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La ópera del anorak

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'La petita flauta màgica'.

'La petita flauta màgica'. / EPC

Miqui Otero

Miqui Otero

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'La flauta mágica' es mágica porque, desde 1791, enamora al soltero y alegra al triste, porque protege de las fieras y conduce a la luz. Pero desde hace 25 años exactos, 'La petita flauta mágica', su versión infantil barcelonesa, no solo hace todo eso, sino que transforma al mismísimo Liceu.

Una vez al año, la ópera del anorak y el foyer del Cacaolat. Durante unas horas, no hay abrigos de pieles sino el frufrú sintético de los abrigos de los niños que, por otro lado, podrían ser personajes fantasiosos imaginados por Mozart, con sus puños de colores (los jerseys estirados o los guantes de lana). Toda la solemnidad del lugar al servicio de seres de menos de metro y medio cargadísimos de futuro, que logran quedarse con lo bueno (el brillo) y pinchar la burbuja de lo malo (el clasismo) en un lugar así. Hasta las tres luces de cada palco parece que dibujen emoticonos de sonrisa.

Más de medio millón han visto la versión infantil en este cuarto de siglo, de modo que no sería de extrañar que surgieran y cuajaran varias generaciones de barceloneses con ideales ilustrados, tendencia a la alegría pizpireta y propensión a reunirse en logias masónicas (en el caso de los niños, a comer Toblerone: siempre se ha dicho que sus formas en triángulo se deben al masonismo de sus creadores).

En pocos sitios se pregunta desde el escenario por el personaje favorito del público y docenas de niños gritan Papageno. Los bebés, en Barcelona, no tienen una rabieta de lloros deconsolados, sino que interpretan con mucho ímpetu el aria de coloratura de la Reina de la Noche. “Ya está otra vez la bebé liándola”, dice el padre. “No la entiendes: La venganza del infierno hierve en su corazón”, la disculpa el hermanillo mayor.

El himno del planeta

Hay poquísimas cosas tan buenas para el espíritu como ver el singspiel más bonito de la historia. La flauta mágica debería sonar después del cachete al recién nacido. El diálogo entre Papageno y Papagena tendría que ser el himno del planeta. No es la reflexión de un adulto: La flauta mágica también transforma y fascina a los críos. O especialmente a ellos. Y la versión para los más pequeños en el Liceu, que es un éxito casi desde el siglo pasado (y lo es tanto por las virtudes, muchas, del montaje como por los precios populares), es una puerta de entrada magnífica a la música, a la fantasía, a las historias que pueden ser protagonizadas por un cazador de pájaros, incluso por encima de un príncipe egipcio. Yo fui el pasado fin de semana y, de nuevo, el asombro. Qué pena que sea la última vez (se despidió tras 25 años, más de medio millón de espectadores y 700 funciones). Esperamos que vuelva pronto a sonar la flauta mágica.

Ya ha acabado la función. Ahí van, con entusiasmo unánime, cantando todos esos niños con los puños de colores. Algunos llevan en una mano el programa de las siguientes óperas de este ciclo del Liceu para los pequeños. Solo lo soltarán cuando cojan las botellitas de cacao que regalan en la entrada. Ya en las Ramblas, se oyen píos y graznidos del diálogo entre papagenos y papagenas, cantados aquí y allá por los críos que acaban de ver la ópera y que ahora remontan las mismas Ramblas, aquí y allá, una bandada dispersa, donde hace un tiempo cantaban los pájaros de los quioscos.

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