Conde del Asalto
El secreto del cine más pequeño de Barcelona
Tiene el mérito no solo de ser el primer videoclub de España, sino también, a este paso, de acabar siendo el último que quede en pie

Un fotograma de la película '¿Quién engañó a Roger Rabbit?' en Video Instan / Miqui Otero

Quizá la clave que aprendimos de esta película es que si te siguen en coche los malos puedes coger la línea de la carretera como si fuera de esparadrapo y dirigirla hacia un muro para que tus perseguidores se estampen. Es decir, inventar algo nuevo porque, a veces, los malos están acostumbrados a hacer siempre lo mismo: seguir por el carril.
Acaba ¿Quién engañó a Roger Rabbit? y pienso que eso es exactamente lo que ha sabido hacer el videoclub donde la acabo de ver. El Video Instan (ahora en Viladomat, 239; antes, en Enric Granados; mucho antes, en Comerç) tiene el mérito no solo de ser el primer videoclub de España, sino también, a este paso, de acabar siendo el último que quede en pie. ¿Cómo? Pues porque ha sabido mantener su fondo de 45.000 pelis en tiempos de streaming amnésico, porque se ha reconvertido casi en centro cultural y en punto de encuentro, porque, además, tiene una magnífica salita de cine de 30 butacas que puedes alquilar para ver tu peli favorita con tus amigos o tu familia. Es decir, por un día ser Scorsese pasando sus hits a sus colegas en casa. O Ronald Reagan, que por lo visto pedía siempre ver Regreso al futuro (tenía un cameo) en la sala privada de la Casa Blanca.
En realidad, me ha citado aquí un matrimonio de amigos. Ella cumple años, aunque en realidad es de esa gente que crece, pero no se hace mayor (es decir, es uno de esos adultos que no silencian al niño que fueron). ¿Un ejemplo? Cuando se casaron por lo civil, la marcha nupcial fue el tema principal de la banda sonora de Jurassic Park. Así que aquí estamos, en el minicine del Video Instan, niños y adultos que lo son aún siempre que pueden. Y, me temo, los segundos no recordamos tanto la trama como el asombro ante determinadas escenas (como la que abre este texto), pero también dónde y cuándo vimos por primera vez la peli del conejo loco y del detective dipsómano, esa parodia impagable del género detectivesco que mezclaba (y agitaba, como lo hace el cerebro infatil) dibujos animados e imagen real.
En mi caso fue en el Cine Urgell, una sala imponente que estaba justo en el interior de mi manzana y que ahora (como casi todo) es un supermercado. Yo tenía unos siete años, así que me acompañó mi padre, que solía dormirse en cada película. Sus ronquidos eran polisémicos: significaban una cosa u otra según la peli. En Indiana Jones III, por ejemplo, eran el motor de la avioneta biplaza y del sidecar en los que iba Harrison Ford con Sean Connery, su padre. En el caso de La loca academia de policía, sus solos de ronquidos a lo free jazz iban a ritmo con el beat boxing del agente que hacía sonidos y ritmos con la boca. ¿En el de Roger Rabbit? Pues eran tan excesivos como los de un dibujo animado. Cuando salimos, me impactó que, pese a haberse sobado durante todo el metraje (tradición que homenajeo yo ahora con mis hijos: ponemos una peli y duermo la siesta), recordó la sabiduría de determinada línea de diálogo: “Yo no soy mala, es que me dibujaron así”. “Casi todos los malos tienen alguna razón para serlo”, me dijo, ante una caña y un Trinaranjus de naranja. “Pero no tenemos por qué aguantarlos”, añadió.

Miles de DVD en Video Instan, ahora en la calle Viladomat, 239 / Miqui Otero
Así que recuerdo esa sentencia, la escena de la línea de esparadrapo y los ronquidos de mi padre mientras veo otra vez la peli unas cuatro décadas después. Me gusta que sea en este videoclub gigante y más aún en su sala de cine diminuta. En parte porque lo abrió un matrimonio que se dedicaba al negocio de las fotocopias (de ahí el nombre) en 1980, justo el año que yo nací. Pero sobre todo por los mil trucos e ideas que han tenido para librarse de la persecución de los que podrían haber acabado con ellos, fueran especuladores inmobiliarios o grandes plataformas de streaming.
Cuando acaba la peli, tomamos una birra en la cafetería del Video Instan. Comentamos la peli y la vida. Ver tus pelis favoritas en este cine privado es el sueño futurista del niño que fuiste y la siesta (el descanso de la idea pringosa de presente) que el adulto merece. Además, sucede algo curioso: la ves en distintas épocas a la vez. Yo, por ejemplo, la he visto en el Video Istan en 2026, a la vez que me sentía en el Cine Urgell (sin ronquidos) en 1988, pero también en el sofá de polipiel de mi casa unos años después, cuando la alquilé en VHS. En el bar de este videoclub invencible, brindamos por los años de mi amiga, por los que cumple ahora y por los que cumplió hace años. Y, también, me temo, porque existan sitios así. No me quito el olor de palomitas (de felicidad) en horas.
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