Algunos las ven como un requisito molesto que hay que cumplir en el trabajo, horas extras impagadas que harán que al día siguiente madrugar se convierta en un acto heroico; para otros es una ocasión de comer y beber gratis a costa de la empresa, hecho insólito que se da solo una vez al año; los hay también que aprovechan para acercar posiciones al compañero/a que les resulta atractivo/a y no faltan los que acuden al evento con un espíritu de reportero de revista del corazón y no pierden detalle sobre lo que pueda pasar para luego narrarlo, comentarlo y agrandarlo en sus corrillos a la hora del tupper.

Pero si tuviéramos una mentalidad más norteamericana, laboralmente hablando, empezaríamos a ver a estas reuniones como una oportunidad única para hacer lo que al otro lado del charco llaman networking, al mismo tiempo que uno se divierte. “Las cenas de empresa son una ocasión excelente para conocer mejor a los colegas de trabajo con los que no se tiene contacto directo, los mandos superiores y los jefes”, apunta Ernesto Poveda, economista, presidente de ICSA, empresa especializada en investigación, consultoría, headhunting  y sistemas y aplicaciones de recursos humanos, con sede en Barcelona.

“Todo esto, en un contexto relajado y desenfadado donde, además, uno tiene la posibilidad de enseñar su verdadera personalidad, su ingenio, su saber estar, su sentido del humor, cualidades que nos hacen sumar puntos”, continúa Poveda, “y eso no siempre es fácil porque, a menudo, las jerarquías laborales hacen que nuestras propuestas o comportamientos aparezcan ante los jefes tamizados por los mandos intermedios. Es pues un buen momento para acercarse y proponer esa idea o mejora que tenemos en la cabeza directamente al jefe, o conseguir una cita con él o ella para hablar con más tiempo del tema. No hay que presionar ni ser pesado, pero si la ocasión se presenta está bien que sepamos aprovecharla”.

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¿Las carga el diablo?

Ana (57 años, Madrid) periodista freelance, recuerda como un año la invitaron a la cena de empresa de una revista con la que colaboraba. “No era muy normal, pero lo hicieron y asistí. Allí pude conocer a la directora, con la que nunca había tenido contacto directo (hablaba siempre con la redactora jefe) y desde entonces mi situación cambió y me encargaron más colaboraciones, en parte porque ella me dio su email y me dijo que le mandara mis propuestas directamente a su correo. Visto con perspectiva, ahora entiendo que, seguramente, le caí bien a la jefa y apostó más por mí, pero porque me conoció en persona. La imagen que tenía de ella, a través de la redactora jefe, no se correspondía con la realidad y sospecho que muchas de mis ideas eran descalificadas, mucho antes de llegar a la directora, por este mando intermedio”.

Pero las cenas de empresa, además de ofrecer esa oportunidad de poder verse las caras, cumplen otra importante misión, según Ernesto Poveda, “la de crear un sentimiento de pertenencia a un grupo, humanizar las organizaciones y esto, aunque no lo creamos, repercute en el bienestar y el rendimiento de los trabajadores, que ven que su tarea tiene un sentido. Estas reuniones mandan siempre un mensaje a todos los que asisten a ellas y por eso es tan importante planificarlas detalladamente. No podemos negarnos a subir los salarios o a actualizarlos, con la excusa de la crisis, y hacer un fiestón en el sitio más caro de la cuidad. Al mismo tiempo, cada vez se tiende más a desterrar las mesas con asientos asignados y se busca el formato tipo cóctel, con un catering, donde los participantes puedan moverse libremente e interactuar con alguien más que con su compañero de mesa. Y también se apuesta por que haya música y actividades, como juegos”.

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Hacerse con un atuendo festivo-formal y olvidarse de los post en las redes sociales

Aunque se viva una situación incómoda o difícil en la empresa los expertos, como Poveda, aconsejan acudir siempre a la cena de Navidad; ya que negarse o buscar una excusa nos coloca en la posición de raros, insociables y descontentos con la compañía, a la que evitamos ver más allá de lo imprescindible (horas de trabajo). 

Es también aconsejable acudir con un atuendo festivo pero formal. Es decir, vamos a una fiesta pero del trabajo y el segundo punto debe pesar más que el primero. Especialmente en el caso de las mujeres. Nadie más partidaria que yo de los escotes y excentricidades, pero hay que tener en cuenta que éstos no siempre son bien interpretados ni bienvenidos, especialmente los primeros. Así que ante la duda, mejor tender hacia la elegancia y pulcritud clásicas, no vaya a ser que nuestro jefe/a no comparta los mismos gustos estéticos que nosotros (lo que, a veces, puede suponer un punto en contra). Otro dato importante es no aparecer, bajo ninguna circunstancia, con la misma ropa al día siguiente en el trabajo, ya que los cotillas interpretaran que no dormiste en casa y por eso no pudiste cambiarte. Si se te vio abandonar con alguien la fiesta, aunque luego cada uno cogiera un taxi para ir a sus respectivos domicilios, el rumor está ya servido.

