En Manners for Men, un tratado de cortesía exquisita dirigido a los señores escrito por una tal Mrs. Humphry en 1897, justo al final de la época victoriana, la autora comenzaba su indicación de los modales correctos con un intento de definición de lo que debería ser un hombre de verdad. Decía la señorita Humphry que “en primer lugar, debe ser un caballero, pero esto significa tantas cosas que, en este caso, es necesaria una explicación”.

Y tanto que la merece, porque la idea de la caballería, cuando la desvinculamos de su pasado medieval, es tan compleja, y admite tantos matices, que a veces creemos que basta con saludar amablemente y abrirle la puerta de los taxis a las damas para identificarse como tal. El caso es que los tiempos han cambiado una barbaridad, así que andamos perdidos con lo que antes eran cuestiones básicas y sólidamente asentadas.

Para la señorita Humphry, la fórmula química del perfecto caballero incluiría “amabilidad y entereza moral”, además de un cultivo del “refinamiento y la educación a lo largo de su vida”. “Debe ser considerado con los demás”, prosigue, “amable con las mujeres, los niños y todos los desamparados, sensible con los ancianos, los pobres y los desdichados”, para a partir de aquí enunciar una serie de cualidades como el sentido del humor, la capacidad para evitar el lenguaje rudo plagado de palabras malsonantes, lo que todo ello se resumen en la breve definición de “gentil y, sin embargo, viril”, y que se aplicaría a situaciones como las reuniones profesionales, los bailes y otros divertimentos de sociedad, el té de las cinco, la convivencia en el matrimonio, el diseño de las tarjetas de visita, la manera de escribir las cartas y, por supuesto, la correcta manera de vestirse.

En ningún momento, sin embargo, Mrs. Humphry le concede una importancia especial al aseo personal y a la correcta presencia física, porque se da por hecho que esas cualidades son innegociables en un caballero, y a diferencia de lo que nos han intentado vender adictos al estilo vagabundo como Johnny Depp, Slash o Ricardo Villalobos, que pusieron de moda el look desaliñado, es preciso que un caballero de verdad se duche una vez al día, que su vello luzca lustroso sin asomo de fauna piojera y no vaya por los sitios hecho un cromo.

 

Usos capilares de ayer y de hoy

Lo más que dice sobre el cabello en este vetusto tratado es que debe tener una longitud correcta (o sea, corta) y estar perfectamente peinado. De los bigotes y las barbas, sin embargo, no dice nada concreto porque se presupone que en el caso de que un caballero haya elegido portar mostacho o una barba frondosa, el cuidado de esa zona capilar debe ser escrupuloso y atento, puesto que no es de recibo presentarse en público como un hombre silvestre que acaba de regresar a la cueva para ponerse a dibujar gacelas en las paredes.

En resumen: la barba importa, porque la barba no se discute ni se especifica como una opción entre muchas. La barba, pues, es lo que hace al hombre, como la trompa hace al elefante.

La historia de la barba es tan antigua como la del surgimiento de los homínidos superiores, o al menos desde que el hombre descubrió la civilización y entendió que había una manera diferente de moverse por el mundo que le alejaba sutilmente de la edad oscura, cuando aún nos comíamos la carne cruda y parecíamos macacos descuidados. La barba, si se atildaba con esmero, se recogía en anillas y lazos, si se dejaba rizar, alargar o moldear para que se adaptara a la quijada de una forma noble y proyectara longitud señorial, podía ser un arma capilar con múltiples significados que dotaba de categoría estética a los diferentes poderes de un clan, un reino o un imperio. No son lo mismo las barbas del clero que los de los soldados, ni se atusa lo mismo un príncipe heredero que un comerciante.

En ciertas épocas, la barba ha sido central en la presentación física de un varón, y en otras se han evitado prácticamente por completo –dando preferencia a otros adornos capilares como la peluca empolvada, o el pulcro afeitado de tiempos recientes–, pero en el presente parece que el diagnóstico es sencillo de hacer: desde principios de este siglo, y hasta hoy, la barba vuelve a tener prestigio, y ha sido para muchos hombres una manera de proyectar su masculinidad, su afán de tener una buena imagen y asentar sobre un estupendo cuidado y crecimiento del foliado maxilar su idea de la coquetería y la necesidad de autoestima.

De ahí que se haya producido un auge de las barberías –que de ser lugares en declive, por culpa de la maquinilla de afeitar eléctrica y la moda ya pasada de raparse al cero, que ahora practican casi en exclusiva los alopécicos–, barberías de bonito diseño e higiene máxima que se ven a menudo por las calles, con un branding audaz y un equipo de barberos jóvenes, marchosos y tatuados que se esmeran en conseguir que los hombres se vean guapos, viriles y singulares.

