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Caganers. / FERRAN NADEU / EPC

Que el caganer es la figura más especial del pesebre, la tocada por la barretina y el talento, la que porta el sello del carácter y la bendición de la gracia, es un hecho incontrovertible. Esto es así. Y que mi hijo haya interpretado, junto a toda su clase, a este personaje en la función escolar navideña no me nubla el juicio ni influye en esa certeza: qué va.
Hace un tiempo, Chris Ware publicó una portada para el semanario 'The New Yorker', que justo cumple cien años, donde abordaba el asunto de las obras teatrales de los colegios. La ilustración planteaba un mar de teléfonos en primer plano: cada padre se limitaba a grabar a su hijo en primer plano, con el zoom, dejando el resto de la obra fuera de foco. En teoría, el artista quería hablar del narcisismo de nuestra educación, del solipsismo de nuestra época, pero, francamente, Chris: ¿a quién quieres que enfoque un padre o una madre? ¿Al ujier? ¿Al Tió? ¿Pretendes que reparta planos entre todos los actores como si fuera Scorsese filmando Woodstock? Todo esto cabe recordarlo estos días, cuando los mejores teatros de la ciudad son los gimnasios, con sus espalderas y colchonetas, de las escuelas.

'Portada de 'The New Yorker'. / The New Yorker
Por eso no me duele decir que el caganer es un gran personaje. Más incluso que el bebé agasajado del portal o que estrellas secundarias como los reyes. En la función de nuestro colegio, se defendió la importancia de esta figura con un 'hit' de dimensiones bíblicas: 'El Caganer', del disco 'Do-re-mi-fa-fred'. Un temazo de aire musical rap, pero de vocación genuinamente punk, en la que se plantea la biografía gástrica (“Encara recordo, la nit de Nadal / que vaig sopar mongetes, i em van fer molt de mal”) y el espíritu rebelde del personaje (“Jo sóc el caganer, com jo no hi ha ningú / A cada pessebre, tot tan bonic i jo ensenyo el cul!”). Maravilla: 25 caganers, sin gastroenteritis y con ímpetu, coreando esto.
Sin embargo, si este texto fuera una crítica teatral rigurosa y no el desfogue de un padre baboso, tendría que elogiar también la obra y aplaudir a las talentosas profesoras de primaria que la han escrito. 'El pessebre màgic', porque así la bautizaron, es un gran ejemplo de cómo defender la virtud desde un montaje divertido y nada panfletario, del que deberían tomar nota muchos novelistas del realismo social más acartonado.
Primero, la sinopsis. Tres niñas del futuro descubren una caja polvorienta con figuritas navideñas. Una cuarta niña, a la que no aceptan demasiado, llega al desván con un peluche de unicornio, pero es rechazada. En una maniobra al estilo de 'La historia interminable', cruzamos el puente entre realidad y ficción procedemos a infiltrarnos dentro del relato de las figuritas. Primero encuentran al caganer (no me volveré a extender en su importancia histórica, en su valor contracultural, en su brillo moral, en lo bien que lo hace un actor -mera coincidencia- con mi apellido). Luego aparecen las ovejitas y, con ellas, un pescador, varios pastores, los cocineros, dos ángeles resabiados y un par de demonios.
También entra en escena, en ese momento, una criatura que los personajes normativos del pesebre no saben interpretar y, por tanto, no entienden, y, en consecuencia, no aceptan. Es un unicornio: tiene la facultad de encenderse gracias a unas guirnalditas luminosas, pero vive su don como una malformación y encaja como puede las burlas y los desaires de quienes no toleran su brilli-brilli.
La diferencia como algo valioso
La trama alterna las niñas reales, las escenas con las figuritas del pesebre y los números musicales que ilustran la necesidad de abrazar la disidencia y de entender la diferencia como algo valioso. Es más, en un giro de genialidad, son los dos demonios (a diferencia de unos ángeles demasiado fariseos, empeñados en defender la tradición más convencional) los que lideran una especie de revolución para que el unicornio sea aceptado como lo que es: un flipe magnífico (y con lucecitas propias). Ya lo dice el Evangelio de San Mateo, que me ha dado por leer estos días: “La gente fuerte no necesita médico alguno, pero sí quienes se encuentran mal. Aligerad y aprended qué es eso de: Quiero compasión y no sacrificios”. Y ya lo digo yo: los unicornios (cualquier tipo de unicornio: en los colegios, por suerte, hay muchos) son “la luz del mundo” y los caganers (en concreto los de esta función), “la sal de la tierra”.
Hay, en esta obra, el espíritu de la canción de la Rana Gustavo 'No es fácil ser verde' (en mi opinión, una de las mejores canciones protesta de la historia, por encima de Dylan y de Joan Baez) y el riesgo formal, entre la realidad y la ficción, de Pirandello. De hecho, algo especial en estos montajes es que los críos y crías rompen continuamente la cuarta pared, saludando a sus padres.
Ni el Nacional ni el Lliure: no hay mejor teatro que un colegio para estas fechas. Esas obras en las que el error se aplaude y se celebra el azúcar y el público ovaciona (y al cronista se le humedecen los lagrimales). Más aún si están tan bien escritas (¡e interpretadas!) como esta. No hay ironía en este texto, porque los unicornios y demás personajes diferentes deben tener aquí su casa, pero el cinismo es lo único que no puede entrar jamás, nunca pero nunca nunca, en un colegio.
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