Bodega (musical) de barrio
La taberna del hip hop y los canelones de Barcelona
No es exactamente una bodega de barrio, aunque lo es. No es exactamente un bar musical, aunque lo será. Es exactamente un punto de encuentro en el Eixample
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La taberna El Roca (Provença, 63). / Instagram

Es como uno de esos villanos de dibujos animados que aparecen siempre en escorzo acariciando un gatito. Solo que todo al revés, porque en realidad es uno de esos tipos heroicos para la cultura barcelonesa, mira de frente y, además, lo que miman sus dedos es el pelambre de una perrita.
La perrita se llama Nina, por cierto. Y a él quizá lo conozcas, sobre todo si te gustan el hip hop o la poesía, el placer analógico de mirar las tapas y desenfundar un disco o el metafísico del primer mordisco de una tapa catalana. Es Salva Torras, conocido en la ciudad por impulsar proyectos pioneros y longevos como el Hipnotik.
Ya ese festival no era exactamente un festival, sino un punto de encuentro para toda la subcultura del hip hop. Del mismo modo, a partir de entonces se ha liado en proyectos (también está detrás del Poetry Slam del CCCB) que no son exactamente una cosa, sino más de una, o sobre todo una: un punto de encuentro.
Por ejemplo, estamos en una magnífica terraza de la esquina de Provença con Calàbria. Lo contaremos más adelante, pero en la taberna El Roca (Provença, 63) puede tener sentido mezclar un canelón con un temazo de rap: al fin y al cabo, ambas cosas se hacen con samples y descartes de carne y música picada (y se disfrutan cuando se ponen en los platos, de la mesa o del tocadiscos). Aquí, Nina, Salva y también Assun, la verdadera responsable de que esto exista. Assun es la madre de Salva y fue la que le dio el chivatazo cuando los antiguos propietarios de este bar cerraron. Aquí venía a tomar el vermut todo el barrio, incluida ella, y uno de los platos recurrentes eran los calamares. El Roca alimentó el espíritu y refrescó el gaznate de los muchísimos trabajadores de la antigua sede de Telefónica, esa mítica mole de hormigón by Francesc Mitjans que dio vida a la zona entre finales de los setenta y el 2011. A sus 50.000 metros cuadrados de oficinas ahora se mudaron 2.000 trabajadores de AstraZeneca. A algunos seguramente les gustaría el vermut, o los calamares.
Quizá eso animó también a Salva, pero como no iba a resucitar exactamente un bar, le añadió su principal pasión. Porque este tipo nada villanesco, además del festival, es desde 2018 uno de los socios del Curtis, uno de esos locales donde la música suena tan bien que ni siquiera tienes que levantar el tono de voz para hablar, pero donde las canciones son tan buenas (estoy preparado: póngame otra de Curtis Mayfield) que a veces prefieres callarte y escuchar. Fue uno de los pioneros condales de los hi-fi bars, en definitiva, aunque su proyecto más especial, en mi opinión, es otro: Salvadiscos.
El Salvadiscos, que gestiona con sus socios, no es exactamente un club ni exactamente un bar ni exactamente una tienda de discos. La idea surgió vendiendo por correo y en mercadillos, trajinando vinilos en cajas de melocotones después de intervenirlos quirúrgicamente y asearlos para que volvieran a girar. Para salvarlos, en definitiva. Pero al final el almacén en la Plaça Santa Madrona, en Poble Sec, donde tenía un piso una abuela (como véis, todo en familia) de Salva, se convirtió en un nudo donde la gente aprendía a pinchar, se pinzaba un par de álbumes o charlaba de música. Eso, sobre todo después de la pandemia, se convirtió en una especie de club del disco, donde, previa inscripción, la gente va a tomar algo, a charlar, a fisgar un poco en los plásticos negros.
Ese espíritu late también en El Roca. Sí, lo han remodelado con exquisito gusto, zinc y madera, pero el arcoíris de botellas de licor tras la barra está salteado por portadas de discos de Tyler, The Creator o de Frank Ocean. Es decir, aquí hay café mañanero y menú de mediodía, hay yayo con el 'Sport' y millenial de birra preconcierto, hay berenjenas con miel y canelones y (en honor a los viejos tiempos) calamares, pero también hay la intención de que pinchen compinches de Torras cuando se pueda. No es exactamente una bodega de barrio, aunque lo es. No es exactamente un bar musical, aunque en la medida de lo posible lo será. Es exactamente un punto de encuentro, como siempre lo fueron estos sitios y como desearíamos que lo siguieran siendo.
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