Bocados 'delicatessen'
El mejor menú degustación de atún rojo de Barcelona
En este restaurante se alcanza el nirvana atunero. La Tunateca Balfegó estrena dos nuevos menús con los que saborear los mejores cortes del atún
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Una de las 'delicatessen' de la Tunateca Balfegó. / Instagram

Fui a Tunateca Balfegó (Diagonal, 439) cuando acababa de subir la persiana, hará unos 9 años. Y ya lo cantaba Sole Giménez: cómo hemos cambiado. Poco queda de aquella carta ahora. Las largas cortinas —me encantan las cortinas— y los guiños estéticos al mar siguen ahí, pero la cocina se ha movido con mucha elegancia a una dimensión superior. La ambición: que el cliente alcance el nirvana atunero.
En la Tunateca solo hay ojos para un protagonista: el celebrado atún rojo de Balfegó, una escudería familiar (quinta generación de pescadores) que captura los atunes y los alimenta con pescado azul en sus instalaciones acuícolas, en Ametlla de Mar. El resultado es un bicho majestuoso, con la carga de grasa que los adictos a este pescado exigen. Se aprovecha prácticamente todo el pescado, que se disecciona y despliega con mano de ducho 'itamae' en los dos nuevos menús degustación, pergeñados por la chef ejecutiva Alejandra Ormeño; dos miradas distintas para disfrutar de los mejores cortes del atún y conocer también esas partes que no salen en los titulares.
Uno de los menús se llama Contrast (100 €) y sitúa el atún rojo en un desfile de formatos que viajan por la cocina occidental. El carpaccio de otoro con vinagreta de jamón es una de las cosas más delicadas y placenteras que se han paseado por mi lengua en mucho tiempo. No obstante, me decanto por el otro menú: se llama Kigen (115 €) y se ciñe a la tradición japonesa. ¿Quién puede resistirse a una exhibición de pureza nipona con semejantes túnidos? Yo no, eso seguro.
Los entrantes parecen joyas. El cilindro de alga nori con tartar de atún y emulsión de erizo de mar es un bocado euforizante. El diamante de kamatoro (un corte graso e inusual, apreciadísimo) es un hábil juego de texturas entre el crujiente de la base traslúcida y la grasa del corte. El sashimi que le sigue es didáctico —presenta tres partes nobles del atún— y lo mejor es que luego llega la misma secuencia, pero en formato nigiri: nada que envidiar a las grandes barras de 'sushi' de Barcelona. El festival arrocero culmina con los fuegos artificiales del temaki de tartar de atún con miel de miso y puerro crujiente. Extraordinario también.
Y la cosa comienza a salirse de madre con el chawanmushi de otoro ahumado con caldo de shiitake; 'grosso modo', un flan salado que combina lo mejor del mar con un puntito de montaña. Le siguen unos cortes finísimos de atún, a modo de preámbulo para los platos 'fuertes'. El primero, una carrillera de atún confitada en curry de kabocha, que reconforta después de los fríos y crudos. El segundo, una ventresca madurada y ligeramente braseada con fondo de espinas: suenan trompetas y bajan los serafines. En los postres, se impone el modo ligerito/fresco. Bien el sorbete de lichi y mejor la pera al sake. Y en la copa, sake Sugoi: tan catalán como la Moreneta y tan japonés como Ultraman. El 'crossover' perfecto para el que, para mí, es el menú degustación de atún rojo definitivo. Que suban las apuestas.
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