pidiendo probar uno de ellos. Marcel debió de pensar que si entrara en el club un tipo con un capirote en el tarro diciendo que es Napoleón se lo creería más. Pero el caso es que no era una broma y el compositor de Oasis acabó usando (y pisando) uno de los modelos que se gestaron en estos sofás Chesterfield.
Con la mirada puesta en una Rickenbaker, esa guitarra que suena como un riachuelo de monedas de plata, le cuento cuando compré la mía por internet. El vendedor se llamaba Quique y su correo electrónico era 'kickenbaker'. Con cierto sentimiento de culpa le pregunté: ¿cómo vas a venderte la guitarra que te obsesiona hasta el punto de llevarla en tu mote? Tranquilo, tengo cinco o seis, me comentó. Nos reímos. Es obvio que el Aclam está hecho para gente como él, como Marcel y como yo, pero también para cualquiera con un poco de curiosidad que sepa apreciar las cosas hechas con gusto y con tacto, el placer analógico y el brillo con solera. Yo voy a volver pronto, pienso, mientras recorro de vuelta, ya a pie, el pasillo de las motos, las fotos en blanco y negro y las guitarras, tarareando una melodía del disco 'Bultacos y Montesas' y deseando que el mundo terrenal se parezca un poco, aunque sea solo un poco, más a este refugio tan bien afinado.
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