Ejercicio de riesgo
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Un tobogán de 10 metros cruza el Desigual de plaza de Catalunya, 9.

Me he lanzado por un tobogán de diez metros de largo y cinco de altura, he bajado por una rampa en espiral muy parecida al delirio fantacientífico de 'The Time Tunnel', he sido como un Batman culer, con la ciudad a mis pies y la Pedrera en mi nariz, he corrido los cien metros contra velocistas que apretaban los dientes y desplegaban los codos.
Por la descripción de arriba, probablemente penséis que os hablo de una escapada de deportes de riesgo y aventura. O de un viaje en el tiempo. O de una carrera de 100 metros lisos. Pero al hilo de esto último os he de decir que el trote a cámara lenta con música celestial de la película 'Carros de fuego', o aquella final olímpica de Seoul 88 con seis de los ochos corredores puestos de dopping, queda en NADA comparado a cuando, en mi infancia, iba de rebajas con mi tía: a primera hora, en la apertura de puertas, estampida de señoras rapidísimas, que galopaban con la crin de sus abrigos de chinchilla al aire en una carrera endiablada por la bolsa o la vida.
Eso marca, sin duda, y quizá de ahí que vea ir a las rebajas casi como un ejercicio tanto de riesgo físico como de placer antropológico. Porque de hecho, en Barcelona, como ya nos contó Ana Sánchez en su día, ir de compras puede deparar muchas sorpresas. Descartemos el 'paintball', el parapente o el 'escape room': he aquí un buen plan para este fin de semana.

Artículos rebajados. / M.O.
Me parece curioso, por ejemplo, ese túnel que atrae a tantos influencers a la tienda de Zara de paseo de Gràcia: esa espiral inmaculadamente blanca y retrofuturista. Parece efectivamente un túnel del tiempo, porque al salir de él, como decía, las rebajas prometen precios de hace una década. O el tobogán plateado de Desigual de plaza Catalunya (algún día escribiré sobre ese fenómeno: ya hay casi más en las tiendas que en los chiquiparks; ¿para cuándo se popularizarán las tirolinas en Mercadona o en El Corte Inglés?). O la terraza modernista de Dutti.
Igual que salir de fiesta
Además de viajes en el tiempo, safaris y deportes de aventura, pienso que uno puede tomarse salir de rebajas como salir de fiesta. Durante la época de saldos cualquier comercio se parece un poco a una discoteca. La gente va un poco a ver qué cae, se promete a sí mismo un subidón de autoestima, se emborracha del propio ajetreo humano, puede encontrar algo que no buscaba e irse con algo o alguien que quizá en otra situación no contemplaría. Algunos, además, bailan al ritmo frenético de la música endiabladamente alta en el probador, tal y como lo harían en el centro de la pista. A medida que avanzan las horas de la noche, o las semanas de las rebajas, todo parece más confuso pero también más fácil: al final uno se abisma en las posibilidades de los últimos prendas y de las últimas tallas. Pero todo el mundo cree que se ha llevado una ganga. Otra cosa es luego, cuando la desenvuelva en casa.
Me encanta también pasearme por delante de las grandes cadenas comerciales en época de rebajas. Veo a velocistas hijas del viento, tan parecidas a Carl Lewis como a mi tía; veo miradas huecas de quien busca algo a la desesperada, como se buscan las cosas importantes de la existencia; veo a gente despeinada, o con gorro de lana, cargando un montón de bolsas con gesto de agobio, con la pinta que ofrecería un caco de tebeo que acaba de asaltar una sucursal bancaria; veo, siempre, instalaciones surreales que se podrían exponer tal cual en un museo de arte contemporáneo: ayer, sin ir más lejos, una señora con un florero, un triciclo, una bolsa de Burberry y una tabla de planchar en un banco modernista del paseo de Gràcia. Tenía gesto de pensar: ¿cómo he llegado hasta aquí? Tenía mirada de: ¿Así que era esto la vida? Tenía cara de estar recitando mentalmente el poema de Ferlosio: “Vendrán más años malos / y nos harán más ciegos; vendrán más años ciegos / y nos harán más malos. / Vendrán más años tristes /y nos harán más fríos / y nos harán más secos / y nos harán más torvos”.
Las rebajas arrancan con las tiendas atestadas de gente con un relámpago de ilusión en los ojos y acaban, semanas después, con muchos menos toqueteando lo que queda, como los animalillos que se disputan los restos de un pícnic en el claro del bosque. Las rebajas, en fin, con sus riesgos y sus aventuras y su conformismo, se parecen muchísimo a la vida.
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