Una regla de oro, que debería aplicarse a cualquier fiesta o evento en general, es la de no fotografiar o grabar a terceras personas para subir sus fotos o vídeos a las redes sociales sin su consentimiento. Pero desgraciadamente, cada vez que alguien se arranca a bailar y, sobre todo, si lo hace a conciencia y con entusiasmo, un sinfín de personas descubren, de repente, su vocación de paparazzi y empiezan a inmortalizar el momento. ¡Qué tiempos aquellos en los que uno podía hacer el ridículo en profundidad sin que quedara testimonio gráfico! En este caso, además, subir a Instagram la foto del jefe de departamento perreando puede tener graves consecuencias, no solo para el departamento sino para el ingenioso autor/a del post.

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Cuando las cenas trasmutan en fiestas salvajes: ligar con los colegas.

Pero, por un momento, olvidemos las cenas de empresa a la española, en un restaurante que, casualmente, es propiedad de algún familiar del jefe y visualicemos otras mucho más salvajes, que tienen lugar en la propia compañía, como la de la magistral película El apartamento (1960), de Billy Wilder.

Según revelaba un estudio llevado a cabo por la firma inglesa de lencería Ann Summers, realizado entre 2.000 empleados del Reino Unido, el 39% de los ingleses han tenido relaciones sexuales en alguna fiesta de empresa y, gran parte de los que no lo tienen, reconocen haber besado o hecho manitas con algún colega. Los que más ligan son, al parecer, los del departamento de informática (¡quién lo diría!), seguidos por los del área legal, recursos humanos, transportes y logística, finanzas, marketing, ventas y administración. En cuanto a los lugares donde llegar a mayores con los compañeros de trabajo, el aparcamiento y la sala de juntas son los más solicitados; seguidos del almacén, la cantina y hasta el propio escritorio.

En principio, eso de ligar con alguien de la empresa no está bien visto, por eso de que “donde metas la olla no metas la…”,  pero las maratonianas jornadas laborales, que ocupan las tres cuartas partes de la vida de un trabajador, han propiciado un carácter cada vez más permisivo con los affaireslaborales. Según el sociólogo francés, Ronan Chastellier, “la vida en el lugar de trabajo ha sido considerada durante mucho tiempo como una zona neutral, prohibida a los sentimientos y al amor. Francamente, en realidad es más como un bar o un club nocturno, un lugar que ayuda a que la gente se encuentre”, dijo a propósito de un estudio que Tissot Editions le encargó en el 2011 y del que se desprendió que los romances en la oficina era algo bastante habitual en Francia

Si todavía muchas empresas, sobre todo en Estados Unidos, incluyen cláusulas que prohíben los calentones y los amoríos en los despachos, empieza a no estar tan claro que este tipo de relaciones dañen a la compañía y a la productividad de los trabajadores. De hecho, muchos ya sostienen que las personas rinden más si tienen una aventura o un romance con un compañero. El trabajo deja de ser una maldición bíblica y se convierte en el nexo que une a la pareja, los lunes pasan a ser excitantes y las reuniones se convierten en una prueba en la que medir la capacidad interpretativa del otro/a. Pueden darse casos de rechazo a nuevas ofertas de trabajo, incluso mejor pagadas, por no alejarse del objeto de deseo, con lo que así, la firma evita la fuga de cerebros.

El psicólogo Andrés Calvo Kalch, director de la Clínica de Psicoterapia y Personalidad Persum, en Oviedo, con amplia experiencia en problemas laborales apunta, “cuando las personas hablamos de relaciones sexuales, a veces, parece que nos referimos a un acto meramente físico, pero no nos damos cuenta de las implicaciones emocionales que ello conlleva. No me refiero con esto a que siempre que exista una relación sexual deba haber amor de por medio, sino a la posibilidad de que exista otro tipo de emoción, motivación, anhelo. Como, por ejemplo, sentirse una persona más apoyada, más importante, más especial. Estas premisas deberían ser tomadas en consideración cuando tenemos relaciones sexuales con compañeros de trabajo. El sexo solo no existe, siempre viene acompañado de reacciones y sentimientos”.

Jaime (36 años, Madrid), tuvo una relación con una compañera de oficina durante año y medio. “Nunca se lo dijimos a nadie pero, al final, todo el mundo lo sabía; aunque nosotros procurábamos interactuar como dos compañeros normales, sin otra implicación”. Jaime recuerda que, en su caso, como en muchos otros, la chispa saltó en la cena de Navidad. “En este caso se hacía en la empresa, en un almacén grande que tenía, donde se colocaba un catering y se traía una banda de música. Con la perspectiva de los años, este madrileño se inclina a pensar que es mejor que tu pareja no trabaje contigo. “Recuerdo que los primeros meses ir a currar era una bendición, pero cuando empezaron las peleas aquello se convirtió en un infierno. Y más de una vez nos llamaron al orden, hasta que ella se marchó porque le ofrecieron un trabajo mejor”.