Novelones con café
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Café Balzac. / M.O.

Si mi novelista favorito podía escribir unas 20 páginas al día gracias a las 40 tacitas de café que se jincaba, si logró firmar el más ambicioso ciclo de novelas de la historia de la literatura (unos nueve millones de palabras) gracias a las 50.000 tazas que se tomó durante su breve vida, ¿por qué no voy a poder yo teclear esta breve columna con la ayuda de un cortadito?
En esas estoy, con el portátil abierto, en una cafetería llamada Balzac en honor a ese genio de las letras francesas adicto al café. Un coqueto local de paseo de Sant Joan con las paredes revestidas de madera, el suelo de ese terrazo tan habitual en las porterías de las fincas del Eixample, puntos de luz en los apliques y una bien nutrida carta de opciones.
Del mismo modo que Honoré de Balzac tenía una adicción al café, yo tengo una minusvalía con las cafeterías de especialidad. Me pasa exactamente lo mismo que con las ferreterías. Entro en Servei Estació, en Leroy Merlin o en la Valls y absolutamente todo me apetece y me fascina, pero tristemente no sé para qué sirve nada. Me llevaría esas tenazas con mango de goma fosforito, esos cables de colores, esas alcayatas tan graciosas, esa tela asfáltica, esa llave inglesa que rivalizaría con el martillo de Thor, pero me bloqueo porque no sé qué pedir y al final me llevo, a lo sumo, un destornillador. Lo mismo me sucede con estos templos de la sofisticación cafetera: puedo pasarme media hora, paralizado, imaginando qué hay detrás de esos sintagmas, algunos con nombre de grupo de rap (Batch Brew) otros como de título de canción calipso (Passion Fruit Iced Espresso), otros de personaje de Scorsese o Spike Lee (Slippery Slope). “Un cortado”, digo, finalmente. “Con leche normal”, puntualizo. El subtítulo del Balzac Café (que figura en la carta) es: “Café de destino”. Y ya decía Heráclito que “carácter es destino”, así que si no me animo a experimentar, no merezco mucho más.
Vaya por delante que el cortado en cuestión está delicioso. Uno imaginaría aquí una banda sonora de Mozart, Haydn o Donizetti (los favoritos de Balzac), pero la verdad es que a mí este café me está entrando de maravilla con el acompañamiento musical que han elegido: Benny Moré. Casi tarareo “Cuando a Varadero llegué, conocí la felicidad”, mientras miro las estanterías de libros y prosigo: “Cuando tus labios besé, mi alma tuvo paz”. Del mismo modo que suena son y no clásica, la selección de libros no la protagoniza el escritor que da nombre al local. Eso sí, está más que cuidada: de clásicos (la Odisea de Blackie, Shakespeare de Austral) a autoras como Ali Smith o Otessa Moshfegh, pasando por varias de Javier Marías o alguno de Borges. No estamos, y eso siempre inspira confianza, ante la típica selección de motel (o de tantos bares con ínfulas) con JJ Benítez, Pearl S Buck, cómo hacerte millonario en cinco pasos y alguna edición de Cela o Gironella de una caja de ahorros. No, del mismo modo que este cortado lo ha hecho alguien a quien le gusta el café, quien ha elegido los libros de adorno claramente disfruta leyendo. De Balzac, eso sí, solo 'La piel de zapa', esa luminosa novela que nos muestra que cuanto más deseas, más te acercas a la muerte.
Obseso del café
Yo, la verdad, desearía otro café, pero me conozco y mejor controlarme. Recuerdo cómo Stefan Zweig explica que Balzac no sólo entendía de café, sino que era un obseso: mezclaba granos de borbón, martinica y moka (y compraba en una tienda distinta cada uno de ellos). Los tomaba a cubos y, a veces, si estaba en el fragor de la escritura y no quería levantarse, se zampaba directamente los granos. Era preciso alcanzar la meta, aun cuando el jinete reviente al caballo de tanto espolearlo, escribió Zweig. Recordemos el dato: un estadístico estimó que Balzac se zumbó cincuenta mil tazas de café fortísimo para producir 'La comedia humana'. Falleció joven por una cardiopatía, pero, oye, qué novelones.
Como ves, aún no he escrito 'Las ilusiones perdidas' ni 'Eugenia Grandet' y ya me he acabado el primer cortado y apenas me quedan líneas de esta columna. Espero, que al menos, haya sido tan agradable como mi ratito en esa cafetería. No esperaba más. Del mismo modo que un atraco perfecto es perfecto y un atraco imperfecto es un atraco, un genio que toma café es un genio (que toma café), pero un simple plumilla que toma café es un tipo tomando café (mientras escribe).
Antes de salir del café Balzac recuerdo ese texto humorístico que nuestro héroe cafetero escribió sobre el asunto: “El café desciende al estómago y entonces todo se pone en movimiento: las ideas avanzan como los batallones del gran ejército en el campo de batalla. Los recuerdos se aproximan, por decirlo así, a paso de carga, como los abanderados del desfile”. Noto un alegre borboteo de ideas gracias al cortado delicioso. Al llegar a casa, quizá me ponga con la novela.
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