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Vista de turistas en Marsella, con menos impacto que en Barcelona

Vista de turistas en Marsella, con menos impacto que en Barcelona / Miqui Otero

Miqui Otero

Miqui Otero

Barcelona
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Vamos a ver, pienso, mientras paseo por Marsella: en estos momentos soy un turista, así que debería desear lo que se supone que desean los turistas cuando pasean por mi ciudad. Beberme un chupito de Jagger (o de pastís) por el ojo derecho, tirarle fotografías a las marquesinas de bus y a los aborígenes, encasquetarme una polla de globo en la cabeza para simularme en una despedida de soltera y pasearme sin camiseta para, a renglón seguido, buscar una camiseta. ¿Por qué entonces no siento la pulsión insoslayable de comprarme una donde ponga I Love Tits?

Así que me impongo ese deseo, tal y como alguien intenta convencerse en enero de que cenar verduras con una copita de agua es un planazo para un viernes. Paseo por el barrio de Le Panier buscando una de esas camisetas omnipresentes en la Rambla y en el Raval. Una de esas obras de arte con frases inteligentísimas estampadas en la pechera: I love Milfs, Pablo Escobar, My friend is gay, I Love Tits. Pero el caso es que no las encuentro. Deberían estar aquí, porque este barrio de Marsella, antaño ocupado por la famosa mafia de la heroína, y hoy coquetamente saneado y lleno de turistas, solo está dispuesto a ofrecerme museos de petanca, tiendas de artesanía donde venden cestitas y bolsos Birkin y comercios de jabón de, ejem, Marsella (aquí fue donde se inventó el jabón con un 72% de aceite de oliva, el que conocemos). Otra gentrificación es posible, parecen decirme los portales.

Arte urbano en un barrio turístico de Marsella

Arte urbano en un barrio turístico de Marsella / Miqui Otero

Mientras busco la camiseta horrenda que se supone que desean los turistas (¿por qué otra razón sino las ofrecen en el centro de mi ciudad?), descubro el barrio. Marsella es uno de los mayores puertos de cruceros del Mediterráneo. Recibe un millón de cruceristas. Está lejos de los tres o cuatro que encaja Barcelona, pero en realidad las dos ciudades guardan similitudes. En concreto, entiendo que Marsella se parece a Barcelona hace unos 25 años.

Por ejemplo, es una ciudad que cree (y defiende) el grafiti artístico como forma de expresión e, incluso, de inclusión. Este barrio acolinado está plagado de todo tipo de pintadas que colorean su callejero, cada rincón de sus pendientes empinadas. De hecho, descubro una enorme donde se lee La Belle Union y me entero, luego, que es una asociación que integra a la juventud (en ocasiones, marginada) a través de las pinturas, algunas más poéticas, otras más pop, otras de denuncia. Me recuerda a ese estallido de espray del Raval de los años 2000, donde en cada esquina veías un niño tiroteado obra de Lolo (por citar solo uno de los muchos artistas que trabajaban entonces).

Terraza de bar en una zona turística de Marsella

Terraza de bar en una zona turística de Marsella / Miqui Otero

No es el único rasgo. Suena el típico soul y funk trompetero que solía animar cualquier mercadillo o restaurante de tapas hace unos años. Y no se vende rancho de paella intragable, sino mejillones con patatas fritas o dignas hamburguesas.

Como no encuentro las malditas camisetas, me incrusto en una ruta turística que me cuenta el origen del nombre de este barrio (según algunos, viene de las cestitas de pan, porque desde lo alto dominaban los molinos donde se fabricaba; según otros, esas cestitas se ponían a la puerta de los burdeles, porque era el barrio donde estos proliferaban). Me meto en un museo de la petanca y descubro mi vocación: cuando regrese, asaltaré las pistas del paseo de Sant Joan y retaré a mil jubilados. Los vecinos adornan sus calles con macetas llenas de flores que los turistas respetan (en Barcelona no duran ni las adelfas y se vandalizarían hasta los cactus más venenosos). Así que, pese a haber muchos turistas, estos son los invitados y no los anfitriones, como pasa en nuestra ciudad. Descubro en Le Panier una ciudad visitada, pero no tomada ni conquistada (ni, por tanto, arrasada).

Arte urbano en un barrio de Marsella

Arte urbano en un barrio de Marsella / Miqui Otero

Tras cuatro horas de búsqueda de mi camiseta de I Love Tits, desisto. Compro unas pastillas de jabón y también una preciosa camiseta en el museo de la petanca, donde se lee: “Tu tires ou tu pointes?”. Es una frase típica en este juego, que ha calado como expresión para cualquier cosa en La Provenza. ¿Eres de los que tiran, de los que intentan jugar agresivamente y darle a la pelotita con la tuya y quitar al resto del medio para ganar a cualquier precio? ¿O eres de los que apuntan, de los que intentan simplemente acercarla con elegancia y prudencia? Es una pregunta que le podría hacer a mi ciudad: “Barcelone, tu tires ou tu pointes?”.

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