El cuerpo humano no es una máquina perfecta, pero sí lo bastante optimizada como para resistir casi todo sin resentirse en exceso. Una persona joven o de mediana edad, si disfruta de una salud adecuada, puede hacer cosas como pasar casi toda una noche en vela tomando copas, acostarse apenas un par de horas y despertarse sin mayor problema y saltar de la cama en cuanto suena la alarma del móvil.

Esta 'proeza' más o menos cotidiana puede verse redondeada por un aseo personal apresurado, un desayuno rápido y de circunstancias, una carrera para llegar a tiempo al transporte público, ya con el móvil en la mano, para repasar a todo correr las novedades y las tareas del día.

Lo normal, sí, pero ¿acaso esa persona es consciente de todos los errores que ha cometido y del efecto que estas rutinas insalubres pueden acabar teniendo sobre su salud?

 

Las nueve rutinas tóxicas que conviene evitar

Las nueve rutinas 'tóxicas' que citamos a continuación son mucho más habituales de lo que deberían. En primer lugar, es importante darnos cuenta de hasta qué punto hemos interiorizado esta serie de malos hábitos como paso previo a ponerle remedio y empezar a dejarlos atrás.

 

1 Levantarse de la cama de manera inadecuada

Parece algo muy simple, pero son muchos los que lo hacen rematadamente mal. Un alto porcentaje de 'durmientes' se impulsa tensionando las cervicales y flexionando el tórax. Se trata de un movimiento brusco que produce una súbita presión sobre las vértebras, y eso puede causar mareos, dolores de cuello y contracturas en la parte alta de la espalda. Otra zona que sufre, y mucho, con este violento despertar es la región lumbar, muy proclive a lesiones producidas por gestos poco armónicos o mal calibrados. La forma correcta de incorporarse es doblar las rodillas, situarse en posición lateral y llevar el cuerpo hacia el lateral de la cama, apoyar la mano contraria sobre el colchón e impulsarse con suavidad hasta sentarse y apoyar los pies en el suelo. Todo sin violencia, con calma. Apenas tardarás u segundo adicional, tal vez dos o tres, pero estarás adoptando un sencillo hábito que contribuirá a evitar males mayores.

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2 El café nada más despertar

La hormona cortisol es la reguladora del metabolismo de los hidratos de carbono, proteínas y grasas, de la homeostasis de agua y los electrolitos. Se encarga también de incrementar el nivel de glucosa en la sangre y de suprimir la acción del sistema inmunitario. Tiene, por tanto, una gran importancia en nuestro organismo y es importante respetar sus ritmos naturales, que vienen determinados por la variación de la luz del día. A primera hora de la mañana, a eso de las 8, la hormona presenta sus niveles más altos en nuestro cuerpo, mientras que los más bajos se alcanzan entre la última hora del día y las 4 de la madrugada. Su ciclo de picos y valles es de una duración aproximada de 13 horas, por lo que alrededor de las seis de la tarde sigue estando muy arriba. En esos momentos cumbre, se debería evitar el consumo de café y dejar así que nuestro cortisol haga su trabajo. Por eso es más recomendable empezar con un buen zumo de naranja cargado de vitamina C o de limón para alcalinizar la sangre. El café es mejor dejarlo para más tarde. Y, por supuesto, sin o con muy poco azúcar.

 

3 Seguir trabajando a la hora de comer

El aparato digestivo requiere de un ambiente relajado para realizar bien su función de digerir la comida. Si durante el almuerzo estamos discutiendo temas de trabajo, atendiendo al móvil, escribiendo notas o hablando con otro colega de asuntos laborales, nuestro cerebro estará hiperactivo y no se producirá la necesaria desconexión que concentra las energías en el sistema digestivo. Comer, hablar, mantener la compostura… Todo eso resulta imposible y más si aprieta el cinturón, la falda o la chaqueta. La hora de la comida es, además de para ingerir alimento y recuperar energía, también un momento de desconectar, de calma. Ese momento te lo has ganado, respétalo. Respétate.

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4 Comer a salto de mata 

Todo requiere su tiempo y comer de manera adecuada y saludable no iba a ser una excepción. Almorzar rápido, de pie quizás y acudir a cualquier tipo de comida, la llamada basura o con alimentos procesados y repletos de azúcares y grasas, es un error tan grave como difícil de evitar en el día a día. El cerebro necesita al menos 20 minutos para procesar que se ha comido lo suficiente y enviar así la sensación de saciedad al resto del organismo. Si acortamos esa rutina, tenderemos a comer más y con menor control de las verdaderas necesidades energéticas de nuestro organismo. También resulta un error garrafal consumir menos calorías de las necesaria o incluso saltarse comidas por falta de tiempo. Si hay un problema de sobrepeso, acude a un médico, cuéntale tu sistema de vida, tu trabajo y tus horarios, y él analizará tus necesidades nutricionales y en base a ellas te aconsejará qué y cuánto debes comer. Pero nunca optes por comer menos y hacerlo con prisas.

