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La entrada del bar Altamira.

La entrada del bar Altamira. / M.O.

Miqui Otero

Miqui Otero

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Hace un tiempo leí que las pinturas rupestres, como las de Altamira, no eran crónicas de lo sucedido, sino imágenes propiciatorias. Es decir, cuando ilustraban a unos hombres del Paleolítico superior a la carrera y enarbolando lanzas detrás de hermosos bisontes no reflejaban tanto lo que había sucedido, como lo que querían que sucediera. No se estaban ya comiendo la carne, sino convocándola.

Imaginad ahora a este humilde plumilla blandiendo un tenedor de postre, a punto de ensartarlo en un taco de tortilla de patatas pluscuamperfecto. Una imagen parecida, también, a esos pollos con alas con los que soñaba Carpanta. Porque, es momento de reconocerlo: si has ido al bar Altamira, siempre sueñas con volver (y lo haces).

La barra de toda la vida junto al cartel retro de Fanta.

La barra de toda la vida junto al cartel retro de Fanta. / M.O.

No es necesario viajar en el tiempo 36.500 años, ni ponerse en lista de espera para visitarlo. El Altamira está siempre abierto en el número 13 de la calle Girona. Es un bar absolutamente perfecto en sus dimensiones. Las dimensiones son pequeñas, es cierto, pero también eran bajitos Messi, Iniesta y Xavi y mira cómo la tocaban.

Desde 1960

Abrió sus puertas en 1960 y ahí sigue, como insecto en bola de ámbar. Es uno de esos locales que se abren como un libro (un ventanal con balconcito de aluminio en la calle Girona y una puerta en el chaflán). Da tanto gustirrinín mirarlo de fuera (iluminado con lámparas cálidas) como confort disfrutarlo desde dentro.

Ayuda esa sensación de reconocimiento. Las paredes revestidas de contrachapado de madera, las dos mesitas coquetas, una de esas barras de zinc y madera, retroiluminadas, en una ciudad donde a las barras (el lugar de la charla con quien tengas al lado, sea Idi Amin o Ghandi) se les sabotea el protagonismo. Al fondo, los azulejos granate, como de estampado de salchichón del bueno, y la cordillera de botellas en la que cada pico es un licor posible. La última vez que entré sonaban, por ejemplo, los REM en la radio y Vicente, el dueño, hablaba con uno de sus habituales, mientras sacaba bandejitas de embutido a las dos mesas exteriores. Vicente, oriundo, como mi señora, de la provincia de Zamora, tiene colgada, en el arco que lleva al baño, una fotografía de cuando los años de mili en León y Salamanca, quizá para recordar que se está mejor con una caña en la mano que con un rifle.

La escena siempre está dominada por un letrero vintage de Fanta de Naranja, algo así como el tríptico del Jardín de las Delicias. A la izquierda, el reloj (que marca bien la hora); a la derecha, el logotipo antiguo del refresco. En el centro, las especialidades de la casa: pepito de ternera, bikini, sobrasada y miel, Frankfurt, tortilla.

Cartel vintage con las especialidades del bar.

Detalle del cartel vintage con las especialidades del bar. / M.O.

Porque lo decía antes: el Altamira es humilde, pero rico. Coqueto y popular, como pocos bares en esta ciudad. Es perfecto en sus dimensiones y las suyas son las de esos bares diminutos de Golden Gai, en el Shinyuku de Tokio: siete callejones con más de 200 bares XXXS, de diez metros cuadrados o menos, algunos de ellos abiertos desde hace setenta años, donde bebes codo con codo con el de al lado y con el camarero a un palmo.

El Altamira, decía, es cómo deberían ser la gran mayoría de bares en Barcelona y también como pocos lo son. El discreto encanto del bar pequeño y cálido. Y yo a veces me descubro garabateando en la agenda a un tipo con un tenedor en una mano y un quinto en la otra. Entonces no hay más remedio: sé que volveré en breve.

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