Rutas insólitas
Barcelona Singular: viejos tesoros en la nueva Via Laietana
Marc Piquer, el tuitero explorador de @Bcnsingular, redescubre 'la pequeña Chicago' de Barcelona. Una ruta para estrenar la Via Laietana sin obras (se inaugura este domingo) entre jardines secretos que tocan el cielo e incienso que quita el mal de ojo
“Todo barcelonés debería de conocer este casa, es única”

El jardín secreto de la Casa Francesc Cambó y Batlle. / Marc Piquer

Cuando este domingo 29 lleguen a su fin las obras que la tienen secuestrada, se supone que la Via Laietana, calle desde siempre incómoda para el peatón, se ganará por fin el derecho a ser admirada como se merece. No te librarás de la tortícolis -muchas maravillas solo se aprecian doblando el cuello hacia arriba- pero será un alivio descubrir que en 'la pequeña Chicago' de Barcelona también se disfruta comiendo… y hasta comprando, si eres devoto del 'bhakti yoga' o las videoconsolas.
1. Un buque en tierra firme
Edificio de Trasmediterránea
Cuando en 1916 se creó la compañía Trasmediterránea -fruto de la fusión de cuatro importantes navieras-, la flamante Vía Laietana ya había conseguido completar las tres fases de que constaba este proyecto titánico que se llevó por delante un buen pedazo de la Barcelona antigua. Tener una sede en esta señora avenida significaba jugar en la liga de las grandes corporaciones, y a Trasmediterránea le convenía, además, no estar lejos de sus buques. Por todo esto se hizo con la 'pole position', casi encarada al mar. También fue deliberado erigir en el vértice una torre que simboliza un faro, así como decorar la fachada con bustos de marineros y un ancla, junto a las siglas de la empresa naval.

Edificio de Transmediterrania. / Marc Piquer

La escalinata del vestíbulo. / Marc Piquer
El interior, ocupado actualmente por el Departament de Recerca i Universitats, y antes por juzgados de causas civiles, nos depara otra sorpresa en la mismísima entrada: la escalinata del vestíbulo, que recuerda la de los transatlánticos. Igualmente nos los evoca la monumental claraboya de la planta noble, con vitrales de la empresa Artes del Vidrio y Molduras S.A., que agrupaba algunos de los talleres más activos. Si subimos un piso más comprobaremos que la impresionante luciérnaga tiene forma de submarino. Sin duda, el Capitán Nemo se hubiera sentido aquí como en casa. / Via Laietana, 2.

La monumental claraboya. / Marc Piquer

Luciérnaga con forma de submarino. / Marc Piquer
2. El legado de Cambó
A su regreso de un viaje a los Estados Unidos, Francesc Cambó no dudó en encargar a Adolf Florensa la construcción de su residencia en la Via Laietana. El líder de la Lliga Regionalista había quedado prendado de la nueva arquitectura que surgió tras el devastador incendio que en 1871 destruyó la ciudad de Chicago: no solo le fascinó la altura de los edificios; también los ascensores eléctricos que iban incorporados, y los 'roof garden', jardines elevados que tocaban las estrellas. Por voluntad de Cambó, su nuevo hogar sería un calco de aquellos rascacielos de estilo racionalista, y él y su familia habitarían en el ático, otra novedad importada de Norteamérica.

La Casa Francesc Cambó y Batlle. / Marc Piquer
La finca destacaba por ser la más alta de esta imponente arteria y la primera con un doble terrado arbolado, diseñado por Rubió i Tudurí, rehecho por el paisajista Joan Mirambell, y concebido para resistir las sacudidas del viento marino. El político pudo gozarlo poco, puesto que se encontraba en el extranjero al estallar la Guerra Civil Española, y ya no volvió. Hija y nietos sí que le sacaron provecho a estos cerca de 1.000 m² repartidos en dos niveles desde cuya cumbre se escuchan remotamente las bocinas y el fragor a pie de calle.

