Mensajes de luz
Los Bares Bizum conquistan Barcelona
Operación Guardiola Navidad
25 'caganers' en un colegio público de Barcelona

Un usario accede a Bizum. / L.O.

Pensaba que yo lo había presenciado todo en los bares de Barcelona. Porque he visto cosas que no creeríais: terrazas donde un cartelito advertía que el tiempo para consumir un café era de diez minutos, quince para una cerveza o veinte para una copa; sitios donde te exigían pedir un número determinado de tapas según cuánta gente quisiera sentarse a la mesa; mesas con el servicio de cenas montado a las seis de la tarde donde estaba prohibido sentarse a tomar algo; dobles turnos de cena más breves y estrictos que los de una cantina del Ejército; locales Herodes donde expulsaban carritos de bebé por ocupar espacio y patatas bravas cobradas a precio de uranio enriquecido que quizá fueron eso, bravas, en alguna guerra napoleónica de hace un par de siglos, cuando fueron cocinadas.
Pero han llegado los Bares Bizum, así bautizados en honor a la aplicación de telefonía móvil que permite enviar dinero, sin tocar moneda ni hacer una transferencia bancaria tradicional, a otra persona de la que solo sabes su número. Los sabios de Barcelona han comparado la irrupción de estos locales con la llegada del primer Pokins, del primer Scape Room o del primer Pizza Hut, incluso del primer sex-shop. El futuro ya está aquí.
Es curioso que los Bares Bizum, que cuentan de momento con un establecimiento en Les Corts y otro en Sant Antoni, pero con planes de apertura en Gràcia, Sants y Sant Andreu, hayan nacido en nuestra ciudad. Y es curioso, incluso paradójico, porque en ningún sitio esta 'app' ha sido tan determinante en los usos y costumbres de los ciudadanos en el bar. Antes de la existencia del Bizum, una reunión para tomar unas cervezas se convertía en el momento de apoquinar en un cruce entre 12 hombres sin piedad y Diez negritos. Escenas de misterio y tensión a lo Agatha Christie no sobre “quién lo hizo”, sino sobre “quién lo hará”: es decir, quién pagará. Poco antes de aflojar la panoja, había el típico que solía levantarse para anunciar que tenía que ir al baño un momento y que, casualidad, se cruzaba en el camino con el camarero que volvía con la cuenta. También ese otro que insistía en que no tenía suelto y que había olvidado la tarjeta en casa, palpándose los bolsillos muy melodramáticamente. Se formaban líos fenomenales financiando una por una, a título individual, cada una de las 25 Pepsi-colas de esa reunión de trabajadores de empresa o de compañeros del colegio. Pero todo el mundo lleva teléfono móvil y, desde entonces, cada cual tiene que pagar lo suyo sin rechistar, sea al camarero o sea al compañero (siempre hay emprendedores valientes) que asume el total de la cuenta esperando que sus amigos le devuelvan su parte.
"La vida es chula: te hago un Bizum"
“La idea”, dice el impulsor de los Bares Bizum, un emprendedor asturiano que prefiere mantener el anonimato, “es cambiar aquel típico “Aquí no se fía” de los bares de nuestros abuelos, por un gracioso y animado: “La vida es chula: te hago un bizum”.
El funcionamiento es simple: todo el que se siente en estos bares tiene el número teléfono del establecimiento, desde donde se envían, en tiempo real, ofertas de bravas y rabas y dos por uno en quintos. En el momento de pagar, cada uno manda el dinero sin rechistar y sin disputas. Es una maniobra limpia, casi tanto como cuando en el Norte ibérico la gente invita a rondas, pero sin tener que cargar con esos compañeros de barra y vida que consumen más que tú.
La genialidad de la idea, sin embargo, no reside ahí, sino en el giro romántico que se le ha dado. “El dinero es como un flechazo: silencioso. Desde el principio defendimos el bar como un lugar de encuentro, donde se afianzaba la amistad antigua, pero se prometía el romance nuevo”, comenta el ideólogo. Y prosigue: “Nosotros somos una empresa de Gijón y nos chocó al llegar a Barcelona ver lo poco que se juntan y dialogan las diferentes mesas y clientes de un bar. Apenas hay cruce y por tanto no hay accidente ni sorpresa. Un bar es un lugar para conocerse, también en la acepción bíblica y sexual”. Juntos y revueltos, podría ser otro lema.
Un camarero llamado Cupido (lo conoceréis por la chapita del corazón en la pechera de su chaquetilla blanca y por su bolígrafo en forma de flecha) es el encargado de trenzar los destinos de los clientes. Si entras en un Bar Bizum le confías, en el momento de tomar nota de las consumiciones, tu número de teléfono. A partir de ahí, ¡a jugar! Porque Cupido puede darle tu teléfono a cualquier otra persona del bar. Pero está prohibido saltarle al wasap o llamar. Con esa información, solo tienes derecho de hacerle bizums a aquel bebedor solitario de la barra o a aquel grupo de amigas de la mesa del chocolate con churros. Es decir, él verá en su teléfono que un nombre, con dos iniciales, le ha mandado una ronda gratis. Depende de ti la poesía que quieras meterle al concepto de la transferencia, que le aparecerá con el ingreso: “Una ronda para que no pase sed el leñador de la barba” o “quién fuera el gollete de esta botella dorada para besar tus labios, rubia”. Y ahí, con suerte, nacerá el amor o, al menos, la fraternidad.
“Pensamos en abrir poco antes de las fiestas navideñas porque creemos que esta idea se basa en la generosidad y en la comunión. Y en los milagros. Es algo así como un amigo invisible mezclado con Tinder. A la gente le da vergüenza decirle a un desconocido que le invita a algo; sin embargo, les resulta facilísimo y poco violento mandar un bizum para invitar silenciosamente a alguien a la siguiente consumición”.
Ya no hay enredos a la hora de pagar, sino enredos de los buenos al salir del bar. Obviamente, también hay confusiones. ¿Quién no ha mandado un Bizum beodo con el concepto “Tdes cerbesas y un biniki noxe” a un Álvaro o una Laia de la agenda que no era el Álvaro o la Laia con el que estuvo hace un rato? “Eso es lo más gracioso: a medida que avanza la tarde y la noche la gente se lía con los bizums. Algunos mensajes son graciosísimos, llenos de erratas. La gente los lee en voz alta y todo el bar se ríe. Podríamos decir que los Bares Bizum también son como locales de lectura de poesía vanguardista”.
Siempre hay una nota negativa. Y hay suspicaces que han acusado a los Bares Bizum de modernizar la treta de esos locales que solo aceptan efectivo para no pagar impuestos. Es decir, de instaurar este sistema para poder cobrar en negro, ya que no es lo mismo el rastro de la Visa que el envío instantáneo por Bizum. El Cupido del local en Les Corts lo tiene claro: “Siempre hay un grinch que odia la navidad y siempre hay un Scrooge que piensa que todo en esta vida se hace por dinero. Mis flechas solo reparten amor”. En unos nueve meses, seguro que conocemos al primer Bebé Bizum engendrado en esta cadena de locales. Y todo habrá empezado con un: "La vida es chula, te hago un Bizum".
(Podría ser verdad, sí, pero el artículo se publicó el 28 de diciembre. Es una inocentada, quizá la actualidad del mañana, como las noticias de El Mundo Today).
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