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Torbellino multicolor en Montjuïc

Yo sobreviví con gafas de Minion a un tornado de confeti en Barcelona

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Miqui Otero, en pleno tornado de confeti del Festival de la Infància.

Miqui Otero, en pleno tornado de confeti del Festival de la Infància. / M.O.

Miqui Otero

Miqui Otero

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Cuando pasen los años y eche la vista atrás, veré esa foto y pensaré: ¿qué hacía yo disfrazado de Minion en labores humanitarias durante el célebre desastre del huracán de confeti multicolor que asoló Barcelona en las Navidades de 2025 y para el que se levantaron búnkeres de plástico transparente con forma de iglú? Y lo peor es que, comparado con el confinamiento de 2020 o con el Gran Apagón de hace unos pocos meses, sonará creíble.

No es fácil triunfar en el Festival de la Infància, una cita navideña en la feria de Montjuïc con más de seis décadas de historia. Desde hace unos años, todo padre sabe cómo sobrevivir en esa jungla lúdica y de marcas. Algunos ya somos como G.I.Joes implacables que huelen la estrategia para poder colocar a los retoños en las actividades con colas de una hora, como cosacos que saben incluso cómo conseguir alimento gratuito. Podría estallar una pandemia y sobreviviríamos aquí durante meses, a base de lonchas de jamón dulce de regalo, packs tipo BonÀrea y porciones de pizza gratuitas.

Desde hace tiempo, triunfa el futbolín humano, los circuitos de la dirección general de tráfico o del circuit de Catalunya, la pista americana de hinchables tradicionalmente del ejército. Tiene gran tirón, también, la cocina, una suerte de 'Masterchef' infantil donde los niños y niñas se encasquetan un gorro de cocinero para pergeñar alguna receta 'divertida' (es importante la cursiva, si lo que pretendes es comértela), de unos huevos rellenos a un puré de patata con forma de animal. Uno aprende que entre una espera y otra manda a sus hijos a relacionarse a buenas con la Guàrdia Urbana, donde, aunque algunos lo merezcan, no los detienen, sino que se suben en la moto y pintan gorras de cartón (me costó un mundo permitirles ir hace un par de años, cuando acababa de ver la serie sobre Rosa Peral). Y que para compensar los retiene un rato pintando pizzas Tarradellas con témperas en un lienzo con caballete (y mientras ellos crean su obra maestra, lo suyo es hacer cola para recibir una porción gratis) o decorando adornos de árbol navideño en el stand (calvinista pero muy efectivo, exitoso en su vocación de austeridad) de EL PERIÓDICO.

Sin embargo, todo ha cambiado esta vez. Era complicado romper este recorrido que algunos nos sabemos de memoria. Pero este año, como si fuéramos primates en la película 2001, o asustados terrícolas en 'El Eternauta', nada más entrar hemos visto el gran iglú. Sí, una suerte de media esfera iluminada que incluso sin publicidad llamaba la atención. Ha sido la apuesta de Unicef, que ha barrido con todo. Después de una cola generosa, entramos adultos y nenes. Recibimos un conveniente discurso (vídeo incluido) sobre los derechos fundamentales de los niños: derecho a la tirita, a la cabaña, al abrazo. Mira tú por dónde que los críos lo entienden mejor que toda la bancada reaccionaria del Congreso, aunque algunos, preguntados por la monitora, añaden algunos derechos fundamentales más de su propia cosecha: derecho a la pizza, derecho al Kinder diario, derecho a ser Spiderman. Cuando se trata de activismo, lo importante es ser ambicioso.

Luego se nos brindan unas gafas que en otro tiempo serían de aviador, pero que ahora son de Minion: de lente redonda, con goma y montura amarilla y negra. Y se nos invita a pasar al iglú, algo así como un cruce entre un escenario de Barbarella y de una distopía de contagios. Se nos ha dicho que dentro tendremos que buscar unos papelitos donde hay más derechos fundamentales. Yo la verdad, sin ánimo de frivolizar, querría encontrar uno donde pusiera: más tiempo para mí en Navidad, cuando los críos no tienen colegio. Pero mientras barrunto esto, se activa el tornado. Unos cañones de aire elevan un torbellino de confeti que ríete del arranque de 'Últimas tardes con Teresa'. Una espiral multicolor muy alucinante. La verdad es que a mí no me gustan Coldplay, pero supongo que es lo más cerca que estaré de sus conciertos.

Como en medio de una nevada de arcoíris, entre un montón de críos apañando derechos (a la Wii, a dormirse a las tres de la madrugada, a macarrones para desayunar y a cantimplora rellena de Nutella), intento fijar el momento. Un selfie. Con el abrigo, las gafas y esta borrasca tuttifrutti, me siento como en el Polo Norte, si el Polo Norte fuera destino oficial para las Campanadas de Nochevieja. Cuando se detienen la música y los cañones, los críos, sindicados en su mirada insaciable, tienen aún más derechos en las manos.

Al cabo de un rato, estoy en la barra de una bodega. El camarero me mira raro, como miran a Marty McFly cuando aparece en los años cincuenta de 'Regreso al futuro'. No acaba de entender lo que ve. ¿Tengo caspa de colores? ¿Trabajo como payaso infantil a tiempo parcial? No preguntes. Solo sé que en el futuro pensarán: en el 2025 la gente se volvió medio facha, pero, ojo, no todo estaba tan mal: tenían cañones de confeti. Dejemos que yo mismo me pregunte cómo llegué hasta ahí cuando vea la fotografía dentro de unos años. De momento, quizá la use como retrato de promoción para mi siguiente novela. Al fin y al cabo, más que la típica con el puño en el mentón y el gesto de Dostoievski, transmite una fuerte vibración de novelista serio.

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