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Conde del asalto

Los pájaros de la Rambla de Barcelona no existen

Viaje en el bus 47 de Barcelona después de ver 'El 47'

La estación de Sants de Barcelona es para sentarse y llorar

La Rambla.

La Rambla. / Jordi Otix

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Miqui Otero

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Aunque esta semana cerraron definitivamente sus paradas en la Rambla, hace ya muchos años que no hay pájaros en Barcelona. Existen las palomas, muchas, demasiadas, pero nadie puede asegurar que no sean un invento de la oposición municipal.

Hay quien va más allá y dice que no existen los pájaros en todo el mundo: aseguran que son drones controlados por la CIA para vigilarnos. De hecho, hasta existe una plataforma satírica, Los pájaros no existen, que se reunió el pasado 25 de mayo en plaza Catalunya, la meca de las palomas. Nadie puede asegurar, tampoco, que las palomas, tan achacosas, no sean un invento de la TIA.

No podemos quejarnos: en Brighton lo que hay es un reino de gaviotas violentísimas, mucho más que los mods y rockers que se peleaban ahí hace medio siglo. Pero Barcelona siempre había sido muy pajarera y se organizaban concursos de trino y en el tramo central de la Rambla se vendieron aves desde 1855. Les dieron una tierra prometida para alejarlos (y así evitar la transmisión de enfermedades) de los animales muertos que se vendían en La Boqueria. Pero antes de las conspiraciones y los chistes existían otros movimientos antipajaristas. Los ecologistas protestaron a finales de 2000 por la venta de estos animales. Su informe era más terrorífico que la película de Hitchcock: certificaron, en 20 días, restos de 180 cadáveres de animales en las papeleras.

Cruzada municipal

Ahí arrancó la cruzada municipal contra las paradas pajareras. A finales de 2009 se les retira la licencia y se permite a sus dueños vender otras cosas. Así, como en un encanto de los hermanos Grimm, los pájaros adoptaron la forma de helados, gofres y (la peor reencarnación para cualquier ser vivo) souvenirs infames barceloneses. Desde entonces, las paradas han estado en el punto de mira. Eran 11 y esta semana han desalojado las cinco que desoyeron la última resolución judicial.

Últimamente lo que da ganas de cerrar es la Rambla. Hay un plan para reformarla, que vaya usted a saber cómo acaba. Pero caminar por ahí era sumirse en la melancolía: dulces industriales, quincalla de trencadís, peluches de exjugadores del Barça (recuerdo un Neymar terrorífico ahorcado del techo de uno de los quioscos).

 Lo que todos los ayuntamientos han tenido claro (aunque no se haya sustanciado del todo esa convicción) es que lo que debía preservar eran los quioscos de prensa y las paradas de flores. Periódicos, lamentablemente, se venden pocos. En cuanto a las flores, Sempronio escribió que antes eran el calendario de la Rambla: mimosas y margaritas en invierno, floridas ramas de almendro en primavera, gladiolos y rosas para el verano y claveles y dalias y nardos. Ahora eso lo marca el calzado de los turistas (y falla más que las predicciones meteorológicas del teléfono, porque en diciembre un guiri puede pasear en Crocs).

Ya no se venden pájaros en Barcelona, y no me parece mal. Ni siquiera hay las paradas donde se vendían. Estaría bien ver cómo se reemplazan para que la Rambla no sea una plaza dura, sin vida. Siempre quedarán, eso sí, otras aves. Lo sabe hasta nuestro mejor turista, el extraterrestre inventado por Eduardo Mendoza: “Es el poso de la historia el que ha formado este barrio y el que ahora lo nutre con sus polluelos, uno de los cuales, dicho sea de paso, acaba de chorizarme la cartera”.

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