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Conde del Asanto

Un café a lo Panenka en el bar donde beben los que más saben del Mundial

Los redactores de la revista Panenka no desayunan en una cafetería de especialidad de lujo, sino que acuden asiduamente a un bar de barrio de la Travessera de Gràcia

El bar Malabar de Travessera de Gràcia, meca de los redactores de Panenka

El bar Malabar de Travessera de Gràcia, meca de los redactores de Panenka / Miqui Otero

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Miqui Otero

Miqui Otero

Barcelona
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Si bien estoy convencido de que los escribas de la revista Panenka están tan furiosos como yo con la pausa de hidratación del Mundial (ese secuestro del juego con coartada refrescante, ese artero eufemismo para manchar el balón con publicidad), también sé que como cualquier periodista son muy de parar en bares para hidratarse. Así que, en semanas de maratones futboleras, se impone saber dónde lo suelen hacer.

Los cenutrios que critican a este sanedrín del balompié, la revista especializada que ha sabido ver la vida inteligente en el planeta verde y la pena máxima más allá del penalti, los suelen tildar de esnobs, de intelectualoides, de poetastros con tacos. En esa imagen mental, los panenkitas, porque así se refieren despectivamente a ellos (nietos de Talese, hijos del gran Segurola) y a sus seguidores, harían su pausa matinal en una cafetería de especialidad. Allí, con el meñique enhiesto, beberían café de Etiopía (selección que, sin duda, verían competitiva gracias a su lateral derecho, “un puñal”) con perfil aromático de bergamota y dulces notas afrutadas. Pero el caso es que los responsables de la mejor revista futbolera en realidad cada día se toman un café con leche de media tabla en un bar de barrio regentado por un matrimonio chino.

Un bar, eso sí, espacioso, aseado, eficiente, perfecto en su vocación: sobrio en el corte, preciso en el pase. Al fin y al cabo, alguien que solo visita cafeterías de especialidad es el equivalente de Florentino Pérez en el mercado: va a por lo mejor del mundo y lo paga demasiado caro. Sin embargo, Panenka sabe que aquel lateral derecho de Uzbequistán la toca bastante bien y que el camarero del Malabar es como aquel otro mediocentro defensivo de la UESA: no corre, pero entiende el juego, así que siempre entrega a tiempo y se adelanta a la jugada o a la comanda.

El Malabar (Travessera de Gràcia, 264) es uno de esos bares con juego de palabras en el nombre, algo que siempre se agradece (mi favorito era Bar Varela, por la heroína galáctica, y el de una de mis novelas se llamaba Bar Aja). Del nombre solo queda el dibujo de un oso con tutú que hace equilibrios con tres bolas sobre un monociclo desde una de las paredes y también la proficiencia equilibrista con la bandeja de sus dueños.

La antigua redacción de Panenka, en alquiler sobre el bar Malabar

La antigua redacción de Panenka, en alquiler sobre el bar Malabar / Miqui Otero

Carmen y Juan, porque así se llaman desde que vinieron a Barcelona, cogieron el Malabar hace unos años. Antes lo llevaba un tal Albert. El arroz 'de muntanya' cedió su lugar en la alineación al 'tres delicias' de forma armoniosa. La primera redacción de tu revista de fútbol favorita estaba justo encima de este bar. De hecho, cuando les entraba la gazuza no había que bajar a mirar la carta ni escanear ningún QR, porque sabían perfectamente qué habría en el plato olisqueando los sofritos que cuajaban abajo.

Ahí han celebrado el cumpleaños 40 de uno de sus subdirectores, han vibrado con finales de la Copa del Rey y se han colmado de carbohidratos engullendo yakisoba los días de resaca tras alguna cena navideña. Gracias a su devoción por este bar, incluso les han robado: una vez bajaron a la pausa cafetera de hidratación y, cuando subieron, unos cacos (acaso fans de Manolo Lama) les habían sisado los macs.

Sus dueños habrían sido muy del agrado de Cruyff, que se jugaba pasta con sus estrellas a que no marcaban tres goles y cuando éstas (fuera Hristo o Romario) llevaban dos los cambiaba y les decía: “Me debes 100.000 pelas”. Porque por lo visto, Juan y Carmen llevan a cabo una maniobra asombrosa. Siempre que suben unos céntimos el precio del café, deciden hacer pasar el mal trago con algo de dulce. El día de la subida obsequian a sus panenkas con una galletita. Es un lujo exclusivo del día de estreno, del debut del nuevo precio. Al siguiente, no hay rastro de galletita. Pero nuestros futboleros favoritos siguen fieles al local, adoran a sus dueños, les reclaman bizcochitos medio en guasa y les juran fidelidad. Marcel Beltran, por ejemplo, eligió a Juan para que le cediera el primer piti tras cinco meses sin fumar (y ya sabemos cómo se fortalecen los vínculos cuando vuelves de lesión). Al fin y al cabo, el bar de enfrente es el que suelen frecuentar los guardias civiles. Y los panenkas son del orden, claro, pero también de la aventura.

Recuerdo que una vez entrevisté a Johnny Rotten, líder de los Sex Pistols, y me dijo que el fútbol real había acabado cuando alguien en la grada había proferido al aire el sintagma “falso nueve” (también me confesó que algún día demandaría por robo intelectual y derechos de imagen a Neymar Junior y a todos los futbolistas que se paseaban por el campo con su cresta y tinte). Yo siempre bromeo con que estoy de acuerdo con él: veo fútbol precisamente para ser un niño acrítico, entusiasta, melodramático, intuitivo, que elige a los jugadores por cómo la pisan más que por cómo la chutan y a los equipos por el color de la camiseta.

Alardeo de ser básico y emocional, vaya. Pero no debe de ser tan así, porque adoro los análisis geopolíticos futboleros de Panenka, sus reportajes con carga profunda y sus filigranas narrativas. Quizá por eso soy ese padre panenkita: pego con mi hijo los cromos Panini con un Atlas infantil y una bola del mundo en la mesa. Y quizá por eso no descarto en ningún caso visitar de nuevo el Malabar para brindar con un café, o una caña, y darme un abrazo de gol con alguno de sus redactores. Compartir alguna pausa. Comentar que correr es de cobardes. Coincidir en que adoramos a Sócrates (al brasileño: el futbolista democrático, el filósofo con un guante en el pie) porque sabía marcar los penaltis sin moverse del sitio, como queremos hacerlo nosotros cuando tecleamos.