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Conde del asalto

El payaso punk de Barcelona

Los pájaros de la Rambla de Barcelona no existen

Viaje en el bus 47 de Barcelona después de ver 'El 47'

La estación de Sants de Barcelona es para sentarse y llorar

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Miqui Otero

Miqui Otero

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“¿Era un payaso o era una persona?”, me pregunta mi hija de cuatro años, con gesto de Señora Fletcher. Acabamos de salir del espectáculo y la pregunta me parece tan involuntariamente pertinente como difícil de contestar. Mi hijo de siete años, con gesto de Jesús Quintero, filosofa: “No es un payaso. Es una persona disfrazada de payaso”. Y da aún más en el clavo.

Suerte de ellos, porque yo no es que no sepa qué responder, sino que no sé ni qué pensar. Cuando el tipo ha dicho: “¿Les gusta la programación? Pues yo no estoy en la programación”, ha dado un giro que podría ser tanto de una obra de teatro existencialista, como de un atraco de banco.

Todo empezó 40 minutos antes, en la Estació del Nord. Un tipo saca de su arcón una pelota, un paraguas, una microbicicleta, una peonza. Desde el primer momento pide (exige) aplausos. Todo en una región borrosa entre la broma y la denuncia: “¡No esperen que empiece ya! ¡No tengo técnico, me toca hacerlo todo a mí!”.

"Sonrían y sean falsos"

Para el arranque, dice: “Parecen muertos. Aplaudan. No es tan difícil: sonrían y sean falsos, como en la vida”. Y pone cara de zombi. Pero cuando por fin la gente aplaude a ritmo, suelta: “¡Lo sabía! ¡Son unos falsos!”.

Cuando saca la peonza, comparte que viene de Argentina y que ese trozo de madera era su juego infantil favorito: “No como ahora -gestos de autómata- que los niños se la pasan mirando pantallas”. Pero añade: “¡La culpa es de ustedes, los padres!”. Y añade: “Pero sonrían, aplaudan, ¡sean falsos como saben!”.

Ahí yo ya no descarto que nos escupa y aplaudo sin parar por si sus ojos se cruzan con los míos. Él lleva un gorro de aviador, que tapa un mechón de pelo, una pequeña cresta en la cabeza rapada. Se parece más a Sid Vicious que a Fofito. El artista se niega a seguir si no hay palmas: son el combustible de la microbici.

¿A qué tiene miedo la gente?

Pienso en un payaso increíble que conocí en Brighton. Estuve tomando sidras con él por esa zona costera dominada por las gaviotas violentas. “¿Sabes a qué tiene miedo la gente?”, me dijo aquel tipo. Yo tragué saliva. “A los payasos y a la muerte”, añadió, para contarme que él tenía una funeraria privada (sepelios temáticos, con cine o conciertos, según el gusto del finado), pero que también era payaso a domicilio, para los niños de los ricos de la City de Londres. Sus flores del ojal sacaban vodka y aleccionaba a los nenes en que sus padres estaban obsesionados con el dinero. Un tipo alucinante del que todavía me acuerdo. Como ahora, viendo este show.

Es ahí donde pregunta lo de la programación. Y entonces pasa a cobrar. Dice: “No estoy mendigando: yo he hecho un trabajo, tendrían que pagarlo”. Se hace un silencio. Todo lo anterior, que parecía broma, no lo es tanto. “Creo que lo justo son cinco euros”, añade, “si no los tienen en billete tengo aquí un QR para ingresar con el móvil. No hay excusa”. Y también: “Guárdense las moneditas de 20 céntimos, que yo para un café ya tengo. Pueden poner en este gorro sudado. El sudor de divertirles”.

Hay quien hace cola. “Paguen las pegatinas que se están llevando los niños, que a mí me las cobran”, oigo mientras le tiro una foto al QR. Yo pensaba que vería un show infantil y me ha caído una obra de teatro que me ha dejado pensando, hasta que mis hijos me han preguntado si era una persona o un payaso. Era una persona, claro. Disfrazada de payaso, de payaso de denuncia del arte en la calle, de payaso punk.

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