Que una serie de televisión tenga un final perfecto es complicado, porque las series son un poco como la vida misma. De ahí que, por más que se esfuercen los guionistas, el final de una historia puede ser algo que acabe fuera de control, incluso de aquellos que la escriben. En ese sentido, Los Soprano tenía un buen final porque no zanjaba nada más que la serie en sí misma, lo cual ya es muchísimo. A dos metros bajo tierra gozó de un cierre perfecto, ya que una serie que habla de nuestra relación con la muerte solamente podía tener un final. Breaking Bad podía haber salido por peteneras pero sus creadores tuvieron a bien ofrecer un final sensato. Perdidos, en cambio, dividió a la humanidad, y eso que en aquel momento las redes sociales aún no tenían el poder que tienen ahora, si no quizá hubiese habido una guerra. Según a quién le preguntes, aquella despedida era grandiosa o era un petardo. Este humilde escritor opina que aquel último capítulo traicionaba de mala manera las expectativas creadas. Era verosímil, de acuerdo, pero cuando se introducen tantos elementos fantásticos en una historia, o controlas mucho lo que estás haciendo o puede que el resultado se vuelva en tu contra.

1 Pone orden tras el caos

Juego de tronos es una serie pantagruélica con un reparto de personajes abrumador. Una historia de poder y venganza que está construida sobre incestos, asesinatos, traiciones y pasiones de esas que, como bien le dice Tyrion Lannister a Jon Nieve en el último capítulo, anulan la razón. Una historia monumental, tan pesada como el trono de hierro sobre el cual gira, no podía acabar de cualquier manera. Confieso que para alguien como servidor, que en temporadas anteriores ha tenido problemas en recordar quién narices eran ciertos personajes, hacia dónde se dirigían o a quién se la tenían jurada, la octava entrega de la serie ha supuesto un alivio. Al fin estaban todos juntos, unidos para luchar contra una causa o dos. Lo cual, a nivel dramático, también tiene su efecto balsámico. Constatar que personajes que tienen motivos para odiarse durante décadas son capaces de unirse contra un enemigo común da una cierta tranquilidad. Sobre todo cuando en la serie principal, la que seguimos viviendo al apagar el televisor o la tableta, el enemigo ha dejado de ser invisible y ahora muestra sus fauces. Las series son un poco eso, historias en las que nos refugiamos para vivir una vida que aunque no sea la nuestra, no nos resulta ajena aunque transcurra en una época indeterminada o en medio de un apocalipsis zombie.

2 Si las series solo buscaran contentar, no existiría 'Twin Peaks'

Lejos de querer ser más papista que el Papa y de alzar la voz para intentar imponer mi visión del asunto, mi intención no es otra que defender, sin necesidad de usar el acero valyrio, ese final de sus detractores más ofuscados. Había en las redes quien clamaba que la serie debería haber terminado tras la aniquilación del Señor de la Noche. De haber sido así, Juego de Tronos habría terminado pareciéndose más a Los Vengadores que a lo que realmente es, una historia que bebe de los dramas clásicos, ya sean griegos o shakespearianos. Los temas universales es lo que tienen, nunca fallan, y por más batir de espadas que veamos en la pantalla, hay cosas que solo pueden solucionarse hablando. Con esos diálogos que desesperan a quienes no están interesados en el alma de esos personajes que, más que cualquier otra cosa, e incluso teniendo poderes sobrenaturales, son humanos. Que exista una propuesta para recoger firmas por parte de seguidores descontentos con esta última temporada, me parece como mínimo grotesco. Si a estos o a sus antepasados les hubiesen hecho caso, probablemente nunca habría existido Twin Peaks, Björk seguiría haciendo su primer disco en solitario una y otra vez y seguramente La noche del cazador terminaría en una guardería.

3 Deja unas cuantas escenas para la posteridad

La temporada final de Juego de Tronos no es perfecta, pero eso no significa que no sea buena. Después de semejante avalancha de contiendas, rencillas y putadas, los personajes encuentran espacio para explicarse y, a medida que el final se acerca, las piezas acaban encajando aunque no sea de la manera que esperábamos. Los dos últimos capítulos poseen el peso dramático que ha de tener cualquier gran obra que se precie de serlo de verdad. Los muertos y los vivos van hallando su lugar y lo que parecía perfecto se transforma en infernal y viceversa. El trono de hierro tiene varios momentos memorables. Tyrion llorando al descubrir los cadáveres de Cersei y Jaime bajo los escombros, o la certeza de que a veces no se deja de amar a aquellos que sin dudarlo podrían matarnos. El discurso de Daenerys acerca de su visión de la lucha por la libertad no puede ser más real, y el modo en que Jon Nieve pone fin a sus planes y a su amor con ella es puro cine clásico. Como lo es ver a la caballera Brianne de tarth escribiendo el final de Jaime Lannister. O a Sansa Stark dejando muy claro que el Norte es independiente y que ella será su reina, un detalle que, tal y como andan las cosas por este país, no deja de tener su miga.

4 Termina con dignidad

Gladiator, de Ridley Scott, puso el listón muy alto a la hora de revivir las historias clásicas de héroes y villanos. Era perfecta en su planteamiento, desarrollo y conclusión. Pedirle algo así a Juego de Tronos sería insensato por motivos evidentes. Pero resultó más que reconfortante comprobar que, en algunos momentos, sus capítulos finales bebían de esas fuentes clásicas y a la vez se alejaban de cualquier solución maniquea o forzada. Nunca llueve a gusto de todos, pero por encima de las filias y las fobias, ha sido un gusto ver cómo una serie tan ambiciosa se despede con nobleza.