 

La nueva edad de oro de la barba

A partir de esta larga moda de la barba en el siglo XXI, que podríamos decir que arranca a mediados de la década anterior en Estados Unidos –con el auge del hipster de Brooklyn y esa estética entre folk y montañesa que en realidad camuflaba, bajo una sencilla capa de descuido, lo que era una obsesión enfermiza por el pelo como un elemento de belleza y de distinción–, han empezado a publicarse estudios de todo tipo que lo que quieren es encontrar el lugar preciso en el que el cuidado de la barba se ha convertido en arte.

Y a nuestras librerías acaba de llegar uno que, aunque esconde en el fondo de sus páginas un trasfondo publicitario, es también una herramienta útil para comprender por qué la barba importa, por qué tantos hombres no pueden vivir sin un cepillado diario, una aplicación constante de cremas, polvos y otros productos cosméticos, y en qué consiste el secreto de las barberías, convertidas en el último refugio del viejo hombre, el sanedrín de una masculinidad en declive.

El libro se titula Hombres y barbas. Estilismo para caballeros (Oberon-Grupo Anaya, 2019), escrito por un ficticio Capitán Peabody Fawcett, un supuesto aventurero del siglo XIX que hoy da nombre a una firma de productos para el afeitado, como brochas, navajas, tijeras, polvos y cremas –o sea, es lo que el Capitán Pescanova a los filetes de merluza–, y que está en gran medida detrás del auge económico de todo lo que anda relacionado con el aspecto exterior de los hombres de pelo en pecho, y de barba frondosa. El libro es útil sobre todo para armarse de contexto y comprender cómo el tema de la barba siempre ha sido pendular en la historia, y que mientras en ciertas épocas, lugares o estratos sociales ha sido sinónimo de prestigio –o también un signo de poca higiene y descuido–, en nuestro momento no es posible entender el concepto de hombría o caballerosidad si no es a través del estrecho vínculo que han establecido los hombres con sus barbas.

 

Elegancia silvestre

El viejo dicho “donde hay pelo hay alegría”, y que en los últimos años se lo había asignado el colectivo gay de inclinación bear –una vez que las señoras dejaron de darle el mismo valor que antes a la manifestación de la genética neardenthal en los hombres del presente–, hoy hay que sustituirlo por el de “donde hay pelo hay elegancia”. Que no se llame un hombre como dios manda quien no trabaje sus partes pilosas con un cierto esmero, y eso incluye hasta lo púbico, sin ele –hay quien recomienda rasurar el vello genital cuidadosamente con el adminículo de la maquinilla de afeitar que sirve para perfilar las patillas–, pero que sobre todo se concentra en bigotes, barbas y peinados.

Y es que, en un momento en el que el papel de la virilidad se está transformando un poco porque sí, pero también porque la respuesta femenina al rol masculino tradicional está siendo la del desapego o la relativización de su importancia, empieza a ser importante en el hombre llamar la atención, como hace el pavo real con sus colas de abanico, o cuanto menos sentirse especial. Y nada hace más especial a un hombre que su barba.

Quien sea lampiño o nunca haya conseguido que se le cierre la barba tendrá que joderse –a cambio, disfrutará de una imagen más juvenil durante años, y cuando tenga la edad de jubilarse parecerá un imitador de Alec Baldwin–, pero quien tenga folículos para parar un tren, y se los deje crecer varios centímetros como un gurú indio, y acuda regularmente al barbero para limar las partes ásperas y resaltar las formas, obtendrá unos adornos faciales que no se dan en ninguna otra especie de la naturaleza. El libro del Capitán Peabody Fawcett ofrece, en ese sentido, interesantes consejos: cómo afeitarse correctamente –en el caso de que nos guste la piel tersa, o si queremos deforestar la zona de la papada o las mejillas–, cómo conseguir una barba más larga y que crezca más rápida, cómo esculpirla y cómo acompañarla con otros aspectos relacionados con la estética personal, y sobre todo cómo sacarle partido a la barbería como lugar de relación social y conversación, y es que la silla del barbero es un lugar con más confesiones y consejos que el diván del psicoanalista.

La barbería en el siglo XXI se ha convertido en un templo de la intimidad y la fraternidad masculina, un espacio privado en el que no entran las mujeres –nunca se convertirá en un gineceo, y de ahí esa sensación de último refugio de la masculinidad decadente de antaño, como decíamos–, pero sobre todo en un lugar donde se mantienen vivas las viejas tradiciones de comentar el partido de fútbol del día anterior, hacer negocios o mantener conversaciones discretas, un poco como en las películas de gánsteres, pero en un contexto hipster posmoderno. Se perdió aquella costumbre de grabar piezas vocales en la trastienda, como en los días del doo-wop, pero al menos se pueden intercambiar teléfonos de tatuadores y de mecánicos para reparar nuestra maltrecha Harley.

Al final, el mensaje clave es este: por mucho que cambie el varón y su lugar en la sociedad, por mucho que su papel reproductor empiece a ser insignificante y su declive viril sea cierto, el hombre siempre tendrá un mejor amigo fiel, mucho más que el perro: su pelo, mejor cuanto más largo, fuerte y denso. Nos hemos vuelto sus aliados, pero nuestra alianza más ancestral, duradera e inquebrantable es con la barba.