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Equipaje gastronómico

Nos vamos al pueblo: prepara las vacaciones sin salir de Barcelona

Dos restaurantes de la capital catalana donde comer como en la fonda más rústica y tradicional de la niñez

Vista del comedor de Tramendu Braseria de la Bordeta

Vista del comedor de Tramendu Braseria de la Bordeta / Òscar Broc

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Òscar Broc

Òscar Broc

Barcelona
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Leed esta columna con la música de Verano Azul en la cabeza. Las vacaciones en el pueblo son un clásico español. Agosto todavía no ha llegado, pero para matar los nervios pre-partida, siempre podrás hacer una inmersión pueblerina por la vía del gaznate. Barcelona, por muy cosmopolita que sea, sigue teniendo reductos que reivindican el factor masia sin complejos.

Por eso voy a Tramendu Braseria (Parcerisas, 11). Cuando cruzas el umbral, la ciudad se desintegra y tu cerebro hace un clic: estás en un restaurante de pueblo, una masia imposible en el territorio de la Bordeta. Nada más lejos de mi intención caer en el topicazo de la cocina de la memoria, pero es el restaurante de Barcelona que más me recuerda a la fonda en la que comía cuando veraneaba en el pueblo de mi padre, en los Pirineos.

Los aromas, el crepitar de la parrilla, el alioli servido en un pequeño mortero amarillo, los manteles de cuadros, las sillas de madera y esparto, las lámparas de hierro, el ladrillo a la vista… Esto es la escapada definitiva. No me parecería extraño que ahí fuera, en el asfalto de la calle Parcerisa, apareciera un rebaño de cabras o el timbaler del Bruc.

Judías con panceta, alioli y caracoles de Tramendu Braseria

Judías con panceta, alioli y caracoles de Tramendu Braseria / Òscar Broc

Pero todo esto no tendría sentido si la comida no fuera buena. Y vaya si lo es. La brasa acaricia casi todo el producto y las sorpresitas se quedan en la puerta. Cocina catalana de pueblo, sin trampas, lo de siempre con un extra de calidad, con raciones bravas y un nivel de placer altísimo.

Visité Tramendu Braseria cuando hacía poco que habían abierto y, tres años después, la máquina está perfectamente engrasada. Judías con panceta, uno de esos platos de los que no sales. Bacalao a la llauna: picante, con la piel ligeramente crujiente, al punto perfecto, uno de los mejores que he comido en Barcelona. Caracoles a la llauna que se comen como si fueran palomitas en una de Spielberg. Y el plato que uno no puede perderse: careta de cerdo a la brasa, apoteosis de gelatina porcina: la declaro desde hoy patrimonio cultural inmaterial de Sants-Montjuïc.

Una taverna "com Déu mana"

En las alturas de Gràcia, también puedes ir al pueblo. Con 40 años recién cumplidos, Cal Boter (Tordera, 62) sigue siendo la referencia del barrio en lo que a comida de taverna catalana se refiere. Aquí se desayuna “com Déu mana”: una tortilla, un plato de chup-chup, unos huevos fritos, una butifarra, un cap i pota... Todo entra como agua del Carmen en un santuario que borda la casquería, los guisos populares, los caracoles y las carnes. Su menú del día es uno de los secretos mejor guardados de Gràcia. Otro enclave que parece vivir en una dimensión ajena a los bandazos gentrificadores que está sufriendo el barrio. ¡El pueblo para el pueblo!

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