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Plan 'low cost'

Pícnic en la playa por 3 euros: estas son las pizzas más virales de la Barceloneta

Las redes se han llenado de 'reels' presumiendo de pizza barata en la arena. Cajas individuales a precios de risa cerca de la playa en Barcelona

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Pícnic en la playa con una caja individual de 081 Pizzeria Napoletana.

Pícnic en la playa con una caja individual de 081 Pizzeria Napoletana. / O.B.

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Òscar Broc

Òscar Broc

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Solo hace un cuarto de hora que han abierto, pero el local ya está lleno de retoños que vapean como si fueran locomotoras y comentan el último capítulo de 'Euphoria'. Me siento como Joe Biden en un concierto de Charli XCX, pero mantengo el tipo. Casi todos son turistas semidesnudos que pasan el día deambulando por la playa. Alzan sus 'smartphones' de última generación para grabar al pizzaiolo y esperan pacientemente a que aparezca su cajita humeante. Estoy en 081 Pizzeria Napoletana (Andrea Dòria, 12), la pizzería más viral de la Barceloneta… y tengo la sensación de que esta casa ha dado en el maldito clavo.

081 ha sabido sacarle partido a su cercanía con la playa, a escasos cinco minutos del mar, y se ha inventado unas pizzas individuales a precios de risa para que la gente pueda comérselas en la arena. La Marinara cuesta 3 € y la Margarita, 3,50 €: unas cifras imposibles en tiempos de inflación que acercan la experiencia napolitana a todos los bolsillos. De ahí que la juventud se vuelva majara con la propuesta y culmine la experiencia con el obligatorio 'reel' luciendo palmito en la playa, pizza en ristre.

Delante del horno, la actividad es frenética. La cadena de producción de pizzas individuales no cesa. La rapidez es un factor decisivo. Las cajitas salen a toda velocidad mientras los clientes apuran sus refrescos y observan con lascivia la vitrina de dulces italianos —'cannoli' y tiramisú, presentes, faltaría más—. Intento imaginar cómo estará esto en pleno verano, a la hora de comer, y me entran escalofríos. Pero la máquina funciona: no tengo que esperar demasiado. En cuestión de diez minutos ya tengo mi pizza en las manos, una Margarita a la que no le encuentro ninguna pega. Al contrario: me parece de una calidad destacable si no pierdo de vista el marco de las tres monedas de euro.

Masa hidratada, esponjosa, ligeramente crujiente en los bordes. Bien. Salsa de tomate con sabor marcado y mozzarella untuosa. Bien. La pizza da para cuatro porciones que sacian. Decido seguir el ritual de llevarme la caja a la playa y puedo entender por qué los turistas se pirran por la experiencia. El hambre playera acentúa todavía más el umami del tomate y la mozzarella; la masa aguanta bien las acometidas del calor y, para qué negarlo, me entrego por completo al placer de devorarla mientras contemplo el trajín de bañistas, socorristas, vendedores de helados y carteristas. Me mimetizo con los británicos que tengo al lado y adquiero su mismo color de piel, a medio camino entre la gamba de Palamós y el carabinero gaditano. La semana que viene volveré a 081 para reclamarles la factura del aftersun.

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