Conde del asalto
La bodega de la resistencia de Vallcarca
Bares con alma de Barcelona
La Barcelona de Carolina Durante
Viaje en el bus 47 de Barcelona después de ver 'El 47'

Entrada de Bodega La Riera. / M. O.

Estamos en el año 2024 d.C. Toda Barcelona está ocupada por los bárbaros del souvenir… ¿Toda? ¡No! Una aldea poblada por irreductibles graciencs resiste, todavía y como siempre, al invasor. Y la vida no es fácil para las guarniciones del orden en los asentamientos de Vallcarca…
La lupa de la viñeta de Astérix evocada amplifica la actividad del barrio, “una redonda de resistencia”, como la define Jordi Garrigós, amigo y crítico musical agridulce con el que brindo con el primer quinto en Bodega La Riera, en el 81 de la avenida Vallcarca.

Un rincón de Bodega La Riera. / M. O.
Fuera del templo, uno reconstruye la actualidad más con los carteles de protesta que con las noticias de la radio. Dos papeles pegados en la fachada contigua: “Llibertat Abel” (en prisión desde mayo del 24 por una manifestación de Jusapol) y “20 anys sense Rugé” (asesinado por los nazis hace 20 años en unas fiestas de Gràcia). Otros sobre una manifestación en apoyo a Palestina o en defensa de las 70 personas que viven en asentamientos de chabolas a pocos metros desde hace casi una década: “Casa i treball. Solucions socials, no policials”. Hace poco, por ejemplo, los vecinos levantaron, en una especie de versión siglo XXI de la película 'El 47', una marquesina construida por vecinos en terreno privado (eso la salvará) para el bus (tiempo antes ya habían puesto por allí un banco de madera, que la Urbana retiró). Y luego, claro, la placa de la plaza Uri Caballero, miembro de Els Surfing Sirles caído hace ya demasiado, “patriota de Vallcarca i intel.lectual punk”, títulos otorgados por Roger Pelàez. La placa no es oficial, sino merecida: algunos vecinos encargaron tres por si quitaban alguna.
De hecho, una foto de Caballero preside, como lo hacía Pujol en los restaurantes de las masias de interior, el garito. Bodega La Riera es la nave nodriza de todo ese caldo cultural. Si la guitarra de Woody Guthrie era un “arma que mata fascistas”, aquí el sifón los repele: en la pared, colgadas camisetas de bodeguistas antifascistas ilustradas con la botella de gas que acompaña al vermú.
Cooperativa
Suenan temazos de psicodelia (de Count Five a Love) mientras la bodega, todo madera y paredes sin pulir, afronta la caída de la noche. Es tan grande como sus ambiciones: barra larga (“Tracta bé les cambreres”, se lee detrás), mar de mesas y un rincón, desde donde la miro, bajo un cartel de Puig Antich, en la segunda barra estrecha anclada a la pared del fondo. También un pequeño escenario para actuaciones: aquí, hace años, vine a grabar un programa de tele sobre la rumba catalana y conocí a los Rumba 3, así que ahora, mientras pinzo alegremente la botella por el gollete, tarareo: “Ya sabes la razón, de mi perdido amor / si ayer te daba igual, hoy no lo pidas”. Y pido otra.
Además de mil ambrosías de barril, la bodega tiene su parte de comestibles: más tipos de oliva que blancos distingue un esquimal, tofu, quesos o patés vegetales de creación propia.
Prima de algunas de las mejores bodegas de la ciudad, como la Carol, excepciones que deberían ser norma, y autogestionada de forma cooperativa desde el Ateneu de Vallcarca, con sus bufandas de fuerza a los sindicatos y sus carteles antigentrificación, la bodega no solo dice lo que piensa en los carteles, sino que lo vive. Las paredes, como carpetas de instituto o fachadas de centro cívico, acumulan “sabor de barrio, tesoro antiguo”, como cantaba el Gato Pérez. Los techos, por cierto, son altos, como las ideas por las que se brinda.
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