Multiverso urbano
'La Barcelona imposible': la ciudad que no pudo ser
El nuevo libro de Pol Casellas repasa esos proyectos abortados que le habrían cambiado la cara a Barcelona
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Panorámica de Barcelona. / MANU MITRU / EPC

Quizá alguien podría haber decidido en los ochenta detener las obras de la Sagrada Família a tiempo y coronar la torre más alta con el alabastro de una réplica gigante de Copito de Nieve en honor a King Kong. O que las Ramblas, en lugar de un paseo de turistas, fuera una autopista de karts. O que la Casa Batlló fuera una Casa de las Carcasas. O que sería gracioso enfundar la Torre Agbar en un plástico, a la manera del artista Christo, de manera que su forma fálica quedara profilácticamente protegida. Pero, como se dice en el arranque de la novela 'El camino': “Las cosas podían haber sucedido de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron así”.
Ninguno de los ejemplos dados es real, pero no son menos verosímiles que muchas de las soluciones que ofrece la ciudad. De lo que pudo haber sido y no fue habla un curiosísimo ensayo que se acaba de publicar: 'La Barcelona impossible. La ciutat que mai va ser', de Pol Casellas, editado por Rosa del Vents. Con una lista de ejemplos menos loca que la que yo me he inventado, pero más fascinante.

'La Barcelona impossible', de Pol Casellas. / M.O.
Quizá alguna vez, muy especialmente los domingos por la tarde, eches la vista atrás y pienses qué habría sido de ti si no hubieras tomado esa decisión. Si te hubieras quedado en casa aquella noche de lluvia, no habrías conocido a esa persona y no tendrías un hijo (y una hipoteca, y un pez llamado Roberto) como el que tienes. Si no hubieras visto una serie en la televisión sobre periodistas, quizá ahora fueras piloto de aeroplanos y tendrías más dinero en la cuenta corriente. Lo mismo sucede con las ciudades: monumentos e intervenciones urbanísticas que pudieron cambiar el rumbo de la ciudad, pero que finalmente no se llevaron a cabo.
Escenarios ucrónicos
Articulado en tres grandes bloques (arquitectura y urbanismo, proyectos artísticos e infraestructuras), el libro repasa esos proyectos abortados que le habrían cambiado la cara a Barcelona. Y es extrañamente divertido y curioso asomarse a esos escenarios ucrónicos donde tu ciudad es y no es la misma.
La primera parada es, obviamente, lo primero que se percibe cuando sobrevuelas Barcelona en avión. La organización del Eixample, por ejemplo, acabó siendo una imposición (para muchos, afortunada) del Gobierno central de Madrid. Sin ese mangoneo, no existirían los chaflanes (ni yo me habría perdido tantas veces en un plano tan ordenado). El Ayuntamiento llegó a convocar un concurso, que podría haber supuesto que Barcelona se pareciera más a Viena, con sus anillos de circunvalación.
Domènech i Montaner, por ejemplo, imaginó para el centro un conjunto arquitectónico imponente, lleno de edificios tan solemnes como el Palau de la Música o el Hospital de Sant Pau.
La Plaça Catalunya es uno de esos espacios que provoca la misma sensación que un conjunto arquitectónico de arena de playa levantado por niños que han ido a bañarse dejando la faena a medias. Para empezar, Cerdà creía que el centro de la ciudad sería Glòries. Y Catalunya fue lugar de ocio, con barracas y 'envelats', y luego nudo neurálgico de bancos. Pero hubo proyectos para darle brillo, como ese que proyectó cuatro galerías porticadas rematadas por templetes con cúpulas, a imagen de plazas monumentales como la del Vaticano, diseñada por Bernini. Al final, ni para ti ni para mí, y quedaron restos de otros proyectos en forma de estatuas y fuentes desorientadas. Todo despejado y grandes centros comerciales.
Ya a principios del siglo XX se hablaba de lo que finalmente se hizo en la época preolímpica: abrir la ciudad al mar. También se proyectó un parque de atracciones con nombre inglés en Vallvidriera, con su pantano y su tren eléctrico. ¿Recuerdas cómo era Can Tunis hace apenas unos años, una arteria de la heroína? Pues ahí pudo haberse levantado un balneario de lujo, el mejor de Europa, en plena explosión de las casas de baño de finales del XIX. Y la zona del puerto logístico en el Morrot, podría haber sido un barrio a todo tren, y Barcelona durante mucho tiempo dudó con la ubicación del zoo y podría haber abierto uno marino, que se empezó a tramar cuando la orca Ulises, siempre deprimida con la aleta ladeada, tuvo que emigrar porque le faltaba espacio en la piscina de la Ciutadella.
Hay innumerables ejemplos. Y muchas veces, el uso más cultural se decanta a lo comercial. ¿Sabías, por ejemplo, que la plaza de las Arenas, hoy un (horroroso) centro comercial, pudo haber sido la nueva sede del Teatre Lliure?
El multiverso de Barcelona
Christo pudo haber forrado a Colón (muchos años después, Nike le pondría la camiseta del Barça) y Tàpies pudo haber colocado un calcetín de 18 metros de altura para ocupar el vacío de la Sala Oval del Mnac (al final, quedó vacía; ahora se celebran bodas de millionarios de vez en cuando). Un cabezón de bebé gigantesco podría mirarnos desde el mar y un montón de arandelas podrían haber decorado la fachada del Liceu, si no fuera porque la reacción ciudadana fue rebautizar la intervención hablando de cara llena de piercings o de rocódromo. Este es uno de los patrones: algunos proyectos los detuvieron las guerras, la financiación o los cambios de poder político, pero muchos otros se estamparon contra la guasa popular.
Leer 'La Barcelona impossible' es pasear por el multiverso de las ciudades, y las vidas, que podrían haber sido. Pero también es una invitación a pensar que en realidad cualquier ciudad es una suma de decisiones y azares. Como escribió Pere Quart en su 'Oda a Barcelona', minutos antes de la Guerra Civil: “Malfia’t de la història. Somnia i refes-la”.
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