Azotea con piscina en la planta ocho. / Marc Piquer

La biblioteca. / Marc Piquer
Los dos espacios son ahora propiedad del grupo inversor que compró y reformó el hotel ya existente, así como el piso que aún pertenecía a los Guardans, sin que por ahora se sepa si se abrirán al público. En cambio, los clientes sí pueden deleitarse con la preciosa biblioteca personal del ilustre mecenas, y de la azotea con piscina de la planta ocho, con vistas a la medianera decorada con barcos esgrafiados que Cambó encomendó a Oleguer Junyent cuando al erigirse el inmueble del número 26, este le impidió ver el mar. Quien quiera puede subir a tomar un cóctel, pero la fiesta no será completa si no se acompaña antes o después de una relajada comida a base de tapas y platillos en el restaurante del chef Oliver Peña, genuinamente llamado… Can Bo. / Via Laietana, 30.

Brioche de pulpo en adobo de Can Bo. / Marc Piquer
3. Un comercio divino
Prácticamente no hay ya establecimientos antiguos en la Via Laietana. Cerrada hace un par de años la papelería Hija de J. Batlle Horta, apenas sobreviven dos más: una tienda de artículos religiosos y la que nos ocupa, Sai Maya, pintoresca como pocas.

La entrada de Sai Maya. / Marc Piquer

Sunil Lakhwani, en un rincón de Sai Maya. / Marc Piquer
La abrió en 1983 Sunil Lakhwani junto a su progenitor, quien llevaba un negocio textil en Casablanca. “Mi madre sufrió un cáncer de pecho y vino a Barcelona a operarse. Ella se recuperó pero a papá le gustó tanto la ciudad que dijo: 'Al diablo con Marruecos, nos quedamos'”. Arrendó este local en el que un tal Peña vendía material de oficina, y lo transformó en lo que todavía es ahora: un comercio de electrónica y videojuegos, si bien los Casio y las Playstation comparten protagonismo con una surtida colección de deidades hindús: 'ganeshas' (el dios con cuerpo humano y cabeza de elefante), 'lakshmis', 'sarasvatis', 'parvatis', 'durgas' o 'kalis'. “Todo esto vino después, pero gusta a los turistas y a muchos barceloneses que hacen yoga”. También el incienso para quitar el mal de ojo o las cuentas de 'rudraksha' para reducir la ansiedad.

Una figura del dios Ganesha. / Marc Piquer
Rakesh, el hermano de Sunil, se encarga de las ventas 'on line', que son lo que en realidad mantiene a flote este bazar indio tan dispar que atrae por sus escaparates a rebosar de relojes de pulsera ochenteros, auriculares, mandos a distancia, calculadoras y estatuíllas. “Dos o tres veces al año mi padre se empeñaba en renovarlos por completo, y tardábamos semanas, era un suplicio”. Por suerte, Sunil contaba con figuritas y anillos 'om' por doquier que le daban paz y mantenían a raya sus nervios. / Via Laietana, 32.
4. Traspaso a la vista
Hoy, en la mayoría de churrerías, encuentras churros de todo tipo: de fresa, con dulce de leche o crema de pistacho, e incluso rellenos de frankfurt. No es el caso. Ni tan siquiera los hace ya de chocolate, por falta de tiempo y de espacio (no le cabe ni una nevera). Pero qué más da: los churros (y las porras) de José Ruz -67 años- son tiernos, crujientes, perfectos.

José Ruz hace porras. / Marc Piquer
Aprendió de su padre, un minero de una aldea granadina que al emigrar a Barcelona montó su primera churrería, una barraca en Marina con Aragó en cuyo interior dormía toda la familia. Luego el hombre se trasladó a la calle Princesa, y hasta allí acudieron los dueños de la Churrería Layetana, que se jubilaban, para preguntarle si su hijo quería relevarlos. José dio el sí en 1985, y al cabo de poco estaba con él detrás de la barra Ana María Jiménez -su mujer, peluquera-, sirviendo chocolates a la taza y cafés con los que acompañar las preciadas frutas de sartén.

Churrería Laietana. / Marc Piquer

Ana María Jiménez y José Ruz tras el mostrador. / Marc Piquer
“Es muy fácil hacer churros, solo hay que tener un poco de cuidado con el aceite, que no se te queme”. Y aunque se pasa el día ahí metido, no los aborrece: “Me encantan, y cuando vamos de viaje voy probando de todos lados”. En verano el matrimonio echa el cierre. “Estate tranquilo, aquel que venga le habré enseñado yo el oficio”, me asegura José a la vez que me hace reparar en los clientes, todos mujeres coreanas: “Mientras sigan viniendo, habrá churros para rato”. / Via Laietana, 46.

Dos clientas coreanas. / Marc Piquer
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