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'El rellotge verd', de Julià Guillamon, y 'No creas una palabra', de Bego Arretxe Irigoien.

'El rellotge verd', de Julià Guillamon, y 'No creas una palabra', de Bego Arretxe Irigoien. / M.O.

Miqui Otero

Miqui Otero

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Lo bueno de que no se haya anunciado todavía la máquina que nos permita viajar en el tiempo es que podemos seguir inventándonos cómo hacerlo.

Hay quien dijo que era posible sentándote en un trineo victoriano con aire de mecedora, o pilotando una especie de Volkswagen Passat enriquecido con plutonio, o sumergiéndote en un jacuzzy con un walkman y unos auriculares de espumilla. Pero las vías más efectivas siguen siendo las más sencillas y democráticas: con el estribillo de una canción adolescente, con el sabor del plato favorito infantil, con tu objeto más especial, con la novela que te lleva no a una época, sino al corazón de quien la vivió.

Estamos de enhorabuena, porque acaban de llegar a las librerías dos máquinas del tiempo para viajar a la Barcelona de los ochenta, a su cara más luminosa y también a la más oscura: 'El rellotge verd', de Julià Guillamon, y 'No creas una palabra', de Bego Arretxe Irigoien.

Hasta ahora el verde más célebre de la literatura catalana era el de una ventana (“La finestra és verda”, decía Pla), pero desde ahora brilla en el reloj de muñeca de Guillamon: un Benetton by Bulova de este color (y con correa roja) que propicia el viaje al pasado del autor (y del afortunado lector).

En los últimos años ochenta, estaba tan enamorado de su reloj que hasta se vestía a juego con él. “No te regalan un reloj, tú eres el regalado al reloj”, decía Cortázar. “No combines el reloj con tu ropa, sino tu ropa con el reloj”, podría decir Guillamon. En aquella época se compró dos camisas de algodón: una roja y otra verde. Y encontró en una tienda de la Ronda Sant Pere dos corbatas: una verde y otra roja. Alternaba este doble juego.

Es precioso cómo Guillamon se enamora de los objetos, que, desde siempre, son tiempo concentrado y memoria vívida. Cómo escribe sobre ellos como un entomólogo lo haría sobre insectos exóticos. Cómo entiende que las 'endreçamentes' (cuando la vida te obliga a purgar cajones) son una forma de definir identidades sucesivas. De saber quién eres y qué lugar gastaste. Ese lugar es la Barcelona preolímpica, donde la ciudad celebraba la llegada del primer MacDonalds, en la calle Pelayo, como un pueblo da la bienvenida a una nueva atracción de feria. 'El rellotge verd' ofrece un retrato nítido, en colores vivos y satinados, de esa época posmoderna, cuando una pluma Inoxcrom valía más que una Montblanc, porque una cosa es el precio de las cosas y otra bien distinta su valor. El final, por cierto, es muy emocionante y tiene que ver con la escritura como liberadora de dopamina.

Tocadiscos y cabinas

La otra máquina del tiempo nos lleva a una Barcelona más torturada, sobrina del exceso contracultural de los setenta. Arretxe, que escribe a tumba abierta, tiene otra forma de viajar. A su protagonista le encargan una biografía de Phil Lynnot, de Thin Lizzy. Una canción la teletransporta a Discos Castelló, donde compró su primer disco. Pero también a la calle Escudellers de las barras americanas y a los conciertos en contra de las Olimpiadas. O a cuando se perdía tanta (pero tanta) gente, y uno repasaba la guía de teléfonos llamando desde una cabina a todos los hospitales de la ciudad.

Ahora, cuando hasta aquellos amigos melómanos no tienen tocadiscos (escuchan música en el televisor), no hay cabinas y quedan menos tiendas de discos. Incluso escasean los relojes en las muñecas. El mundo jibarizado en una pantalla de palmo. Pero tenemos la suerte de que no se han inventado los viajes en el tiempo, así que podemos inventarlos nosotros. 

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