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Tendencia gastro

Los mejores NY Bagels de Barcelona se hacen cada día en Gràcia

Aquí se persigue la perfección del formato neoyorquino: crujientes por fuera, esponjosos por dentro

Descubre terrazas sin turistas en Barcelona

Las codiciadas piezas de Bagel Boy.

Las codiciadas piezas de Bagel Boy. / Instagram

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Òscar Broc

Òscar Broc

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Brendan se levanta cuando los gallos todavía roncan, a las 4.30 de la madrugada, y se sume con rigor castrense en el solitario ritual de elaboración de bagels. Para que la gente los disfrute y no te los arroje a la cara por chiclosos, hay que hacerlos cada día y regalarles muchas horas de sueño. En Bagel Boy (Torrent de l’Olla, 115) se toman muy en serio este panecillo toroide, cuyos orígenes se remontan a las comunidades judías de Europa del Este hace varios siglos, aunque todo el mundo sabe que Nueva York lo ha convertido en un icono internacional.

Y la perfección del formato neoyorquino es lo que persigue Brendan, que da forma a los anillos del día con sus manos y los hierve antes de hornearlos, para que adquieran la textura que exigen los férreos mandamientos del NY bagel: crujientes y resistentes por fuera, densos y esponjosos por dentro; una masa con cuerpo, sabrosa y capaz de soportar paladas de ingredientes.

La tienda dispone de un amplio espectro de bagels: clásicos, con sal marina, semilla de amapola, sésamo, o directamente con todo. Hay clientes que se los llevan a granel, a 2,5 € el bicho. Otros prefieren pedirlos en formato bocadillo, con opciones para todos los paladares como pastrami, verduras, salmón, queso crema o salchicha con huevo y queso.

No tomo prisioneros: que caiga el bagel con todo de bacon, huevo y cheddar. La cocinera es de Queens, NY, y su instinto le dice que tengo cara de queso crema, de modo que le añade una buena cantidad al mastodonte por aquello de que el chaval me coma bien. El bagel está escandalosamente bueno. Cuesta imaginar algo más pecaminoso para desayunar. El panecillo muestra una buena fermentación y resiste como un campeón los chorretones de huevo, las explosiones megacrujientes de bacon y la lluvia de quesos. Es un almuerzo portátil por unos más que razonables 9 €.

Pruebo también un bagel frío, porque la canícula me ha derretido hasta la foto del DNI. Lleva pastrami de la prestigiosa casa de ahumados Rooftop Smokehouse, xucrut de la no menos reputada Sants Ferments, queso y mostaza Dijon. Es un bagel contundente -no escatiman en producto- pero no se presta al sofoco. Mi organismo lo recibe dando palmas.

Brendan creció en St. Louis y vivió un tiempo en New Orleans, donde empezó a trabajar en una tienda de bagels y se ganó el alias de Bagel Boy. Su periplo vital le llevó a Ámsterdam, donde conoció a una menorquina con la que acabó asentándose en Barcelona. Aquí empezó elaborando bagels a pequeña escala, para amigos, y luego pasó a venderlos a través de Instagram. El proyecto tuvo tanto éxito que el siguiente paso fue abrir un espacio con obrador propio en Barcelona. Lo de convertirse en el gran referente bagelero de Barcelona no lo decidió él, sino su clientela, una curiosa mezcla de locales y americanos. De hecho, estos últimos celebran con efusividad la excelencia del producto, lo he visto con mis propios ojos.

Una de las claves de semejante éxito es que en Bagel Boy se antepone la calidad a la cantidad. Brendan no toma atajos y es consciente de las limitaciones del espacio, por eso fabrica un número cerrado de piezas, entre 200 y 300 dependiendo del día, y cuando se terminan, se baja el telón. No son pocas las veces que cuelga el cartel de 'sold out', de modo que cuanto antes vayas, mejor.

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