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Abuelo, padre e hijo en el último partido del Camp Nou antes de las obras

Abuelo, padre e hijo en el último partido del Camp Nou antes de las obras / Miqui Otero

Miqui Otero

Miqui Otero

Barcelona
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Decíamos ayer, a finales de mayo de 2023: “Pero tocó despedirse y solo las despedidas logran que lo triste sea también bonito. En la ceremonia, el anciano socio número 14 les pasó un banderín de córner a dos nenes muy pequeños. En la grada lo vimos mi padre, mi hijo (que debutó ese día y que cinco años antes había nacido en una habitación con vistas a este estadio) y yo. Mi padre, inmigrante gallego que en algún momento de su vida empezó a animar más al Barça que al Celta, llevaba la camiseta arlequinada de hace tres años; yo, la Kappa de franja blanca que me regalaron los Reyes Magos a los 12, y mi hijo, una clásica de Cruyff, ese genio que conjugaba versos e inventaba palabras como él hace ahora y que como él sabía que no hay mejor abrazo que el abrazo de gol. Una despedida como Dios (es decir, Él; es decir, Cruyff) manda. Propongo que los culers, como los jubilados, vayamos estos meses a ver las obras y que fundemos sección de petanca”.

Decía también en aquella columna, tras el último partido en el antiguo campo, que había algo bonito, casi algo contracultural, en seguir llamando Camp Nou a un estadio tan viejo. Pero también hay algo poético en llamar al nuevo Nou Camp Nou, una epanadiplosis, que consiste en emparedar una idea entre la misma palabra repetida dos veces: “Verde que te quiero verde” o “Preciosa, corre, preciosa” son ejemplos de esta figura retórica y me gusta pensar que Lorca, su autor, era culer. Al fin y al cabo, de las Ramblas dijo que eran “la única calle de la Tierra que desearía que no acabara nunca” (también es cierto que lo dijo en 1935, un año antes de que estallara la Guerra Civil y cuando aún era un paseo ciudadano, donde se vendían flores y pájaros y periódicos, y no una pasarela de zombis de crucero, en la que se pueden comprar sombreros mexicanos y camisetas de I Love Mifs).

Nou Camp Nou tiene algo de poético, pero también de irónico. Cuando escribí aquella columna no imaginábamos que tardaríamos dos años y medio en regresar. En este tiempo, no se ha fundado el equipo del Barça de petanca, pero sí ha cuajado en el alma del barcelonista la paciencia resignada del jubilado en una travesía bíblica por el desierto. La apertura se ha ido postergando tanto, y han surgido tantas polémicas, que por un momento pensábamos que el Nou Camp Nou se parecía más a Ítaca o a la Atlántida, que todos los momentos allí vividos eran falsos recuerdos recreados (¿quién se iba a creer esas jugadas de Ronaldinho o Messi?) por una IA.

Pero aquí está, aunque se habrá perdido el encanto retrofurista del antiguo campo: esos urinarios río donde nos aliviábamos en comunidad, esas goteras que daban ganas de orinar, esos frankfurts (como los armadillos o las gambas o los escritores malditos) duros por fuera y crudos por dentro, ese alarde de hormigón. Ese encanto, en definitiva, que solo tienen las cosas con las que hemos crecido, de las canciones de Serrat a las cajas Cuétara usadas como costurero.

Ahora el campo es más moderno, pero también clásico. Por el momento, no adivinamos en él los delirios aerodinámicos del nuevo Bernabéu, esa tostadora de ilusiones. Aunque su modernidad, menos aparatosa, es lamentablemente gentrificadora, porque son indecentes (y no hay excusas) los precios malsanos y elitistas: siempre se ha dicho que el Camp Nou, por silencioso, parecía a veces la ópera, pero es que ahora sus entradas superan a las del Liceu. Algo que hay que revisar necesariamente a la baja si no queremos un club de expats y de locales con links azules de familias pijas en su perfil de Wikipedia.

Volvemos al Camp Nou, como quien vuelve a casa después de unas vacaciones o un destierro. Jugamos contra el Athletic de Bilbao, así que por allí andará el escritor (e ideólogo de la magnífica fundación cultural de su club) Galder Reguera, que visita Barcelona estos días para presentar su nuevo libro: Por qué el fútbol. En él desentraña por qué este deporte sigue hilando a generaciones y articulando emocionalmente nuestras vidas. Él sabe qué es volver a casa. Cuando remodelaron su estadio, dijo: “San Mamés no es la piedra, es la gente”. Es, también, el hogar de la gente. Escribió, también, que uno puede cambiar de piso, pero a sus amigos les dirá “me voy a casa”. Casa es donde habitas, mentalmente.

No podré ir al primer partido como sí fui al último. Pero espero bien pronto volver a casa, donde generar otra foto, de espaldas, con mi padre y mi hijo, tres azulgranas, del inmigrante gallego al catalán monomaníacamente culer, todos muy sentidos y sentimentales, frente al Nou Camp Nou. “¿Te has inventado a Messi, papa?”, me dirá él. “No, y la prueba es lo que acaba de hacer Lamine”, le diré yo.

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