Mensajes de luz
El secreto de la Navidad está en la calle Aragó de Barcelona
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Luces en la calle Aragó / Jordi Otix / EPC

Al fin he encontrado el secreto de la Navidad. Está en la calle Aragó de Barcelona. En concreto, entre Passeig de Sant Joan y Muntaner.
En ese tramo, el Estudio SMLXL, en colaboración con Ma-Ma, ha firmado una apuesta a priori impecable. Desmarcándose del aire clásico de las luces de paseo de Gràcia, o de las innovadoras del paseo de Sant Joan, ha colocado unas frases en catalán de temática navideña. Se agradece, sin duda, ese curso acelerado de cultura catalana en una ciudad atestada de turistas y con un 10% de 'expats', pero sobre el terreno esos adornos nos acercan al corazón de las tinieblas.

"Quants serem?", interrogan las luces. / Jordi Otix / EPC
Se supone que esas citas conforman una crónica de la navidad catalana. Arrancan con el sugerente “Vindràs per Nadal?” que resuena en la ciudad, y en los anuncios de telefonía, en las semanas previas a los fastos. Luego llega el análisis de los pesebres, que en Catalunya tienen como protagonista no al niño Jesús sino al pastor con barretina que se alivia apresuradamente detrás de algún arbusto. “Busca el caganer!”, dice, como reflejo de ese Dónde está Wally escatológico tan nuestro.

"Busca el caganer!" en formato luminoso. / Jordi Otix / EPC
Obviamos a Papá Noel, ese invento de la Coca-Cola, y pasamos directamente a la comida de Navidad, donde se entona, en el inicio, el “Més escudella!”, y al final, con retintín, “I ara, torrons”, con ese 'coming soon' de final de capítulo que prefigura Sant Esteve y que suena a amenaza: “I demà, canelons”.
Saltamos a la despedida del año, empalabrada por un “Qui porta el cava?”, pregunta retórica acaso dedicada a esos que se presentan en casa ajena sin botella de vino ni cotillón y que como mucho traen unas servilletas del bazar oriental. Y, luego, ese epílogo que es la Noche de Reyes, donde las luces se dirigen a nuestros pequeños: “A dormir d’hora!”.
Lo primero destacable es el tamaño y la disposición de esos adornos. Hasta ahora, las luces navideñas estaban pensadas para el peatón, pero en esta ocasión se concibieron para el tráfico motorizado, como las vallas en las grandes vías a la salida de un aeropuerto o como los anuncios de McAuto en una autopista estadounidense. He ahí la primera metáfora: este es un mundo hiperacelerado, donde no nos paramos a oler las rosas ni disfrutamos de la lentitud del paseo atento a los detalles. No son luces pensadas para caminantes ni para jinetes de burritos sabaneros. Pero hay más. Al mismo tiempo, uno solo las puede leer en el sentido del tráfico, de Besós a Llobregat. Es decir, quien vaya en sentido contrario a la Navidad, el Grinch de la circulación de los coches, no entenderá las frases, escritas de repente en algo parecido al kazajo. Déjate llevar por la euforia de los villancicos y por el túnel de lavado cerebral, parecen decirnos esas amables expresiones, o lo pagarás caro. Arrea, Toyota sabanero, tuqui-tuqui-tuqui-tuqui, y ni se te ocurra mirar atrás.
Vértigo existencial
Antes de entrar en el túnel navideño, la superposición de frases provoca que todo sea un lío de luces ilegible, lo que produce una ansiedad similar a la que sentimos cuando se acercan esas fechas y no tenemos ni las cartas de los Reyes ni el Almax 500 mg. La cosa empieza bien, sin embargo, cuando descubrimos las primeras citas. Pero recorridas a 30 kilómetros por hora producen la sensación de vértigo existencial y empacho gástrico tan típico de estas fechas. A pie, para entendernos, hay unos segundos de digestión entre la escudella, los turrones y los canelones. Pero en coche las comidas casi se solapan, una síntesis poética muy elocuente de lo que sentimos en estas fiestas, que nos empujan a comer empachados, a comprar sin blanca y a beber sin sed.

Empacho de escudella. / Jordi Otix / EPC
Son unas ocho frases, pero más de veinte carteles. Así que se repiten unas tres veces durante el trayecto, generando ese aire de pesadilla navideña en la que se regurgita la ansiedad. A buena velocidad, las frases insisten idénticas creando una cacofonía de órdenes que nos asaltan (el cava, los turrones, los canelones, los regalos, los turrones, la escudella, el cava, los regalos, a dormir, los canelones, ¡que busques el caganer, hostia!). Sucede como en Los Picapiedra: el troncomóvil avanza, pero el paisaje de fondo siempre es el mismo (un cuervo, una nube, un triángulo como montaña). O como en una de mis pesadillas recurrentes: quiero alcanzar un sitio, pero los carteles de la autopista me dicen que cada vez es más lejos: 5 kilómetros, 20, 35, 176, 1.005.
Es aquí, en esta sensación de bucle onírico, con sus colores cambiantes y sus parpadeos insistentes, donde estas luces pasan de curso cultural catalán (y repaso a unas fechas entrañables) a poesía vanguardista (terrorífica) que desvela el gran secreto de estas fiestas: come, bebe y compra; acelera o revienta; sal de este túnel y respira. Y feliz Navidad.
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