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Conde del Asanto

A la fresca en la fábrica de cervezas más berlinesa de Barcelona

Un concierto singular en una nave de la Verneda me llevó a una terraza secreta en el Poblenou industrial

Patio de la cervecería industrial Almogàver del Poblenou

Patio de la cervecería industrial Almogàver del Poblenou / Miqui Otero

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Miqui Otero

Miqui Otero

Barcelona
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Levanto la mirada y leo: “No corras, que la prisa mata. O por lo menos corta un dedo”. Y también, justo al lado: “Si te alegra haber encontrado la herramienta en su sitio, alégrale el día a otro”. E incluso: “Recuerda que si parece peligroso, probablemente lo sea”.

No estoy cascando galletas chinas en un restaurante oriental y dejándome aconsejar por sus mensajitos. Ni frente a una estantería con tazas de mensajes motivacionales ornadas con unicornios. Estoy, en realidad, en una nave industrial. No es que quiera proponerte como plan ideal para combatir el calor infernal el trabajo veraniego en una cadena de montaje. De hecho, no soy de los que piensan que, en fin, “el trabajo os hará libres”. Estoy en una nave industrial, sí, pero de esas que se reutilizan para organizar conciertos autogestionados en los márgenes de la típica programación de esta ciudad. Pero, de algún modo, los mensajes que desde las paredes aconsejaban cautela y orden a sus operarios, sirven para la música que aquí escucho.

He venido a la zona de la Verneda para ver el concierto de Adrián de Alfonso, un amigo que desde hace un tiempo se exilió en Berlín, pero que cada vez que vuelve a tocar a Barcelona nos cita en algún lugar al que probablemente (el barcelonés es un animal de costumbres, bebe siempre en las mismas cuatro fuentes céntricas) no habría ido. Y lo que toca Don The Tiger (ese es su nombre artístico) junto a Arnau Sala (antaño compinche musical hoy reencontrado) es una música que mezcla ruido y bolero, atenta siempre al accidente, resistente ante la idea de lo demasiado convencional, sin miedo al peligro sonoro.

Así que apurando latas y manejando abanicos y poniendo la cara en los ventiladores, asistimos a este bolo en una nave industrial de la Verneda sin saber que, además, el post del concierto se celebrará en otra fábrica.

Concierto de Don The Tiger junto a Arnau Sala en la Verneda

Concierto de Don The Tiger junto a Arnau Sala en la Verneda / Miqui Otero

Nada más acabar, y antes de recoger sus cachivaches, Arnau emplaza a los presentes a seguir en Almogàver, en la calle Binèfar, 19. Cuando nos acercamos, escuchamos una algarabía dispersa como de cambio de turno en la fábrica o de bis de concierto. Porque el caso es que esta cervecería es, también, una fábrica de cerveza. En 2.000 metros cuadrados han montado su marca de néctar dorado, con una de esas retóricas inflamadas ante las que asientes, pero a partir del tercer vaso: “Cada cata es un acto de inconformismo y libertad”, dicen en la web.

Pero el secreto que les quiero confiar, para poder sobrevivir en esta ciudad convertida en horno industrial, es su terraza o jardín interior. Un espacio amplísimo, parcheado de sombras, donde poder libar alguno de los líquidos mágicos que manan de sus 14 tiradores de birra. No enumeraré los tipos porque son los habituales, pero lo no tan habitual es un espacio al aire libre (aunque a menudo techado) tan magnífico como este.

De hecho, y quizá en honor a Adrián, ya demasiado berlinés para lo que nos gustaría a sus amigos y seguidores barceloneses, es un lugar muy berlinés. O balcánico. Con un nombre bélico (almogávers eran esas tropas de choque de la corona en el siglo XIII) y un punto soviético (todo es funcional, cómodo, sólido, aquí).

Hasta la carta de comestibles se ha contagiado. Una hamburguesa, por poner un ejemplo, lleva por nombre Venjança catalana. Hay también empanadas, croquetas y milanesas (y una de ellas se llama inevitablemente messilanesa).

Pienso, ante la segunda pinta, en la resignificación de estos sí lugares en barrios y calles fabriles que habían muerto. Una sala de conciertos, una macrocervecería. Pero con la tercera, quiero recordar a mis compañeros de mesa la importancia de la birra. En un tour balcánico sobre el asedio de Sarajevo, el guía nos contó la historia de cómo esta bebida (o la fábrica donde se hacía) salvó muchas vidas. Con los serbios encastillados en las colinas y apuntando hacia abajo, los habitantes de Sarajevo se jugaban la vida por un trago de agua. La del río estaba contaminada. Así que la única forma de poder beber H2O sana era atreverse a coger cubos en el río, salvando balas y peligros, pero luego llevarla a la fábrica, donde depurarla con los filtros con los que, antes de la guerra balcánica, se facturaba cerveza. El escenario barcelonés de este verano no es tan épico, ni por suerte tan decisivo, pero sí tiene un punto infernal. Quizá no te salve la vida, pero una birra en la terraza del Almogàver sí puede ayudarte a sobrellevar el mes.

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