 

5 Una elección inadecuada de alimentos

Si no hay que llevarse el trabajo a la comida, tampoco hay que llevarse la comida al trabajo. Nada de un menú copioso y potente, mejor algo ligero, suave y masticado con tranquilidad. Ensaladas, verduras, purés y cremas, pescado o carne roja a la plancha, etcétera. La comida basura, o rápida, mejor ni acercarse a ella. Pizzas, hamburguesas, bocadillos, etcétera pueden ser una excepción, pero nunca una norma. Es preferible optar por algo liviano y que se digiera con facilidad. Una pauta básica de alimentación que no suele tenerse muy en cuenta es que resulta preferible no tomar fruta de postre. Siempre es mejor tomarla sola, tal vez una o dos piezas a media mañana. La fruta destruye la encima ptialina, necesarias para digerir patatas, arroz o pasta. Además, las grasas tienen un ritmo más lento para su digestión y la fruta altera ese tiempo. Mejor algo de queso que equilibra el pH de la placa bacteriana.

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6 Un higiene apresurada y poco cuidadosa

Cada día realizamos cantidad de acciones de riesgo, como frotarnos los ojos después de dar la mano, tocar objetos públicos (pasamanos, cajeros, barras de autobús o metro, etc) o no lavarnos las manos o hacerlo muy someramente (un poco de agua y listo), no taparnos la boca y la nariz cuando tosemos o estornudamos, limpiar poco o nada nuestra mesa de trabajo y hacerlo muy por encima, no darle un buen aseo al móvil de vez en cuando… Corregir esos malos hábitos es importantes para evitar una exposición a gérmenes, bacterias y virus más allá de lo razonable. Para eso, se impone practicar la higiene, higiene y más higiene. Pero también hay que saber que, por ejemplo, nunca debemos lavarnos los dientes nada más terminar de comer, ya que tras la ingesta de alimentos, la boca se vuelve más ácida y eso debilita el esmalte, que puede resentirse con el cepillado. Mejor enjuagarse con agua o con un colutorio bucal y esperar al menos media hora para que nuestro pH vuelva a ser el habitual, alrededor de 7.

 

7 Vestir de manera poco cómoda

La ropa es muy importante, sobre todo si tenemos en cuenta que la que elijamos a primera hora de la mañana nos va a acompañar durante muchas horas, las de la jornada laboral y las que tardamos en ir y venir del lugar de trabajo. Esto no significa que debamos acudir siempre con chándal y calzado deportivo, pero sí que debemos elegir prendas que no aprieten, camisas o jerséis ajustados, pantalones o faldas estrechas, cinturones, corbatas y botones que cortan la respiración… Es importante prever las posibles variaciones de temperatura durante la jornada y, en consecuencia, llevar prendas que podamos quitarnos y ponernos si hace calor o frío, que transpiren y que permitan los movimientos. Las estrecheces e incomodidades de algunas prendas son una amenaza invisible para la salud, los cambios de temperatura son la antesala de resfriados, enfriamientos, jaquecas y dolores de cabeza, etcétera. Mención aparte merecen los tacones. Muchas mujeres (y algunos hombres) se suben en ellos desde muy temprano y no se los quitan hasta última hora de la tarde (o más). Su uso, y cuanto más altos peor, producen muchos problemas como juanetes, escoliosis, artrosis de rodilla, hiperlordosis o problemas de cadera. Todo el peso del cuerpo recae sobre una pequeña parte, especialmente sobre los dedos. Si además tenemos en cuenta los puntos reflejos del pie y que precisamente los dedos tienen una correspondencia directa con el sistema nervioso, se entiende hasta qué punto es importante recurrir a los tacones con tiento y mesura.

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8 Falta de higiene postural

El postureo pasa factura. Y sentarse bien es uno de los hábitos de salud más importantes (y menos intuitivos) que debemos adoptar. Hay que hacerlo siempre con la espalda recta y apoyada de manera firme pero relajada en el respaldo. En tu mesa de trabajo, ten en cuenta donde sitúas el ordenador, que debe quedar a la altura de los ojos. Los pies, siempre bien plantados. Cuando conduzcas, vigila también tu postura, sobre todo si realizas desplazamientos largos y pasas muchas horas en el coche. Si hablas por teléfono, deja todo lo demás, céntrate en tu conversación y no sujetes el aparato con el hombro y la cabeza. Si no puedes dedicar una mano a sujetar el móvil, acostúmbrate a hacer uso del manos libres. Enviar mensajes o mirar a todas horas la tablet o cualquiera de estos artefactos hoy omnipresentes también puede hacer que tu salud pague el peaje. Ellos nos obligan a mirar hacia abajo, flexionando las cervicales con una curvatura nada natural. Dirigir la mirada hacia ellos, hacia nuestras manos bajadas, tensa el cuello, encorva la espalda y fuerza la musculatura. Muchas contracturas se deben a este simple detalle, además de producir dolores de cabeza, musculares y distensiones.

 

9 Hábitos irregulares de sueño

Es evidente que salir una noche y tomar unas copas de más puede dañar nuestro hígado, sobre todo si se tiene en cuenta que este órgano se regenera durante la noche y que, concretamente entre la una y las tres, según horario solar, se limpia y desintoxica. Así que la suma de alcohol y no reposo perjudica, y mucho, al hígado. Pero además, aunque no bebamos, durante las horas nocturnas y durante el sueño, nuestro cuerpo se recupera del desgaste de todo el día y acumula energía para la siguiente jornada. El sueño no se recupera y la alteración de los ritmos es nociva para el organismo.

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