Visita sorpresa
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Leo Messi, en el interior del Camp Nou. / Instagram Leo Messi

Sé que no me vais a creer, pero el otro día abrí la puerta de casa, avancé por el pasillo en penumbra y, desde el umbral del comedor, con la puerta aún entornada, vi una pierna zurda apoyada sobre la mesa baja: un diez y un escudo del Barça tatuado. Era Messi.
No lo olvidaré jamás. Abrí del todo y parecía una pintura al óleo lista para ocupar alguna pared del Louvre: arrellanado en el sofá, con una bolsa de Pelotazos (Cheetos, sabor a queso) en la barriga, visionaba en mute el 2 a 6 en el Bernabeu, mientras de fondo sonaba 'Quédate', la canción que Quevedo (el cantante) grabó con Bizarrap (el compatriota del mejor de todos los tiempos). “Quédate, que las noches sin ti duelen”, bisbiseé, sumándome a la música. “Qué mirás bobo, andá pallá”, dijo él, con esa media sonrisa que esbozó cuando perdió una bota y dio una asistencia descalzo en un clásico en el Camp Nou.
Le hice caso, claro, y pensé en refugiarme un instante en la cocina para masticar la escena. Soy de digestión lenta: una vez entraron a robar a mi casa y cuando descubrí el comedor arrasado (los ladrones buscaron joyas entre libros y discos) lo primero que pensé no era que habían entrado los cacos, sino que tenía que ser más ordenado. En la cocina, sin embargo, pegué un grito: ahí estaba Rodrigo de Paul cocinando unas milanesas con mi delantal de faralaes.
Al cabo de un rato, todo parecía natural. Soy de los muchos que piensan que Messi debería tener todas las llaves de la ciudad, como demostró con su entrada nocturna hace unos días en el Camp Nou y ayer en mi casa. Barcelona es esa ciudad que ha tenido como iconos a una virgen negra, a un gorila blanco y a un argentino parco en palabras. Sin embargo, al cabo de un rato, Lionel (porque yo no lo llamo ya Messi, sino Lionel, incluso Leo a secas cuando me insiste), me decía que lo de antes había sido broma y me retaba a un partidito de fútbol de pasillo con el balón de peluche de Ikea (modelo Sparka, el Adidas Etrusco del balompié casero) de mi hijo.
Le conté cómo había celebrado su Mundial con Argentina, botando con mi crío de entonces cuatro años en el sofá donde él había devorado los pelotazos. Insistió en firmarme camisetas y le tendí hasta el delantal de faralaes. Luego le dije que aquella noche de la final me sentí, por él, más argentino que mi tío abuelo Domingo (que emigró allí desde Galicia): bajé con el niño a todos los bares argentinos de mi zona. “¿Hay alguna milonga por aquí?”, tanteó De Paul, que me había hecho una severa entrada en el pasillo.
Fiestas milongueras en Barcelona
Me estoy leyendo ahora 'El país invisible', donde Arturo Lezcano habla de la comunidad inmigrante gallega en Latinoamerica. En Buenos Aires, los gallegos fueron un 10% de la población total de la ciudad. No hay tantos argentinos en Barcelona, pero sí es cierto que cuidan muy bien los sitios donde se reúnen. Les conté que durante un tiempo, una asociación organizaba fiestas milongueras en una azotea de la calle Vidre, frente a la Plaça Reial. Les comenté de otras en activo, muy interesantes, como en La Despeinada, en Poble Sec (Olivera, 55), donde cada miércoles hay baile abierto, clases durante toda la semana y donde se enseña algo así como el tango queer (es decir, instruyen al alumno, sin distinción de género, en los movimientos de las dos partes del abrazo, los de la mujer y los del hombre). Rememoré aquel partido de Argentina que fui a ver a una Ovella Negra de Poblenou llena de argentinos, algunos disfrazados de Jesucristo, otros llevando el 10 de Maradona que, cuando convertía Messi, pasaban a ser del nuevo ídolo. Si se quedaban hasta el fin de semana, añadí, por supuesto aclarando que se podían quedar mi casa si querían y yo me iba a dormir al puente de Marina, podíamos ir a disfrutar del sol bailando bachata en la Ciutadella, en los encuentros Parkchata, donde hay también coreografías latinas cada tarde de sábado. Jamás he bailado bachata. Pero es que nunca he querido retener a Messi en casa.
De momento, quizá podríamos tomar algo. Justo al lado de mi casa hay el Café Marfil, en Nàpols con Aragó. Hasta hace poco era un sitio de milanesas, donde sonaba siempre rock argentino y con murales de mitos como Calamaro o el propio Leo. Ahora, sin embargo, era una cafetería donde añadirle al café medialunas, pepas de membrillo, pastrafola o alfajores (de chocolate, sin gluten, veganos, de todo tipo). Muy cerca, si ellos querían, podíamos llenar el buche en la Parrilla Agustina, en Diputació 379, con un magnífico menú que suele ofrecer un buen corte de entraña. Pero si querían reincidir en la milanesa (las de De Paul habían quedado un poco quemadas), podríamos pasarnos por el Platitos, una calle más allá, en Diputació con Roger de Flor, con sus generosos filetes empanados con todo el queso del planeta encima. Messi reaccionaba y valoraba los planes. Hablaba ya mucho y bien. No como aquella vez que dijo, antes de ganar la Champions, que hablaría cuando trajera la orejuda. Llegó la celebración en el Camp Nou, todos los culers dispuestos a tatuarse cada palabra de su discurso triunfal, y soltó: “En realidad no tengo nada que decir”.
Ya iremos otro día, me dijo Leo. De momento podemos estar un rato más aquí. Entonces, mientras Leo devoraba con una sonrisa el libro 'Tot Messi', de Jordi Puntí, llamaron a la puerta y entró mi hijo, que me obliga a ponerle vídeos de Youtube y partidos enteros de la era de Pep sin dejarme decirle el resultado. Tiene camisetas de Leo y ha heredado la nostalgia: lo echa de menos sin haberlo visto jugar en directo.
Entró dando un pelotazo a la Sparka de trapo que Messi durmió con el empeine. Antes de devolvérsela, le sonrió. Ahí recordé las fotos de Leo con jugadores de la Masia y sobre todo el baño bautismal que le hizo a Lamine. Y la idea se me presentó nítida. Fui a por un vaso de agua y le dije: mira, Leo, lamentablemente no somos muy creyentes en esta casa, pero: ¿lo puedes bautizar? Claro, pibe, dijo. De Paul se ofreció a ser padrino. Después del bautizo, nos comimos las milanesas chamuscadas. Cuando se iban a ir, en el recibidor, le dijo algo al niño al oído que me despertó más curiosidad que el final de 'Lost in translation'. Y luego nos despedimos con un abrazo de gol, de gol en el Bernabeu en el minuto 92. ¿Qué te ha dicho, nene?, pregunté al crío. Volveré.
Sé que no me habéis creído, y por supuesto tenéis razón, pero soñar con que Messi vuelva y que de paso se pase por tu casa a echar unos toques con un balón de peluche, es gratis.
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