Conos adictivos
Las mejores patatas fritas de Barcelona para comer por la calle
Finas, doraditas, crujientes, adictivas, como las que te hacían en casa cuando eras un renacuajo. Recupera el ritual de comer patatas fritas recién hechas por la calle
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Patatas de Las Fritas. / Instagram

El otro día me comí unas patatas fritas antológicas en el restaurante Veracruz (Mallorca, 321), que te las pone cortadas a mano, rubias, sabrosas, como las que te hacían en casa cuando eras un renacuajo (3,30 € la ración). Es una pena que no te las puedas llevar en un cartón de paseo, pienso que no deberíamos perder el ritual de comer patatas fritas recién hechas por la calle.
A ese placer se ha dedicado Las Fritas (Argenteria, 70/ P. Joan de Borbó, 12) los últimos trece años. Si tienes un antojo de papas, los dos dispensarios de esta santa casa disponen de toda la artillería imaginable. Solo hacen patatas fritas de calidad, recién hechas, cortadas a ojo, con una corteza crujiente y un interior bastante ligero. Saben a patata, no a engendro congelado. Y se pasan el juego cuando proponen toppings locos: pimientos del padrón, roquefort, chili con carne, huevo frito, jamón ibérico... Y no olvidemos las salsas caseras: la lista es interminable. El cono pequeño con una salsa marca unos aceptables 3,90 euros. Y hay un enorme cubilete a la venta no apto para nutricionistas impresionables (9,10 euros).
Si tu economía no te permite grandes dispendios en obstrucción de arterias, siempre puedes dejarte caer por el Raval y visitar Bocatas de Sultán (Joaquín Costa, 56), una capilla en la que se producen milagros. El legendario sultán vende unos conos escarlata de patatas low cost que se ha convertido en imagen corporativa del Raval profundo. Cada unidad cuesta 1 euro, una cifra imposible que cuesta entender en pleno 2026. La juventud adora este producto y adora a su impulsor: es imposible entender las patatas del Sultán sin el sultán.

Davood Tiri, el Sultán de las patatas, posa con uno de sus famosos conos frente al mostrador del Raval. / JORDI COTRINA
Más patatas, pero ahora en formato chip. ¿Es posible encontrar una bolsa de chips artesanas superior al producto más refinado de churrería? Y tanto. En Ultrapaninos Marín (Balmes, 189) se atreven con todo y su filosofía radical de fabricación casera se extiende también a sus chips: finas, doraditas, crujientes, adictivas, hechas con demasiado amor y un punch de sabor en boca que sorprende.
PD: No se pueden comer por la calle, pero creo que todo rastreador de patatas fritas debería tener en mente el restaurante L’Entrecôt (Pau Claris, 142). Solo sirven un plato, entrecot de lomo con salsa secreta. Y de acompañamiento, ensalada para disimular y, oh, patatas fritas infinitas. Tal cual. Puedes pedir la cantidad de papitas que te dé la gana, una fuente de la eterna diabetes en la que seguramente querrás bañarte hasta explotar.
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