Winston Churchill, Charles Dickens, Lord Byron, William Gladstone, Oscar Wilde, Alfred Hitchcock, Frank Sinatra, Laurence Olivier y casi todos los miembros de la familia real británica desde Jorge III son algunos de los grandes personajes que se han sentado en alguna ocasión en la misma silla que ocupo yo ahora mismo. Dadas las circunstancias, casi parece un insulto limitarme a pedir un afeitado rapido y un recorte de patillas.

Estoy en la barbería de caballeros que William Francis Truefitt inauguró en 1805, un establecimiento que lleva 214 años funcionando sin interrupción y no deja de acumular desde entonces clientes ilustres entre la realeza, la aristocracia, la alta política o el mundo del espectáculo. En los últimos años, uno de sus parroquianos más asiduos es el Duque de Edimburgo, que no se afeita ni se arregla el pelo en ninguna otra parte si puede evitarlo.

En cuanto me siento en la silla principal, algo así como el palco de autoridades, llama mi atención la larga hilera de retratos de monarcas británicos que cubre las paredes. El suave aroma a sándalo, ceras, perfumes, tónicos y linimentos contribuye a darle a esta barbería su marcado carácter de establecimiento respetable, un poco vetusto, inglés hasta la médula pese a que cuenta con sucursales en India, China, Tailandia, Kuwáit o los Estados Unidos, y en todos ellos se aprecia la marcada apuesta por la excelencia en el servicio y el respeto a los valores tradicionales.

 

Dibuje, maestro

Yo mismo me he puesto en las sabias manos de David Olds, maestro barbero, un profesional versátil como pocos que hace apenas un minuto estaba atysándole el bigote y peinándole las canas a un típico caballero británico que parecía reciçen escapado de un cuadro de John Constable o de alguna película de Ealing Broadway de los años 40.

Mientras David pasa las tijeras por mi enmarañada melena, tenemos una de aquellas instructivas charlas de barbería que se vienen desarrollando aquí desde hace más de dos siglos. La nuestra trata del placer que se puede encontrar en las cosas sencillas, la alegría de vivir, la tradición y el arte de guardar silencio cuando las circunstancias así lo aconsejan.

 

¿Cómo empezó usted a dedicarse a este negocio?

Fue mi tío quién despertó mi interés por el oficio. Él era una especie de barbero autónmo que cortaba el pelo en varios locales, a veces incluso en casa, a clientes de confianza. Su trabajo me fascinaba. Siempre supe que quería dedicarme a un oficio práctico, algo que pudiese hacerse con las manos, y la barbería me pareció una estupenda opción. En cuanto empecé a aprender la técnica, mi primer maestro me dijo que tenía un don natural para cortar el pelo. Eso me reafirmó en mi decisión. El resto es historia.

 

Tengo la impresión de que barberos y peluqueros están entre los profesionales más felices. Casi todos conservan la alegría. ¿A qué cree usted que puede deberse?

A que es un oficio muy agradecido. Resulta sencillo si se te da bien y te permite desarrollar tu faceta creativa de una manera muy relajada. De alguna manera, te concede la libertad para ser tú mismo y expresarte a través de tu trabajo. Cada vez que alguien cruza esa puerta se te plantea el reto de saber interpretar bien sus gustos y sus necesidades, traerle a tu terreno y convertirlo en tu cliente habitual. Disfruto especialmente esos primeros contactos. El momento de hacer sugerencias, tratar de leer correctamente a la persona que tienes delante, su personalidad, su estilo, y tomar decisiones.

 

¿Hasta qué punto esa creatividad personal es compatible con el hecho de trabajar para una institución que existe desde hace 214 años y tiene sus propias tradición, su propia y muy sólida imagen de marca?

Debes partir de la base de que aquí tenemos una tradición, sí, y que tú eres uno de sus continuadores. Intentamos que todo se mantenga lo más tradicional posible. La mayoría de los productos que usamos son también tradicionales, aunque modificados y adaptados por la práctica del último par de siglos. Somos la barbería oficial de la familia real desde hace nueve generaciones, y eso, además de una responsabilidad enorme, es algo que nos reafirma en que somos capaces de evolucionar sin perder de vista de dónde venimos y cuál es nuestra herencia.

Addie Chinn

 

¿Es un arte ser capaz de cortar el pelo en silencio?

El otro día vi un programa de televisión en que se discutía sobre algo muy parecido. En Uber, se ha convertido en habitual dar al cliente de entrada la opción de conversar con el chófer o hacer el viaje en silencio. Hasta hace muy poco, era el conductor el que decidía, aunque por lo general los taxistas son buenos psicólogos y detectan al instante si el cliente quiere conversar o no. En la barbería ocurre más o menos lo mismo. Personalmente, me gusta charlar mientras corto el pelo, pero si el cliente prefiere el silencio, algo que se nota de inmediato, también me resulta muy natural permanecer en silencio y concentrarme en mi tarea. El silencio no me incomoda. Me siento cómodo tanto en el papel de barbero silencioso como en el de interlocutor o confidente.

 

¿Confidente?

Por supuesto. ¿Acaso no se se suele decir que tu barbero sabe más de ti que tú mismo? Pues muchas veces es cierto. A veces, el ritual del afeitado o corte de pelo resulta tan natural que el cliente se relaja y se siente predispuesto a compartir sus problemas con nosotros. Si se dan las circunstancias, yo puedo intentar dar mi opinión sincera y honesta, incluso algún buen consejo, si se me ocurre alguno. Forma parte de las rutinas de la profesión.

Addie Chinn

 

¿Algún consejo de experto para mantener la piel en buen estado tras el afeitado?

Para la piel, nunca insistiré lo suficiente en lo útil que reslta hacer uso de hidratantes, algo que muchos hombres no tienen en cuenta. Hay que aplicarlos noche y día, son el mejor tratamiento posible para que la piel conserve sus aceites naturales. En cuanto al afeitado, hay que afeitar siempre en el sentido del crecimiento del pelo, que es la mara más eficaz y segura de evitar cortes e irritaciones.

 

¿Resulta incómodo afeitar o cortar el pelo a un personaje público? ¿Impone mucho respeto?

No, es fantástico. Con el tiempo, adquieres experiencia y puedes comportarte en esas situaciones con absoluta naturalidad. Es como todo, cuanto más practiques, mayor confianza tendrás. Es cierto que en mi juventud, cuando trabajaba en un salón de belleza del barrio de Mayfair frecuentado sobre todo por modelos, actores y actrices, cortarles el pelo me inspiraba un poco de respeto, pero a mi edad y con mi experiencia, ya nada relacionado con la profesión me resulta incómodo.