El glorioso microbar donde la noche se adelanta unas horas
El rincón de los Jesus and Mary Chain y las cañas bien tiradas es una rareza en el Eixample actual
Nou que te quiero Camp Nou, por Miqui Otero
Escribir como Balzac en Barcelona

El microbar April Skies tiene una clientela más que fiel, casi familia / Miqui Otero

A menudo me paro en un chaflán cualquiera del Eixample (mi mirada abarcando tres Vivaris, dos 365, un Obrador y siete tiendas de carcasas de móvil) y sollozo. Entonces pongo mis brazos en cruz y, con la cara implorante de un nazareno con problemas digestivos y sentimentales, entorno los ojos y chillo: ¿De verdad es tan imposible encontrar un maldito bar en esta ciudad donde darle un sorbo a una cerveza bien tirada mientras suena un temazo de guitarras de tres minutos?
En realidad, hay un poco de sobreactuación en esa escena, porque sí conozco un lugar. Llevo tiempo pensando en si escribir sobre este bar, porque es pequeño y no querría perder taburete. Pero ahí va: se llama April Skies, en Rocafort con Avinguda Mistral.
Estamos ante uno de esos bares minúsculos (en metros cuadrados) y enormes (en solaz). El ventanal al lado de la barra, los barriles exteriores y los taburetes interiores hacen de este glorioso cubil un lugar abierto a la calle y, por tanto, al barrio. Su nombre, título de una canción de los Jesus and Mary Chain, ya da algunas pistas. Aquí no te podrás comer unas bravas radiactivas ni empapuzarte de gintonics con hortera copa de balón. Aquí la consigna es clara: cañas pluscuamperfectas (de esas con espumoso tupé, uno de los déficits en esta ciudad) y caña de canciones de indie guitarrero, con especial gusto por el de los últimos ochenta y los noventa (a volumen perfecto para escuchar bien los temas, sin llegar a sabotear la charleta).
El April Skies es uno de esos microbares encantadores con aforo para un puñado de amigos o, visto de otro modo, para que puedas hacerte amigo de los que caben. Una mezcla perfecta entre los pubs que proliferaban en cualquier ciudad o pueblo hace unos años, los bares miniatura del Golden Gai de Shinyuku en Tokio y las bodegas de barrio de toda la vida.

April Skies, rincón de los Jesus and Mary Chain y las cañas bien tiradas, es una rareza en el Eixample actual / Miqui Otero
Es uno de esos bares quiosco donde el camarero huele el aliento y escucha las penas y los alegrones de sus clientes. Detrás de su barra, está Enric, un tipo encantador que pregunta por la salud a los vecinos de edad más provecta y que charla de música con los fans de los discos, además de guardar (de momento) un par de juegos de llaves vecinales (el mítico Rafel, de la vecina Bodega homónima, llegó a tener un cajón lleno) y de haber estado en casa de muchos de sus parroquianos más fieles. De hecho, de una de las paredes cuelga una placa conmemorativa de un cliente muy querido que falleció en las primeras semanas del Covid. Un bar de verdad, en definitiva, y no un parking por horas de la hostelería sacacuartos.
Un bar musical sin nocturnidad
Hablando un rato con Enric uno se da cuenta de que este bar es, en realidad, como una habitación o una carpeta adolescente: un lugar hecho con Las Cosas Que Le Importan, los grupos que lo marcaron, las pasiones que aún tiene. Se hizo con la licencia cuando este rincón era solo una cafetería de croissant y café. Mantuvo ese horario un tiempo, pero colgó fotos de los Pixies o los Primal Scream y empezó a abrir también por las tardes. En esa época él ya habitaba la mediana edad (según Lord Byron, la peor de las edades medias, pero no siempre si se lleva con dignidad). Había estado organizando rutas en buggy o regentando el bar del hotel o el chiringuito piscinero de Torroja del Priorat, el pueblo de su madre. Pero tocaba volver a la ciudad, así que pensó en el típico bar musical. Sin embargo, el cuerpo no le pedía tanta noche, así que le dio a la ruedecita del reloj y adelantó la noche unas horas.
Por eso abre solo (aproximadamente) desde las siete hasta las diez y algo (horario algo más extenso en fin de semana). Es el lugar donde tomar una birra después del trabajo y antes de la cena, pero también sirve para desprecintar el finde y hacer la previa de un concierto. Por eso no se sirven licores. Es un lugar de brindar con cerveza, como bebida y, a menudo (glups), como cena (mis amigos solían decir que la cerveza no es comida, pero sí cena).
Y ese es el rincón desde el que Enric ve pasar el mundo y al que nos invita. Con lámparas de techo de baquelita verde, luces tenues, proyecciones de videoclips, números de loterías con el año de fundación del Barça, algún póster del barrio de Sant Antoni o de una película de Antonioni, y portadas de los Cult, Sonic Youth o, sí (el nombre manda) de los Jesus And Mary Chain. Un sitio oscuro y luminoso, celestial, donde las birras que entran y las charlas que salen saben “just like honey”.
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