El primero en teorizar sobre las emisiones otoacústicas (OAE, por sus siglas en inglés) fue el astrofísico vienés Thomas Gold, que en 1948 se fijó en estos sonidos generados por el conducto auditivo externo en respuesta a diversos estímulos. Treinta años después, una serie de experimentos de laboratorio confirmaron la teoría de Gold. Las OAE eran, en efecto, sonidos muy tenues (unas 10.000 veces menos intensos que los normales) que en consecuencia solo podían ser detectados y analizados echando mano de procesadores de un alto grado de especialización y sosfisticación. En los últimos años, algunos hospitales hacen uso de ese tipo de instrumental para detectar posibles problemas de audición en recién nacidos.

“Es algo así como sentarse en un café del centro de Viena y utilizásemos un telescopio para observar una piedra de la cima del monte Cervino, que está a unos 800 kilómetros”, nos explica Dragan Petrovic, cofundador de una nueva compañía de instrumental acústico llamada nura. El café en el que nos reunimos con él no está en el centro de Viena, sino en el este de Londres. Petrovic es un hombre cordial y paciente, y está dispuesto a dedicar todo el tiempo necesario a explicarnos cómo su compañía ha sido capaz de adaptar la aparatosa tecnología de detección de emisiones otoacústicas que usan los hospitales y hacer que quepa en unos auriculares livianos y de exquisito diseño. Al hacerlo, han revolucionado la manera en que escucharemos música a partir de ahora.

“Nunca, en toda la historia del género humano, se ha producida tanta música como ahora”, explica Petrovic, “y nunca la música que se produce ha estado tan al alcance de cualquiera que desee escuchando”. Para este emprendedor enamorado de la tecnología acústica, “es una pena que la mayoría de los aficionados se conformen con escuchar todo ese inagotable caudal de música en condiciones que no le hacen justicia. Nuestra idea era encontrar un sistema óptimo para trasladar esa música directamente a nuestros cerebros haviendo uso de las emisiones otoacústicas”.

 

A la carta

Petrovic explica que sus auriculares proporcionan una experiencia de escucha a la carta, adaptada a las características específicas del oído de cada persona. “Es como si hasta ahora hubiésemos tenido que conformarnos todos con la misma talla de zapatos y la misma graduación de gafas y pudiésemos acceder por fin a zapatos de nuestra talla y gafas de nuestra graduación”. ¿Exagerado? No según la ciencia, que ha detectado que la sensibilidad acústica puede variar hasta 20 decibelios de una persona a otra. El principio en que se basa nura es precisamente medir de manera precisa esas variaciones y utilizar los datos para proporcionar a cada par de oídos un sonido a medida.

Desde luego, no fue sencilo conseguir semejante proeza técnica. La empresa, con sede en Australia, lleva varios años desarrollando prototipos cada vez más refinados y eficaces, echando mano de un fondo de alrededor de 2.000.000 de euros que consiguió generar a través de la plataforma de finaciación KickStarter.

En los días anteriores a nuestro encuentro con Petrovic nos hemos acostumbrado a escuchar música en la redacción a través de los auriculares nura que él mismo nos hizo llegar para que los probásemos. Una vez descargada la app que sirve para calibrarlos y familiarizados con sus opciones de personalización empezamos a disfrutar de su comodidad, su atractivo diseño y su excepcional sonido. Desde luego, resulta imprescindible hacer varias pruebas hasta dar con el perfil de sonido adecuado, ya que en caso contrario los auriculares producen un sonido correcto pero un tanto plano, poco rico en matices. Pero una vez encontrado el punto óptimo, el pequeño milagro de la otoacústica se hace realidad y garantiza una audición plenamente inmersiva, nítida, sin ruidos ni impurezas, una auténtica golosina para los oídos.

En vista del resultado, sorprende que nura fuese capaz de desarrollar una tecnología pionera de este calibre confiando en sus propios recursos, sin ponerse en ningún momento en manos de una multinacional que pudiese aportar al ambicioso proyecto el músculo finsnciero que exigía. Petrovic explica que consideraron esa posibilidad, pero que la idea en sí era difícil de vender: “Es algotan extraordinario que no te lo crees hasta que te pones los auriculares y lo escuchas por ti mismo”, explica. “Nosotros sabíamos que algo así iba a ser posible, pero necesitábamos hacerlo realidad para poder venderlo”.

Una vez los prototipos estuvieron disponibles, muchas compañías se ofrecieron a comercializar el producto. “Sin embargo, llegados a ese punto”, explica Petrovic, “decidimos seguir adelante sin depender de nadie, porque la parte complicada del trabajo estaba ya hecha”. Hoy, los auriculares inalámbricos nura, con su sistema de graduado otoacústico y su cancelación de ruido son una realidad. Sin vendes a cantidades cercanas a los 400 €, un precio apto, de momento, para melómanos con posibles y tecnófilos obsesionados por estar a la última. Para Petrovic, esto no es más que el principio: “Tenemos en la calle un producto estupendo, pero ya estamos trabajando en nuevas actualizaciones y personalizaciones para seguir mejorando la experiencia. Aún queda mucho trabajo por hacer. Y tenemos unas ganas locas de hacerlo”.